La propuesta liberadora de Jesús


A través de palabras y signos, Jesús se muestra como liberador para su pueblo y para la humanidad. Sus discípulos así lo entendieron. Lo más llamativo son los signos, esos milagros repartidos por todo el Evangelio, que enseñan con poder y fuerza hasta qué punto el hombre es presa de tantas limitaciones destructivas; y además, indican y señalan con contundencia que Dios las supera. Ambas realidades unidas en la persona de Jesús.

Su mensaje, claramente liberador, ha sido interpretado de muchos modos por la teología contemporánea. Subrayando aspectos concretos de esta acción, ampliado el horizonte algunas veces reducido a la espiritualidad y otras aprisionado en una “lucha de clases” que utiliza todos los medios para “desesclavizar al ser humano”, en busca de su dignidad natural y propia. Sin citar nombres (aunque cualquiera puede hacerse una idea si tiene unos conocimientos mínimos de teología), la cuestión de fondo estriba en la relación que se establece entre Dios, la persona y el Reino. Si es o no de este mundo, si lo es y en qué medida, si lo es y cuál es la atribución del ser humano en su construcción. Un tema anclado tanto en una visión del hombre y del progreso social, y una cuestión relacionada directamente con la acción de Dios en la historia.

En cualquier caso, es indudable que el mensaje de Jesús, en tanto que liberador, es una necesidad del ser humano. Ha revelado, sutilmente, algo que todo hombre siente en su corazón: nacemos y somos “prisioneros” de realidades internas y externas; y, la segunda intuición de todo corazón, hay que abandonar, salir, alejarse de esta situación, lo cual está en su mano y nunca del todo puede alcanzarlo. A medida que el hombre y la sociedad deja atrás algunas de sus “condenas” naturales y sociales, descubre que el lazo está aún más anclado en su corazón de lo que creía. Así hasta el punto de no librarse, por sí mismo, nunca absolutamente. La debilidad, la cadencia, la tentación están presentes en los otros, que mantienen esas actitudes que él ha superado. Y son como espada de Damocles, que en cualquier momento puede ejercer su podería. Por otro lado, el camino abierto en la presencia amorosa del otro, que colabora en esta “misión liberadora”, también es conflictiva. Ya que solos no podemos, pensamos que al menos con la unión de todos, o de muchos al menos, las cosas podrán ir mejor. Y sin duda alguna, así es. Ese apoyo, esa integración, esa mutua cooperación en búsqueda de un bien común, crea un ambiente diferente en el que respirar de otra manera. Mucho del corazón del hombre se ve iluminado entonces, potenciado, y es tremendamente sanador. Aunque también es ingenuo poner en ese esfuerzo común y compartido la esencia del Reino que Dios promete. Quizá sin comunión sea imposible crear el ámbito para que el Señor ejerza su acción liberadora, pero no concluye en la relación amable y estable entre los hombres. Él proyecto generado entre hombres, como humano, es también limitado y muestra con el tiempo las debilidades propias de ellos. Siempre está amenazado por la división, la falta de acuerdo y consenso, la conjunción entre la libertad humana y la necesidad del sacrificio de lo personal en función de “lo de todos”. Imposible por esta vía. Sobre todo porque ha incrementado “el orgullo” y “la inocencia” callada. La liberación, por lo tanto, ya hemos dicho que no puede venir en exclusiva de la propia voluntad, y tampoco de la acción conjunta con otros en la misma situación. Salvando las comparaciones, y a modo de metáfora, se parece mucho al intento de encontrar el amor por uno solo (sin querer ser amado, y sin amar, lo cual es ridícilo), o de creer que el amor es una relación pura que implica sólo a dos personas (que han decidido por sí mismas, al margen del entorno y del amor mismo, mantener su compromiso primero). Los dos caminos humanamente posible, son humanamente limitados. Y hablamos de algo más grande. El ser humano, en sus propios deseos fundamentales e inalienables, está claramente abierto a algo más. Que tiene que recibir, que no puede alcanzar. Que desea y tiene claro, y no está en su horizonte humano cerrado. Que le reclama como parte indispensable de él, y sin embargo le muestra dividido.

La propuesta liberadora de Jesús cobra entonces todo su sentido, y la vemos intrínsecamente e interiormente conectada con el ser humano. De lo que Él huyó, precisamente, fue de la magia, que lo desconectaría de la humanidad. Sin embargo, pidió continumante de esa misma humanidad su palabra más grande, la fe. Liberación y fe se hayan unidas. Una y otra comienzan de la misma manera, y se demandan en presencia mutua. La fe es liberadora. La liberación es fe en el hombre. Y en la propuesta de Jesús, a diferencia de lo que muchos quieren hacer ver, reduciéndole a un “revolucionario”, a un “actor social”, a un “educador o trabajador social”, comienza en el corazón. En el interior de cada hombre. Entonces la relación con lo humano, incluidos los otros, no pesa sobre el esfuerzo del propio hombre, y no se encuentra solo en su labor y tarea. Se sabe acompañado, con un horizonte claro al que puede llegar porque se le ha abierto el camino que más deseaba.

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