Afianzar los “lugares comunes”


No hace poco alguien comentaba una de mis entradas subrayando, con intensidad, que estaban llenas de “lugares comunes“. Hoy vuelven a decirme lo mismo, esta vez por teléfono, una amiga y refiéndose a la opinión de otra persona, a quien no tengo el gusto de conocer pero que saludo con alegría. El primer comentario lo tomé como positivo y alentador. Y el segundo vino a confirmarme en esta vocación de diálogo y unidad. Por teléfono también señaló que “es difícil no estar de acuerdo con lo que escribo.

Por otro lado, he tenido también las reacciones opuestas a lo que cito en el párrafo anterior. Discrepancias, disputas, enfrentamientos, malentendidos, críticas… Incluso sobre el mismo artículo. No sólo de aquellos que no me conocen personalmente, sino incluso de gente a la que quiero, estimo y valoro, por quienes daría parte de mi vida. Y entiendo que esto pueda ser, siempre y con frecuencia. En el fondo, no doy excesivos datos, sino que relato vida, opiniones y creencias a golpe de tecla, unas veces a unas horas y otras un poco más tarde, unas veces con tiempo pausado para reflexionarlo antes de escribir y otras, no inusuales o infrecuentes, al ritmo del clic/clac.

Ambas situaciones me dan pie a destacar que hoy, quizá más que nunca, hay que velar y guardar con especial énfasis esos “lugares comunes” que nos unen, que nos sitúan en una posición apropiada para el diálogo sincero y la comunión. Y al mismo tiempo, prestar atención para que no se cuele dentro de este ámbito público la mentira, la tolerancia llevada al extremo ridículo del “todo vale”, y no confundir los lazos personales con los guetos en los que nos protegemos de quien piensa diferente. Es decir, que un lugar común es también un ámbito de discrepancia sano donde hablar y debatir no supone arrojar palabras al vacío hasta que alguna quede consolidada en medio como aceptada por todos, sino el esfuerzo por reconocer que hay asuntos, palabras, inquietudes, deseos, preocupaciones, esfuerzos, intereses, anhelos que son de todos, y en los que todos nos vemos reflejados y unidos (sin que eso quiera decir que nadie tiene que comprometerse, como pasa muchas veces con los “temas públicos, finanzas públicas, edificios y mobiliario público”, sino a la inversa). La construcción de un verdadero espacio público, de ese “lugar común” no podrá venir de otro sitio sino de la gran pregunta sobre qué es el hombre, para qué estamos en el mundo, quiénes somos, qué es el bien y lo bueno. Pregunta que debe dar paso a la escucha de las respuestas, con sinceridad, que se han encontrado y que se siguen buscando. Si todo quedase en preguntas, en búsquedas e inquietudes, la verdad es que todo ese lugar común, en principio tan anhelado, sería como una casa asentada en la nada. Debemos sujetarla a algo, debe asentarse con firmeza para soportar las dificultades, otras preguntas y embates que vendrán. Y no sólo por lo negativo, sino también por lo positivo y maravilloso que tiene verse todos bajo la misma palabra y acción. Es decir, que no vale sentarse para seguirse preguntando indefinidamente, con la sensación de estar siempre bajo el cielo de la duda, de la sospecha, del diálogo sin puntos de encuentro.

Dicho lo cual, añado que lo esencial y los lugares comunes no pueden sustraerse mutuamente. Cuando lo “común” y lo “esencial” no van al unísono, se convierte en la rebaja de lo uno por lo otro. Y en esto hay que ser sinceros, dar carta de entrada pública a lo esencial exige por parte de todos un respeto a todas luces mayor que el de la “resta” que se da en muchos pactos sociales y políticos. Pongo un ejemplo para ilustrarlo con claridad: el esfuerzo que desde la Iglesia se ha hecho por traducir el Evangelio en valores, que puedan ser universalmente aceptados, sin hacer explícita la raíz de donde nacen y donde se nutren y donde cobran sentido y fuerza, no sólo los ha desvirtuado en muchos casos sino que ha mostrado que se marchitan con el paso del tiempo y no son realmente aceptados por la sociedad plural porque se hacen “imposibles de vivir” por muy maravillosos que sean y se presenten. Dicho de otro modo, se pueden dar dos situaciones que paradójicamente no provocan un espacio común: el diálogo sin raíz, donde no se cuenta todo porque se piensa que va a ser rechazado; y la de buscar un espacio común construido a partir de mínimos que no llenan a nadie, ni son capaces de dar sentido a nada. En definitiva, y a lo que voy, es que el lugar común está lleno de diferencias que no dañan, siempre y cuando se dé a conocer lo esencial para cada uno, lo más importante, y de este modo abrir el diálogo que pueda llevar a responder esencialmente también a las preguntas que han provocado el encuentro.

Termino con un agradecimiento. A todos aquellos amigos, agnósticos y ateos, que leen el Evangelio diariamente y continúan haciéndose preguntas. A todos aquellos compañeros de camino, cristianos jóvenes y adultos, que a través del Evangelio se encuentran con el Señor que les ofrece la vida. A unos y otros, a quienes veo dentro de ese espacio común entre preguntas y respuestas, les agradezco la vida que llevamos entrelazada en lo esencial, sin rebajas ni conformándonos con los mínimos insulsos de las vidas sin sentido.

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3 pensamientos en “Afianzar los “lugares comunes”

  1. Saludos, Aquileana.

    Preciosa cuestión sacas a la luz. Aunque hay que reconocer que los postulados, y la necesidad de fundamentos no son exclusivos del razonamiento religioso o teológico. Sino de todo pensamiento, sea científico, sea técnico, sea afectivo. Aquí hay que “partir de algo” para “llegar a otras cuestiones”. Los vacíos de partida, asépticos e incondicionados, ya están pasados de moda en la reflexión lógica. Es más, las estructuras de pensamiento favorecen de hecho lo contrario.

    Por otro lado, nadie dice que “preguntarse por el fundamento” sea una cuestión imposible. Como cuando científicamente se cuestionan los márgenes de la ciencia, sus límites y sus propios postulados. De hecho, me parece que es algo totalmente necesario. Dicho lo cual, el fundamento religioso de todo, Dios, es siempre una cuestión que se dialoga.

    A modo de conclusión, tu afirmación “creo para entender” no es lo único. Aunque ciertamente, la fe exige un paso dado por el hombre hacia la confiaza, independientemente de que eso lleve a entender más, a conocer más, a vivir de otra manera. El paso de la fe, ese “creo”, es un creo por descubrimiento, cuestionamiento, o por un acontecimiento. En tanto que esto es así, el “creo ” es también libre y personal, aunque pueda ser muy justificado, razonable, etc…

    Muchas gracias por tu comentario, breve. Que implica muchas cuestiones.

  2. Pingback: Post de enero 2012 | Preguntarse y buscar

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