El examen diario, buen compañero de camino


Cada día tenemos la oportunidad de enfrentar retos, de construir lo que no está todavía escrito, y de agradecer cuanto hemos recibido gratis dando continuidad a una larga cadena que comienza en Dios. Al finalizar el día, como último acto responsable de la jornada ante todo lo sucedido, la tradición cristiana ha mantenido la invitación a “examinarse” y ponerse a prueba ante la propia mirada, dejándonos también mirar por Dios. Se ha venido llamando “examen de conciencia” porque se fija en las huellas que han quedado en nosotros y en la historia.

  1. Origen y fundamento. Reconocer que no estamos solos. Que no sólo somos responsables con las cosas, sino también con el don de la Vida que se encarna en nosotros. Don que no podemos vivir de cualquier manera. Por lo tanto, todo buen examen comienza poniéndonos en la presencia amorosa del Padre. Sin el trato directo, sin abrir del todo el corazón al Señor, quedaría reducido a introspección, y por lo tanto, en nuestras fuerzas. El examen es el examen de Dios en nosotros.
  2. El tiempo de la libertad. Esa que promete que está unida definitivamente a la Verdad. Por eso, todo comienza pidiendo capacidad para verse y para mirar alrededor. No siempre es posible en el resto de la jornada, ajetreado por sus ritmos y exigencias. Ahora, sin cosas de por medio, sólo frente a la vida, tenemos la oportunidad de liberarnos de lo que nos aprisiona y condiciona con frecuencia. Es una libertad grande la que se experimenta, como si pudiésemos ser dueños de lo que sucede. Pero hemos de respetarlo, aunque pudiera ser de otro modo. Y al mirarnos, se nos pide que reconozcamos qué nos ha movido durante la jornada, por qué nos hemos dejado guiar, qué nos ha motivado e impulsado, qué ha guiado nuestras decisiones.
  3. El tiempo de la gratitud. En todo lo bueno que nos ha sucedido, en todo el amor que hemos puesto. Por las personas que hemos conocido, por las que están todavía por conocer, por los encuentros recibidos. La gratitud porque hemos podido servir al Señor, aunque no “valemos para tanto” y somos muy pequeños en comparación con todo cuanto sucede alrededor. Gratitud, por tanto, ante todo lo que nos desborda en su hermosura, ante todo el bien que hemos podido generar, ante todo el bien que hemos recibido de otros.
  4. El tiempo del perdón. Porque también es cierto que podrían haber sido, no pocas cosas, diferentes y más plenas. Porque en otras, aunque por fuera puedan mantener apariencias, en el corazón descubrimos que se orientan desde los egoísmos o desde la búsqueda de nosotros mismos. El otro, Dios y las otras personas, esperan que seamos capaces de entregar todo, y compartir así los sentimientos de Cristo. Aprovecha la reconciliación con tu propia historia.
  5. El tiempo del deseo de amor. Ante lo visto en el examen, el deseo de despertar al día siguiente con más ganas de amor, deseando servir al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Ése es el camino que nos hace felices, que nos revela el rostro que llevamos dentro.

Estos tiempos, así expuestos, parecen largos y complicados. Como cualquier cosa en la vida, cuando se empieza, parece muy compleja. Como aprender a sumar. Y con la práctica y la costumbre se hacen herramientas de vida definitivas. La clave está en la continuidad, en la sinceridad, en la libertad, y la toma de decisiones para el día siguiente.

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