“Mejor modo de servir” (parte 3)


Cuando en el apogeo de una de las culturas más individualistas, como cristianos consideramos que es esencial a la persona “servir a Dios, lo cual incluye amar al prójimo”, nos encontramos con innumerables trampas. Una de ellas, es valorar que el servicio y el amor reportan un enorme beneficio al sujeto que se ejercita en ella. Así, la esencia de la vida cristiana queda reducida a una ética en la que se hace un balance de beneficios. Todo termina en un simple egoísmo. Y en la desvirtuación de lo fundamental, que no son ni normas ni dogmas, sino la centralidad de la persona de Jesucristo, en la historia, para el hombre, de cara a todo lo humano. Por lo que el primer anuncio no es “vive así y serás feliz”, ni “piensa esto porque es la verdad”, sino “aquel hombre, llamado Jesús, que pasó haciendo el bien, al que mataron, está vivo, es el hijo de Dios“. No es un reclamo ético, sino una invitación al misterio, a la fe, a la confianza. Dicho lo cual, el interés está garantizado. Ahora sí que me pregunto: ¿Cómo vive Dios en medio de los hombres? ¿Qué dice? Y es sorprendente. Porque el amor es lo primero.

Sin duda, la ética y el pensamientos nos hacen estar en medio del mundo de una forma deternimada. En principio, siendo reflejos del Hijo. En todos los sentidos, comunicando el amor del Padre, llamando a la verdad a los hombres. No da igual cómo se viva, nunca ha sido una cuestión indiferente para nadie.

Por lo tanto,cuando los cristianos hablamos vocación de servicio, tendríamos que pararnos con un poco más de cuidado y detenimiento para saber qué estamos diciendo y qué estamos proclamando. Por nuestro propio bien, y para no engañar a nadie. Lo central siempre debe ocupar el corazón. Y recuperando el Evangelio encontramos que el servicio se expresa en innumerables ocasiones, algunas de ellas paradigmáticas: (1) El lavatorio de los pies. Probablemente la primera referencia que se le venga a la cabeza a cualquiera. Es la dignidad máxima, el punto álgido, culminante de la entrega del Hijo a los suyos. Vínculo por el que pasan a “tener parte” en su vida. (2) Obediencia al Padre, y su proyecto de salvación. “He aquí la esclava.” Obediencia como libertad que libremente se entrega, sin que la humanidad pierda dignidad. Es una obediencia comprendida desde el amor liberador, no desde la dependencia e inutilidad. María es la mujer por excelencia, y su asentimiento no nace del egoísmo ni de su debilidad. Sino del diálogo con el Padre, desde la comprensión “del mejor modo”, para sí y para la historia. (3) El verdadero servicio evangélico, en repetidas ocasiones, se clarifica en el monoteísmo. “Un único Señor.” “Nadie puede servir a dos señores.” Es un contrato exclusivo, frente a las muchas divisiones del hombre. (4) El que quiera “que entregue la vida”. No hay otro camino. La llamada evangélica involucra lo humano, por encima de las cosas. El servicio se hace con la vida, se abre a la vida. En todas sus dimensiones y requerimientos. (5) Al prójimo como a uno mismo. Un índice de calidad que contempla también la debilidad. Dios ama a su manera, y ojalá fuéramos fácilmente dóciles a un amor tan grande. Algo que para el hombre, por sí solo, es imposible. Por lo tanto, la medida más grande es que el hombre ame al modo más grande que conozca. Como a uno mismo, sin amarse a uno mismo en exclusiva. (6) Pasa por la cruz. El que quiera, tendrá que perder la vida.

Una cuestión para el discernimiento es a qué me siento llamado, dentro de esta vocación universal a la santidad y al servicio. Y lo que pretendo es ofrecer una serie de cuestiones a continuación que, miradas con ojos de prudencia evangélica (no de cálculos empresariales, ni ajustes presupuestarios) abren a un mejor modo de servir. Lo importante entonces es haber comenzado, experimentar todavía los interrogantes de la vida y de la misíon, y seguir avanzando. Los siguientes puntos pretenden ayudar en este camino y proceso de crecimiento en el servicio.

  1. En qué se apoya, de qué se alimenta.
  2. Conocer otras posibilidades buenas.
  3. Me acerca a Dios y al Reino.
  4. Dialogada eclesialmente, en comunidad.
  5. Purificada con humildad y paciencia.
  6. Cada día más real. Principio de encarnación.
  7. Superando momentos difíciles, como miedo, oscuridad, presión, dudas.
  8. Agradezco porque es mío y más que mío.
  9. Conocer la fragilidad y cuidarse.
  10. Me identifica y construye.
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