Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2012


Metidos en la vorágine de las comunicaciones, donde las palabras de hoy parece que pensan poco para el mañana y nos sentimos desvinculados respecto a las de ayer, me parece que es interesantísimo el documento que presento a continuación. Primero, por lo esencial que supone tratar los medios de comunicación desde el paradigma más humano posible (la relación directa entre dos personas, cara a cara, con sus pausas, sus ritmos y su dedicación exclusiva), y segundo por la enorme cantidad de posibilidades que despliegan las nuevas tecnologías y que requieren de una visión positiva y creativa para que sigan potenciando la historia del desarrollo de la humanidad.

De todo el mensaje, que invito encarecidamente a leer y comentar, esperando que provoque reflexión común y diálogo sincero, me planteo específicamente los ecos que en mí ha provocado a modo de pensamientos y vida concreta:

  1. La mutua relación y dependencia profunda entre el silencio y la palabra. Es el marco de todo el mensaje, que no pocas veces pasa desapercibido. Muchas veces me he interrogado por la necesidad de tiempo para leer y escribir páginas internas que nunca serán publicadas. Más aún cuando la distancia entre pensar y escribir se va acortando, como también sucede entre pensar y decir. Si no se pasa por el tamiz del silencio, del reposo, de la oración, de la reflexión, las palabras que surjan estarán la mayor parte de las veces vacías, o se caerá en la repetición y falta de creatividad. Ciertamente, en todo diálogo sincero e intenso, cuando una persona habla, la otra calla amablemente haciendo hueco en sí a lo dicho por el otro, y al otro mismo a través de sus palabras. De igual modo, en relación a toda la realidad, la acogida, la atención, la presencia requiere de la contemplación silenciosa y del vacío personal. El silencio es la puerta y la clave. Es el valor de la comunicación, lo que da sentido a lo dicho.
  2. La exclusión de la palabra y de silencio frecuenta nuestras calles, las familias, las aulas, los grupos de amigos, incluso las celebraciones litúrgicas. Parece que existe un pánico generalizado al silencio porque provocará la escucha y el vacío. En los transportes públicos la gente se sube y engancha a sus dispositivos y a su música, pero si se los quita, está a merced de la radio del conductor o la melodía permanente del metro o del tren. Por doquier, sonidos. No palabras, ni diálogo con el compañero que está sentado, sino sonidos. Y en las casas, pelea que algunos todavía mantienen pese al derrotismo de la mayoría, la televisión es la única que no se silencia en ninguna ocasión, y multiplica su presencia. El silencio en las aulas parece un lujo al que sólo pueden acceder unos pocos, e incluso cuando los alumnos están haciendo sus tareas, piden “ambiente”, es decir, “música de fondo”. He asistido a no pocas celebraciones donde la creatividad consistía en introducir más y más intervenciones de unos y otros, para seguir diciendo más y más veces lo mismo y de muchas maneras, donde un tiempo de silencio se hacía incómodo por el hábito generado. Una y otra vez, constantemente lo de siempre. Siempre con palabras.
  3. Las palabras con densidad, es decir, las palabras grandes. Cuánto me alegra esta reflexión, que de casualidad probablemente adelanté en un post anterior. Constato que las palabras se van vaciando de significado y sentido (no puedo valorar si con ánimo o interés de fondo). Se utilizan indistintamente junto a otras de un calado y profundidad diferente. Todo lo cual conlleva su progresiva deformación. Los medios de comunicación, los anuncios publicitarios, la necesidad de hablar constantemente y llenar informativos y páginas de periódico, intuyo que tienen mucho que ver en este asunto. El hecho está ahí presente. Y también su impacto, por ejemplo en los jóvenes que van perdiendo riqueza de vocabulario y capacidad de comprensión oral y escrita. Es fácilmente contrastable comparando dos películas, una de los años 50 y otra que sea de anteayer. Las palabras grandes asustan a la mayoría, que prefiere la divulgación científica con menor exigencia y requisitos que las revistas científicas, de modo que se dan recortes y rodeos, hasta que no queda más remedio que enfrentarse a ellas. Se han retirado de la circulación tanto tiempo que, cuando aparecen se visten de “retro” aunque se incorporen y equiparen a otras “modas”. En definitiva, quedaron vacías, para el desguace, y pronunciando lo mismo no refieren la misma realidad, idea o impacto.
  4. Volviendo a lo anterior, lo que revela coincide con la necesidad de contenido y sustancia de toda realidad no meramente accidental. Es decir, toda palabra señala algo que le da consistencia y a la cual se debería dirigir en actitud de servicio, y no viceversa. Salvo que queramos, con nuestras palabras, cambiar la realidad para conseguir engañarnos; artimañanas empleadas en multitud de ocasiones, que en consecuencia desprotegen a cualquiera sintiendo que pueden pisotear más de lo que deben. Si las palabras llevan contenido no están huecas, y por lo tanto, son iluminadoras, guías, penetran en el mundo, acompañan a la persona, dan seguridad.
  5. Preguntas y motores de búsqueda. Como reconoce el mismo documento, gran parte de la comunicación está motivada por estas preguntas que se insertan en motores de búsqueda. Lo cual es maravilloso, porque ante nuestras cuestiones personales probablemente encontremos ecos personales muy cercanos, donde otros también se dejan cuestionar. E incluso puede darse el caso de que las preguntas de otros nos sirven para formularnos cuestiones a las que no habíamos prestado suficiente cuidado y dedicación. La presencia en la red de las preguntas sobrepasa los cálculos que podamos hacer en la actualidad. Y también es significativo que respuestas en 140 caracteres sean de gran densidad, como algunas veces nos encontramos, y sirvan para despejar horizontes y emprender un camino personal.
  6. Todo lo anterior, movido por personas y para personas, genera un diálogo insospechado hasta hace muy poco tiempo. A mi bandeja de correo electrónico llegan diariamente cuestiones y relatos de personas de diversas partes del mundo, curiosamente algunas muy cercanas. Verdaderamente podemos estar abriendo las puertas a la era de la comunicación, no sólo de la información, con tanto movimiento como hay por la red. El anuncio de esta nueva dimensión 2.0 más personal y directa, corre el peligro sin embargo de caer en un trato vulgar, cerrado o seccionado por botones “me gusta” que impidan un diálogo más allá de los mismos. Detrás de este mensaje está la invitación a considerar nuestra realidad emergente de modo más personal y humano, personalizante y humanizador.
  7. Hacia la búsqueda de la verdad. Cualquier opinión, por digna que sea y por respetable que sea quien la respalda, se queda en los márgenes de la mera subjetividad. Algo que no es propio, al menos en última instancia de la persona, que busca la verdad y desea huir del error y de la mentira. En los medios de comunicación podemos encontrar de todo, y de toda índole, anexionado y empaquetado para que cualquiera pueda acercarse, o pueda llegar a él por éste u otro canal. Sin embargo, se requiere una mayor capacidad de discernimiento, filtros mejorados para no dejarse manipular ni arrastrar de aquí para allá sin más sentido que el de “lo ha dicho él”, “lo he escuchado en algún lugar”. En la cuestión religiosa me parece acuciante la necesidad de formación cristiana para las nuevas generaciones. La información está a su disposición presentada en múltiples moldes y formatos, pero parece que no llega a modelar realmente su vida y a componer criterios sólidos de juicio y discernimiento. Lo encuentro diariamente en la escuela, donde una conversación de dos minutos sobre un tema con opiniones divergentes parece agotar la inteligencia de más de uno, como si lo lógico fuera resolver que cada uno piense lo que quiera, porque no hay que llegar necesariamente a ningún punto común, ni buscar la verdad de corazón.
  8. El exceso de información reclama, una vez más, del silencio y de la prudencia. Los números de la red son apabullantes, dejan sin palabras a cualquiera que se quiera adentrar en ellos, son directamente inabarcables humanamente.

46ª JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

Mensaje del Santo Padre

Queridos Hermanos y Hermanas,

Al acercarse la Jornada Mundial de las Comunicaciones sociales de 2012, deseo compartir con vosotros algunas reflexiones sobre un aspecto del proceso humano de la comunicación que, siendo muy importante, a veces se olvida y hoy es particularmente necesario recordar. Se trata de la relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integranrecíprocamente, la comunicación adquiere valor y significado.

El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y a nosotros no permanecer aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, por ejemplo, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones. Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a primera vista parecen desconectadas entre sí, a valorar y analizar los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido. Por esto, es necesario crear un ambiente propicio, casi una especie de “ecosistema” que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos.

Gran parte de la dinámica actual de la comunicación está orientada por preguntas en busca de respuestas. Los motores de búsqueda y las redes sociales son el punto de partida en la comunicación para muchas personas que buscan consejos, sugerencias, informaciones y respuestas. En nuestros días, la Red se está transformando cada vez más en el lugar de las preguntas y de las respuestas; más aún, a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado, y a necesidades que no siente. El silencio es precioso para favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos, para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes. Sin embargo, en el complejo y variado mundo de la comunicación emerge la preocupación de muchos hacia las preguntas últimas de la existencia humana: ¿quién soy yo?, ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? Es importante acoger a las personas que se formulan estas preguntas, abriendo la posibilidad de un diálogo profundo, hecho de palabras, de intercambio, pero también de una invitación a la reflexión y al silencio que, a veces, puede ser más elocuente que una respuesta apresurada y que permite a quien se interroga entrar en lo más recóndito de sí mismo y abrirse al camino de respuesta que Dios ha escrito en el corazón humano.

En realidad, este incesante flujo de preguntas manifiesta la inquietud del ser humano siempre en búsqueda de verdades, pequeñas o grandes, que den sentido y esperanza a la existencia. El hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida: todos buscamos la verdad y compartimos este profundo anhelo, sobre todo en nuestro tiempo en el que “cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2011)

Hay que considerar con interés los diversos sitios, aplicaciones y redes sociales que pueden ayudar al hombre de hoy a vivir momentos de reflexión y de auténtica interrogación, pero también a encontrar espacios de silencio, ocasiones de oración, meditación y de compartir la Palabra de Dios. En la esencialidad de breves mensajes, a menudo no más extensos que un versículo bíblico, se pueden formular pensamientos profundos, si cada uno no descuida el cultivo de su propia interioridad. No sorprende que en las distintas tradiciones religiosas, la soledad y el silencio sean espacios privilegiados para ayudar a las personas a reencontrarse consigo mismas y con la Verdad que da sentido a todas las cosas. El Dios de la revelación bíblica habla también sin palabras: “Como pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios habla por medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada… El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su silencio” (Exhort. ap. Verbum Domini, 21). En el silencio de la cruz habla la elocuencia del amor de Dios vivido hasta el don supremo. Después de la muerte de Cristo, la tierra permanece en silencio y en el Sábado Santo, cuando “el Rey está durmiendo y el Dios hecho hombre despierta a los que dormían desde hace siglos” (cf. Oficio de Lecturas del Sábado Santo), resuena la voz de Dios colmada de amor por la humanidad.

Si Dios habla al hombre también en el silencio, el hombre igualmente descubre en el silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios. “Necesitamos el silencio que se transforma en contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios y así nos permite llegar al punto donde nace la Palabra, la Palabra redentora” (Homilía durante la misa con los miembros de la Comisión Teológica Internacional, 6 de octubre 2006). Al hablar de la grandeza de Dios, nuestro lenguaje resulta siempre inadecuado y así se abre el espacio para la contemplación silenciosa. De esta contemplación nace con toda su fuerza interior la urgencia de la misión, la necesidad imperiosa de “comunicar aquello que hemos visto y oído”, para que todos estemos en comunión con Dios (cf. 1 Jn 1,3). La contemplación silenciosa nos sumerge en la fuente del Amor, que nos conduce hacia nuestro prójimo, para sentir su dolor y ofrecer la luz de Cristo, su Mensaje de vida, su don de amor total que salva.

En la contemplación silenciosa emerge asimismo, todavía más fuerte, aquella Palabra eterna por medio de la cual se hizo el mundo, y se percibe aquel designio de salvación que Dios realiza a través de palabras y gestos en toda la historia de la humanidad. Como recuerda el Concilio Vaticano II, la Revelación divina se lleva a cabo con ” hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas” (Dei Verbum, 2). Y este plan de salvación culmina en la persona de Jesús de Nazaret, mediador y plenitud de toda la Revelación. Él nos hizo conocer el verdadero Rostro de Dios Padre y con su Cruz y Resurrección nos hizo pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte a la libertad de los hijos de Dios. La pregunta fundamental sobre el sentido del hombre encuentra en el Misterio de Cristo la respuesta capaz de dar paz a la inquietud del corazón humano. Es de este Misterio de donde nace la misión de la Iglesia, y es este Misterio el que impulsa a los cristianos a ser mensajeros de esperanza y de salvación, testigos de aquel amor que promueve la dignidad del hombre y que construye la justicia y la paz.

Palabra y silencio. Aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo. A María, cuyo silencio “escucha y hace florecer la Palabra” (Oración para el ágora de los jóvenes italianos en Loreto, 1-2 de septiembre 2007), confío toda la obra de evangelización que la Iglesia realiza a través de los medios de comunicación social.

Vaticano, 24 de enero 2012,

Fiesta de San Francisco de Sales.

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