En respuesta a Juan Manuel de Prada, sobre la Vida Religiosa y Gran Hermano


Un cordial saludo.

Acabo de leer un reciente artículo publicado bajo su nombre, y quedarme estupefacto con el contenido y las afirmaciones que en él se hacen. Todo sale a colación de la participación en Gran Hermano (13ª edición) de un religioso. Ahora no estoy para sellos congregacionales, ni divisiones en cuanto a carismas y misiones. El hecho me parece tan aislado y puntual que lo primero es tener la prudencia de considerarlo como tal, respetando las formas propias de la vida religiosa, y de sus superiores legítimos. Sin embargo, dado el revuelo que ha provocado, en medios de comunicación sociales y eclesiales, me atrevo a pensar al respecto y escribir algo, que de paso, también me pueda ayudar y servir.

La esencia de la vida religiosa no está en la perfección de su vida, sino en la excelencia y atrevimiento que ha tenido el Señor de llamarnos a compartir su vida. Me sigue sorprendiendo. Él, que nos conoce y ama, también acoge como parte del reto de nuestra vocación y del éxito de nuestra vida como signo y testimonio, nuestra propia debilidad. Él va transformando nuestro corazón a su imagen, con una paciencia infinita, nos recuerda diariamente que hemos sido enviados al mundo para compartir con los hombres sus anhelos y preocupaciones, sus alegrías y tristezas. Y diariamente nos da, como no puede ser de otro modo, el sustento y el auxilio necesario para la misma. De su parte, todo. De nuestra parte, la acogida y la capacidad de recibir, y también de poner en marcha una infinidad de cosas. Por lo tanto, mi primera conclusión es que la Vida Religiosa está llamada a seguir más de cerca al Señor día a día, y de hecho lo hace en mayor medida (sin que sea capaz de compararse) de la que participa y sigue Gran Hermano. A los amantes de las estadísticas les invitaría firmemente a considerar la desproporción de los que buscan al Señor con entusiasmo y pasión, frente a quienes participan en programas televisivos. ¡Qué gran don descubriríamos entonces!

Por otro lado, remitiéndome de nuevo al artículo de Juan Manuel de Prada, creo que hay que situar la vida religiosa en su grandísima diversidad y comunión. Su diversidad no es sociológica, ni fruto de los tiempos y opciones personales, más o menos acertadas en unos u otros casos, sino querida por el Señor. No sólo en la multiplicidad de carismas, en la inmensidad de misiones y tareas, en la ingente cantidad de lugares evangelizados diariamente con su palabra, acción y presencia, sino también en tanto que consideramos que cada persona que abraza esta forma de vida está llamada a construirla y ser reflejo de ella. De nuevo, la gran variedad de estilos, de planteamientos, de prioridades, de esfuerzos, de alegrías, de tristezas, de relaciones, de estudios, de formación, de comunidades incluso… cuando pretende ser reducida a una única forma de comprender y hacer, de rezar y vivir, de servir y amar, se muestra a sí misma como un factor de fuerza y de presión que nada tiene que ver con la Misericordia y el Amor de quien nos ha llamado. Tales “deseos” no vendrán del Señor que conoce la abundante mies, y que se preocupa por su pueblo. Entiendo que son muchos los que están interesados, dentro y fuera de la iglesia, en considerar a todos por igual; mas estimo que es imposible, mientras sea Dios quien sigue llamando para configurarnos al modo del Hijo.

Pero seguimos con el artículo, porque no tiene desperdicio. El Concilio Vaticano II pidió encarecidamente a la Vida Religiosa que actualizase su Regla de Vida. Para ello, volver a las fuentes, al carisma fundacional, a la intuición primera del Espíritu. Y al tiempo, que se escuchasen los signos de los tiempos. Hubo quienes hablaron durante un tiempo de refundación, luego de reestructuración, después de revitalización. Y siempre volvían al tema central y capital: la relación personal con el Señor Jesús, en actitud de escucha y docilidad a su Espíritu, entregado a los hombres. Espíritu que, para quienes no puedan verlo del todo, se pasea y aletea en nuestro mundo generando comunión, se hace presente en la conciencia de los hombres, e impulsa desde el interior la búsqueda, el interrogante, la pregunta por el sentido, la trascendencia, el bien, el amor. Espíritu que, estando presente en el mundo, no condena el mundo, sino que viene a salvarlo. Y, a lo que voy, cuando de forma reiterada y con sangrante desprestigio y protesta, se habla de forma tan despectiva de nuestro mundo, se señalan los aspectos negativos y el pecado, se critica denodadamente todos los esfuerzos humanos por la paz, se incide tanto en una única dirección, al final el corazón y la inteligencia se vuelven lo suficientemente sospechosos como para reconocer “todo el bien que ha hecho el Señor”. No digo que todo sea bueno ni digno de alabanza en el mundo, como tampoco lo digo de los cristianos y de la Iglesia. Ambas realidades comparten, ciertamente no a partes iguales, un misterio en su interior: la presencia del Señor, que salva. Reconocido en la Iglesia, guardado y custodiado por ella para comunicarlo y anunciarlo, y desconocido en el mundo. En ambos, como en el corazón de cada hombre, presentes y actuantes. Los cristianos somos unos privilegidos porque toda acción sacramental está inundada del amor del Señor, y superamos cualquier mirada condenatoria recibiendo Perdón y Misericordia a cambio; incluso en lo peor, que es la Cruz y el Abandono. Nuestro mundo sin embargo no conoce la acción del Espíritu de un modo tan manifiesto, y se tiene que esforzar por confiar y guiar sus pasos de otra manera. En nuestro anuncio y propuesta, en la Palabra del Señor recibida, hay tanta riqueza que proclamar que se desea recibir integramente. Sólo es necesario saber mirar. No de cualquier modo, sino con la compasión del Señor.

Por último, y por no alargarme demasiado, la adecuación a los tiempos presentes, para todos cambiantes a un ritmo espectacular, es cierto que no deja mucho margen algunas veces para la seria consideración de la transformación de las instituciones y de las comunidades, como tampoco del proceso de algunos de sus religiosos. Toda actualización conlleva el peligro de traición, y demanda una gran creatividad. Novedad no siempre acogida fácilmente. Hoy nos parece que Teresa de Jesús es tradicional, mientras que en su época causó estupor y provocación sin igual. Poner la comparación de la televisión, al modo que está hecho, me parece inadecuado a todas luces. Podemos ver peligros en todas partes, como también oportunidades. Las cosas no son las importantes, sino la actitud con la que se afrontan. Sea la televisión, sea el ordenador, sea el coche, sea la ropa, sea el dinero, sea todo aquello que no es material, que también puede caer en ser usado. El orden y el desorden siempre han estado presentes en la forma de vida de los religiosos, siempre se han orientado como ejercicios espirituales e iluminados en las relaciones comunitarias, personales y acompañamientos o direcciones. El que quiera perfección como tal, sin saber muy bien qué es eso perfecto que se propone a la vida religiosa, debería aclarar primero qué está buscando. Si su gloria o la del Señor. Y por otro lado, considero que, y lo digo desde el interior mismo de la vida religiosa aunque no estoy ni en el centro ni el corazón de nada, los religiosos se esfuerzan y son pacientes en su camino, dejándose guiar por el Señor. Su renuncia no es equiparable a todo cuanto han recibido, la libertad de sus pasos, ni siquiera del primer paso decisivo que dieron, se puede equiparar a la grandeza de su llamada y a la Grandeza de Aquel que los ha llamado a compartir su vida.

En mi despedida, un abrazo fuerte, tanto para usted como para cada hermano religioso.

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15 pensamientos en “En respuesta a Juan Manuel de Prada, sobre la Vida Religiosa y Gran Hermano

    • Saludos.
      No entiendo la pregunta por la ambigüedad. Creo que cualquier persona que me conozca diría de mí justo lo contrario. Lo que ocurre es que abordar la Vida Religiosa desde una única perspectiva es algo francamente difícil, y mucho peor si el punto de partida que se toma es que un religioso va a participar en Gran Hermano. Es decir, que empezamos mal si la motivación para plantear qué es y su porqué es esa. En absoluto me considero ambiguo en relación a la vida religiosa y temas de hoy y de iglesia. Aunque reconozco que escapo de reduccionimos

  1. Gracias, hermano José Fernando. Un areflexión sensata ante un artículo lleno de ‘lugares comunes’, de ataques sin sentido a la vida consagrada, fruto sólo de la arrogancia -y desconocimiento- de quien los hace.

    • Saludos.
      Gracias por la valoración.
      No pretendo hacer de un artículo una valoración a toda una persona. Desde joven he seguido la obra de Juan Manuel de Prada (sin limitarme a sus novelas o artículos), y reconozco sus aportaciones como muy positivas tanto para la iglesia como para la sociedad. Al menos nos hace pensar, y obliga a dar una respuesta. En otras cosas coincido plenamente con sus preocupaciones e intereses. Este es un caso que valoro aislado dentro de todas sus publicaciones.

  2. Estoy de acuerdo con el hermano José Fernando. Tenemos que evitar convertir lo anecdótico y marginal (lo de Gran Hermano, las blasfemias del Ayuntamiento de Madrid y otras muchas que inundan los blogs católicos) en el meollo de la cuestión eclesial. Creo que es mejor tratar las múltiples cosas buenas de la Iglesia o hablar de testimonios reales y no, si se permite la expresión, de bobadas.

    • Gracias.
      Aclaro que no soy “hermano”, lo digo para no confundirnos con el nombre del programa.
      Ojalá retomemos el diálogo tranquilo y evangelizador (BUENA noticia) sobre los asuntos eclesiales y sobre el mundo que nos rodea y en el que vivimos.

      Un abrazo fraterno (de hermano).

  3. José Fernando:
    No te extrañe si te tachan de ambiguo… Tu larga y sinuosa exposición tiene un pase como reflexión para un diario personal, pero no aporta ninguna luz para comprender la peculiaridad de la vida religiosa. Es cierto que al articulista, por razón de su género, no le queda otro remedio que esbozar con trazo grueso sus argumentos… ¡pero los tuyos son mucho peores!.
    ¿Cómo se te ocurre desterrar la perfección de vida del argumentario? ¿Cómo puedes divagar sin afrontar la centralidad de los votos? A qué viene tanta “intuición primera del Espíritu” y tanta “adecuación a los tiempos presentes” si luego no te apañas para definir la peculiaridad de tu modo de vida: La vida religiosa “está llamada a seguir más de cerca al Señor día a día”, ¿es que los laicos no participan del seguimiento?… “Hemos sido enviados al mundo para compartir con los hombres sus anhelos y preocupaciones, sus alegrías y tristezas”, ¿es que clero no participamos de esa misión?
    Mira José Fernando, hazme caso: No es culpa vuestra, pero os cuesta horrores definir con precisión cual es la particularidad de vuestro seguimiento. Y como habéis creado un terreno de juego tan amplio, ahí cabe de todo: espiritualidad seglar (que no es la vuestra), utilización de lo material al servicio del Reino (que choca con vuestros votos), santificación de las realidades temporales (que tampoco es lo vuestro)… Y lo que le echen.
    Por cierto, a mí si que me gustan las estadísticas… ¿Cuál era el número de Escolapios hace 30 años y cuál es ahora?¿Cuál era el numero de miembros de congregaciones dedicadas a la educación hace 20 años y cuál es el actual?… Más allá de la vieja escusa de que es una mala racha, ¿qué se ha echo mal para que esto no funcione ni atraiga a los que “buscan la gloria de su Señor”?
    Estoy plenamente convencido con de Prada que la vida consagrada se ha deformado “en puro servicio al hombre; y lo que tendría que ser corolario natural (formar, instruir, servir) se convierte en sí mismo en vía de desarrollo de la personalidad de sus miembros” (que lo podrían hacer igual o mejor sin abrazar votos).
    Un abrazo.

    • Saludos.
      Un precioso diálogo el que propones. Aunque sigo rechazando que se tache de ambigüedad a los planteamientos que son abiertos. Me remito al planteamiento del Papa, Benedicto XVI en la última jornada de la Vida Consagrada (http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2011/documents/hf_ben-xvi_hom_20110202_vita-consacrata_sp.html) que plantea tres reflexiones interesantísimas sobre nosotros. En ellas nos impulsa y anima, lejos de condenar y echar en cara. El cambio de actitud, desde el Magisterio, me parece alentador y del Espíritu. Tres reflexiones: la primera, una experiencia singular de la Luz; la segunda, el don de profecía conectado con la vida cotidiana; y el tercero, sabiduría que testimonia el compromiso gozoso en la búsqueda del Señor. Para quienes sepan (y más aún para quienes vivimos así) estas tres reflexiones nos conectan directamente con cada uno de nuestros tres votos. Es verdad, que no tan “cerrados y concretos” como muchos los entienden.
      Por otra parte, tampoco creo que de nada de lo que he dicho se pueda inferir que la Vida Consagrada expulsa de su seno otros carismas y formas de vida (como pueda ser el laical). Antes, al contrario. Pero hace falta leer de forma positiva las afirmaciones sobre cada uno, y superar las dicotomías y divisiones que hacen, en estos planteamientos teóricos, que unas vayan por delante de otras. La vida práctica pone de manifiesto que el religioso ha sido llamado de forma muy especial por el Señor, para una entrega plena y total a Él. Camino que ha de recorrer toda su vida. Y de igual modo, los casados y las familias están llamados a una entrega (mutua) hasta el final de sus días. La Iglesia recibe del Señor hijos, que son personas con historia, y los anima en el seguimiento de Cristo hacia la plenitud y salvación. Sea cual sea su vocación de partida todos son llamados a la santidad.
      El análisis sobre los cambios sociales y profundos de nuestra sociedad, sea en relación a la Vida Consagrada (sea, y me atrevo a ponerlos en paralelo, a la familia cristiana y a la corresponsabilidad y vocación del laico en el seno del mundo y de la iglesia) nos llevarían mucho tiempo. Lo que está claro es que los números -de todo en general- revelan un profundo cambio eclesial y social respecto al hecho religioso y cristiano. ¿Purificación? ¿Fracaso? ¿Llamada a la conversión? ¿Signo de los tiempos? ¿Qué nos obliga a plantear? Son preguntas amplias, que ahora no puedo abordar. Se dirá entonces que soy ambiguo por no poder hacerlas frente a todas, y mucho menos a propósito de un artículo sobre Gran Hermano XIII. Me parece que el tiempo que nos ha tocado vivir es un regalo del Señor, una responsabilidad grande, y exige de nosotros una gran comunión y fuerza. Un reto apasionante, que diría uno de mis hermanos, donde movernos no resulta fácil.

      Seguimos conversando.

  4. Querido Padre:
    Una vez más no puedo sino compartir tus reflexiones que encuentro todo menos ambiguas. Pero ahora quizás eso es lo de menos; gracias simple y llanamente por ser un sacerdote y religioso entregado, incansable, dando tu vida a diario en tus alumnos, como otros lo hacen en sus carismas siguiendo el soplo del Espíritu. Porque un día asumiste y abrazaste la llamada recibida, como todos los religiosos, llevando el Evangelio al caminar a cada paso. Como cada religioso en una escuela, en una Universidad, cuidando leprosos, enfermos de sida, atendiendo a parados, a gente sin hogar; como cada misionero muriendo olvidado en cualquier esquina del mundo. Gracias por no elegir el camino sencillo. “Venid y lo veréis”. Gracias por ser extraordinarios, porque eso en un religioso es lo ordinario.

    Y gracias, porque yo también estoy de acuerdo con Monseñor Joseph Tobin en que la vida religiosa es una selva amazónica que da oxígeno a la Iglesia.

    Ah, una tontería más, gracias porque los que además de religiosos sois sacerdotes, nos bautizáis, presidis nuestras bodas, oficiais nuestros funerales…..

    Y en tí, gracias a todos los Clerigos Regulares POBRES de la Madre de Dios de la Escuelas Pías porque en la “Piedad y las Letras”, esa cosa tan nimia, se cimentaron las bases del hombre que soy.
    Un abrazo grande, grande

  5. Usted puede darle muchas vueltas al asunto, pero los hechos son tozudos, en buena parte de los institutos y congregaciones religiosas, han desaparecido la vida comunitaria, la oración y los votos o bien estos se los reinterpreta cada uno a su gusto, con palabras como “hemos hecho voto de pobreza, no de miseria”, dicho por religiosos con buena tele en su cuarto y coche propio o “la obediencia no es ciega”, dicho por otros que saltan el magisterio.

    Asi estamos, muchos incapaces de atraer vocaciones, religios@s transformados en una
    especie de asistentes sociales, en el mejor de los casos, así no tiene sentido la vida religiosa y para hacer solo buenas obras, no hace falta ingresar en una congregación religiosa, algo que ironicamente, es lo que dice también lo más granado de los “progres”, aquellos que no valoran la vida religiosa y que dicen que “no hacen falta parafernalias, ni votos, ni consagraciones”, total para ellos solo cuentan las obras, aunque a la hora de la verdad son los que menos hacen.
    Un abrazo en Cristo.

    • Los hechos, como bien dices, están ahí presentes. Precisamente por eso el motivo del artículo, en relación a lo esencial de la vida religiosa, que no es un modo de hacer (único) ni un modo de ser (un estilo único). Sino plural y diverso. Afirmar la pluralidad está lejos de admitir que todo vale, o que todo es bueno, o que cualquiera puede ir donde le plazca. Esta interpretación difiere mucho de la que propuesto.
      Algunos ven división y acentúan diferencias donde otros vemos diversidad de carismas. Insisto en que toda respuesta humana al don del Señor siempre será humana, con sus limitaciones y con muchas dosis de confianza, de libertad y de riesgo. Esta última parte puedo testimoniarla en el interior de la vida religiosa con innumerables vidas apasionadas y entusiasmadas, sin recurrir a la mía propia, quizá más frágil que muchas de las personas que Dios me ha regalado a mi alrededor. Es alucinante comprobar y dialogar desde el corazón del hombre y del religioso que da su vida por Cristo en lo cotidiano y en lo extraordinario. Ése amor tan grande es también motivo del amor y el servicio al prójimo. En absoluto creo que todas las labores puedan ser desempeñadas indiferenciadamente por unos y otros. La riqueza de vocaciones de la Iglesia, religiosa, sacerdotal y laical se complementan, de modo que unas reciben aliento y un impulso necesario cuando se genera comunión entre ellas.

  6. Creo que el Señor de Prada se pasa en generalizaciones. Pero me parece evidente la falta de obediencia a sus superiores; la cual debería estar por encima de sus pareceres personales. El mundo actual nos exige a cada uno fidelidad en nuestra vocación. Nuestra labor debe ser unir la fidelidad con la innovación. Es posible, con Dios es posible. Sólo Dios. Es necesario no separar la fidelidad de la diversidad de carismas o de la diversidad. El espíritu no nos aleja de la comunión ni del magisterio. Me consta vuestra cercanía y vuestro compromiso con la comunión y la unidad y por ello me extrañan comentarios nebulosos. De todas formas grcias por vuestro testimonio y por vuestra entrega. Juntos en la oración.

    • Contra los ataques a los religiosos, me gustaría añadir que los padres de familia tenemos una responsabilidad mayor si cabe, por la trascendencia de nuestro ejemplo y, normalmente, no nos vemos sujetos a la crítica atroz a la que se somete a la vida religiosa. Con la perspectiva del camino que me queda por recorrer no puedo más que implorar la misericordia de Dios para conmigo y los demás. Y pedirle auxilio para conducirme a ese camino de santidad común a todos los estados de vida. Perdonad si no se explicarme, pero creo que los votos los tiene tanto los religiosos como los casados, y cada uno debemos cuidar por el cumplimiento de los nuestros. Que el Señor nos de a todos la luz que necesitamos.

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