Mi vocación religiosa


Celebrando la Jornada Mundial de la Vida Religiosa

Dentro de dos dias cumpliré mis 32 años, y sigo creciendo en prácticamente todo. Tengo tanto que agradecer, que no sé bien por dónde empezar. Y también muchas cosas en las que seguir mejorando y perfeccionando mi camino. Una gran nube de sentimientos, emociones, recuerdos e ideas vienen a mi vida cuando me descubro tal y como soy, ante el Señor Jesús que me ha llamado a su seguimiento. Aunque no tengo que hacer esfuerzo, hoy quiero recuperar aquello que es más auténtico, lo nuclear de esta historia, lo central de mi seguimiento.

  1. Todo empieza cuando das el paso de la fe. Es la gran decisión que he tenido que tomar en mi vida. La de la confianza y la escucha, la de dejar a Dios ser cercano y mostrarse próximo a mi vida. Muchos de mi generación han crecido en ambientes religiosos familiares, y en el momento de hacerse “adultos” recharazon esta invitación directa del Señor. No para ser consagrados, sino simplemente para vivir con fe. Pesaron entonces en su camino otras propuestas, otros reclamos. Por mi parte, algo me mantuvo siempre despierto y con ganas de acercarme al Señor.
  2. Dejarme llamar por Dios, sentir que debía responder. Entre la adolescencia y la juventud, cuando todo se vive en un mar de intensidades, me dejé tocar por Dios. Llegó para trastocarlo todo, para poner orden. Como muchos de mis compañeros de clase y todos mis amigos, andaba metido en esto y esto otro, de aquí para allá, dando rienda suelta a experiencias nuevas, creciendo en relaciones, descubriendo el mundo más allá de las paredes de mi casa. Eran tiempos de gran vitalidad, entusiasmo, esfuerzo en muchas direcciones, deseos profundos. Y en medio de todo se coló el Señor Jesús. Había un espacio en mi vida diaria para el trato con él, en la capilla del colegio y ante de irme a dormir por las noches. Y se fue haciendo fuerte hasta que comencé a intuir que quería algo más de mí. Al inicio parecían cábalas propias de mi edad, pero las experiencias en los grupos de fe, en las pascuas, en las convivencias, en el trato con determinadas personas, en lo que salía de mi corazón cuando oraba y reflexionaba iba siempre en la misma dirección. “Éste puede ser mi camino.” Mi primera respuesta fue ponerme en manos de alguien que me ayudara a clarificar, con libertad y con verdad, qué era lo que quería y sentía. Y encontré mucha acogida. Quería vivir siempre en la paz, la alegría y la profundidad de los encuentros que estaba teniendo. Y así fue como empecé a responder. Desde el deseo de algo más, desde la libertad para hablar, desde la oración con Dios y el diálogo con alguien que me ayudaba. Todo fue mucho más fácil cuando hice una experiencia en comunidad, para “saber si valía para esto”, y me di cuenta de “lo bien que estaba y lo cerca que me sentía de Dios.”
  3. Un camino fácil y sencillo, salteado de algún que otro reto. Mi familia, mis formadores, mis amigos, las nuevas personas que entraban a formar parte de mi ambiente… todos me lo pusieron en bandeja. Reconozco los grandes esfuerzos, y la inmensa entrega de mis padres. Me dejaron libre porque me vieron decidido y con ganas, en un mundo que quiere vivir todo lo contrario. Mis amigos igual. Fueron diálogos complicados, de esos que no sabes bien cómo empiezan y que deseas que terminen con un abrazo y un fuerte impulso. No se me olvidará el día que hablé con mi madre, ni el día que me dijo mi padre que quería hablar conmigo. La cara de mi hermano también está muy presente. ¡Gran generosidad! ¡Me hicieron libre! ¡Han sabido entregar!
  4. Los primeros años fueron geniales. Tres casas diferentes en tres lugares de España distintos. Desinstalación, dejar y abrazar nuevas formas. Aprender, escuchar, compartir, hacerme por dentro. Dejar poco a poco que Dios fuera cubriendo toda la realidad dándole fuerza, energía, potencia, grandeza a las cosas pequeñas. Desde la vida comunitaria, hasta el estudio personal, el trato con la gente de los grupos de pastoral. Todo era nuevo. Y lo vivía con tanta sencillez y claridad, que cada tiempo se disfrutaba al máximo. Recuerdo con especial aprecio el año de Noviciado, que a todas luces parece imposible de vivir para un joven del siglo XXI, y que es uno de los mejores años de mi vida. Conocimiento propio, gozo en comunidad, experiencias de mucha diversidad, trato y entrega a los demás, conocimiento de la Orden, de su ministerio, de su acción por todo el mundo, de sus deseos y debilidades… Una verdadera maravilla en la que me hice un poco más niño. Junto a los grandes deseos y grandes pasiones del inicio, aparecen también con claridad las enormes debilidades y dificultades de nuestra vida. Aquí nadie dijo que fuera fácil, ni sencillo, ni automático. No funciona la vida religiosa al mismo ritmo que funciona una empresa, y no se trata de “capacitar para un trabajo”, sino de exponer el corazón para dejarse convertir por el Señor, transformarse a su imagen. Así que, aparecen como fundamentales la paciencia y la humildad. Así de simple. Reconocer que lleva su tiempo desprotegerse, y aprender a amar por entero, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas…

Continuará…

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4 pensamientos en “Mi vocación religiosa

  1. Pingback: Post de febrero 2012 | Preguntarse y buscar

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