El juez Garzón y su justicia


Sorprende la facilidad con que los medios de comunicación exponen a la opinión pública a debates que se les escapan de las manos. El caso del Juez Garzón es uno de ellos, quizá el más reciente, pero no el único, de una larga lista de juicios paralelos en los que los individuos de “a pie”, que andan por la calle sin conocer en profundidad ni los casos ni las leyes, tienen su propia sentencia bajo el brazo independientemente de los jueces que aplican las leyes. Unos absuelven, otros condenan.

Estos medios de comunicación, expertos en canales muy diversificados que van desde la televisión (con todos sus géneros audiovisuales) a la prensa escrita, la radio, la web, los blogs… ocupan el “cuarto poder” en las sociedades modernas, como ya lo anunciara Burke, aunque en más de un caso suplanten y presionen a los otros tres. Toda una batalla campal en la que se legitima la libertad de expresión como un absoluto social, que más allá de descansar en los individuos, se hace extensible a negocios mediáticos con ánimo de lucro y otros intereses, que a los ciudadanos no les pasan desapercibidos por fortuna. Aún así, nadie queda libre de su influencia y determinación.

Cuando repasamos lo que significa “libertad de expresión” como tal, nos damos cuenta de que no es absoluta, y tiene límites que la legitiman. Entre otros, y creo que es muy importante, el derecho del otro a proteger su intimidad, buena imagen y a evitar calumnias, así como que toda expresión esté dentro de los márgenes de la legislación vigente. Entiendo, por otro lado, que quizá la mayor parte de las veces resulta más cómodo, infinitamente más cómodo y suculento, revisar las vidas de los demás antes que preocuparse de la vida propia y de las cercanas, aunque esto pudiera acarrear convertir el escenario social y político en una especie de Reality Show.

Hoy, en clase, a propósito de un pequeño debate sobre la influencia de los medios de comunicación y de cómo “defendernos críticamente del aluvión permanente de ideas e ideologías y valoraciones y opiniones sesgadas” que frecuentan todos los entornos mediáticos, nos hemos planteado el derecho a la libertad de expresión. Resultaba alentador comprobar que, sin demasiado esfuerzo, llegábamos a la conclusión de que no cualquier cosa se puede decir, y que, aun en el caso de que sea cierta, quizá no es siempre bueno publicarla porque a nadie hará ningún bien. Eso contrastaba, dicho sea de paso, con la asunción “indolente e indiferente” a continuar expuestos socialmente ante unos medios siempre “criticones” y “negativos”, con componentes altamente parciales. Poco podemos hacer, según parece, al margen de cultivar el sentido crítico, la opinión personal como opinión personal siempre abierta al diálogo y al contraste con la realidad, aprender a no meternos en temas que no nos pertenecen para favorecer la responsabilidad de unos y otros con sus propias tareas, fortalecer la confianza en las instituciones sin generalizar de un individuo “corrupto” a “todos los individuos corruptos”, e intentar siempre estar atentos ante lo que se recibe. Algo difícil, sinceramente, porque los tiempos que corren, según veíamos igualmente, están cada vez más abiertos al relativismo sin contraste, por mucho que interese la búsqueda de la verdad de forma práctica a cada uno por separado.

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