3 realidades destructivas que hay que afrontar a diario


Digo “a diario“, y soy consciente de ello porque en ciertos momentos de la vida se hacen especialmente elocuentes. Cuando digo “afrontar” lo que propongo es estar despiertos para que no nos muevan en línea contraria a nuestra propia vocación y a lo más humano. Descuidarlos, sin estar prevenidos y ser cautelosos en ellos, conlleva sin duda una vida de esclavitud y a merced de muchas “pasiones”, de muchos “dejes”, y de grandes dificultades para poner libertad y amor, junto a la verdad, al servicio de nuestra claridad sobre lo que debemos o no hacer con nuestra vida.

  1. Los miedos. Es una realidad amplia, ciertamente. Todos tenemos presente que los grandes miedos paralizan la acción, y previamente el discernimiento. El miedo cuestiona la realidad por la vía de la imaginación, presentando algo que no existe como posible y doloroso. Junto a la universal experiencia del miedo, también tenemos la constatación igualmente universal, de la falsedad de muchos de ellos. Su formulación precisa, nos ayudará a plantarles cara de un modo adecuado. Por ejemplo, decir “tengo miedo al avión” quizá no sea la expresión más adecuada, escondiendo detrás de sus palabras una realidad más verdadera y profunda: el miedo a la muerte, el miedo al sufrimiento, el miedo que provoca sentirse inseguro o no dominarlo “todo”. Quizá se refleje de modo particular en una situación, pero es extensible a todos los ámbitos de la vida cotidiana en los que no se tensan tanto las cuerdas como en otros.
  2. Los secretos. O secretismos. Esas ocultaciones, que conocemos de nosotros mismos o del mundo y nuestra historia, que queremos dejar “olvidadas para siempre”, haciendo nosotros de “baúl de los recuerdos”. Cuando con posterioridad nos situamos en actitud de reflexión y discernimiento, delante de una decisión importante que además queremos contrastar y dialogar con otros, lo que percibimos es que “nuestra película” está más completa de la que mostramos, de modo que la conclusión es que nada de lo que me dicen es verdaderamente verdad, ni realmente real. “¡Si supieran!” Estos secretos, mantenidos indefinidamente, también es verdad que no se quedan aislados ni son indolentes. Conducen a otras mentiras, a situaciones que valoraremos de por vida como incompletas, imaginadas, autocreadas.
  3. Los puntos débiles. Es una cuestión de experiencia (y reflexión) descubrir con el paso del tiempo que cada uno tenemos nuestras “cadaunadas” y particularidades. Que ni somos iguales a otros, ni todo nos sirve y ayuda de igual manera. Existen puntos fuertes y dones que todos portamos, y también existen sus opuestos claramente definibles con un poco de silencio y repaso de quiénes somos y cómo vivimos. Si no somos capaces de decirlo por nosotros mismos, también tenemos estos “botones interiores” que activan otras realidades, terminando todo en una habitual destrucción y caos personal y del entorno. Ni hay que escandalizarse porque así sea, ni tenerse por menos. Son reflejo de nuestra realidad en el sentido más amplio y humano, y por lo tanto de una bondad también querida por Dios.

Dicho lo cual, apunto que ningún punto de los tres señalados (y que no son de propia cosecha, sino de una tradición antiquísima en la vida espiritual cristiana) se pueden afrontar de una vez para siempre. Si esto fuera así, con una simple terapia por muy larga que sea, merecería la pena entregarse a ella con pasión. Sin embargo, se debe hacer de los tres una materia de consideración cotidiana, a la que estemos despiertos y ante la que seamos astutos y cautelosos. Lo cual me parece que exige una mayor libertad, y por lo tanto podría decir que es también mucho más humano en la misma línea explicada.

¿Qué podemos hacer para afrontarlos con salud cristiana y humana?

  1. No engañarnos, ni creer que han desaparecido para siempre. Esa anotación sobre los secretos, pide confianza y por tanto selección de personas con las que poder hablar “a pecho descubierto” creyendo que nos darán mucho más de lo que nosotros entregamos. Aquí hay un aspecto relativo a la verdad (no toda, tampoco hay que querer abarcar y decir lo que nosotros mismos desconocemos de nosotros mismos, porque muchas veces la verdad es “no sé qué me ocurre”, que también hay que aceptar y querer).
  2. No reducirlos a los momentos en los que “se disparan”, sino hacerlos propios de un discernimiento y diálogo cotidiano. Vuelvo a lo anteriormente dicho, a no dejar que la cadena de elementos de la vida cotidiana con sus pequeñeces, endurezca posturas y rompa lo más importante.
  3. Utilizar sus contrarios como aspectos “de virtud” que ayudan a superar los puntos álgidos y no dejar que “por acumulación de cosas pequeñas” surjan momentos que nos superen decisivamente. La valentía, el diálogo en confianza y abriendo la vida al máximo, y los puntos fuertes de nuestra existencia. Es decir, que si tenemos una “pequeña brecha en alguna pared de nuestra casa interior”, no podemos dejar que se convierta en un “boquete por el que pueda entrar un tren, un avión o una nave espacial” como si nada. Mejor atender lo pequeño, y cuanto antes.
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