Buscar y vivir “mejor modo de servir (parte 2)


Detrás de toda búsqueda clara y notoria, de esas cuestiones que se hablan sin demasiado pudor (demasiado, insisto) se esconden y parapetan otros anhelos y búsquedas que requieren una mayor profundidad y análisis, o un mayor aprecio por la sinceridad y la verdad. Encauzan, una vez reconocidas, la existencia de diverso modo. Por ejemplo, detrás de un abrazo existen múltiples variables. Una de ellas puede ser, sin duda, el cariño como tal. También la reconciliación, la búsqueda de paz, el punto final a un proceso de separación, la celebración común y agradecida por algo maravilloso, el impulso necesario para afrontar un reto. Y así sucesivamente con cuanto podamos comprobar de nuestro mundo. De lo visible, palpable y tangible, y de lo que no se percibe con esa nitidez y es indudable que está presente.

De entre las búsquedas de este orden, destaco una serie de ellas que vengo constatando también en los jóvenes (y en los que desean dejar de ser jóvenes) actualmente. Quizá la formulación no es absoluta, no pretende serlo. Tampoco es una lista que me plantee con intención de agotar el tema. Sin embargo, son constataciones, insisto, sobre realidades presentes con un cierto carácter universal. Entiendo que no son “de unos pocos y elegidos”, ni se reducen a “los mejores de una clase, ámbito, esfera social”, ni son privilegio de quienes han hecho un gran proceso personal, social, cristiano. Es cierto, al mismo tiempo, que para unos son más conscientes que para otros. Bien por la historia que han tenido, bien por algún acontecimiento decisivo que les haya sucedido, bien por la profundización personal, los enlaces que su razón ha sido capaz de construir, bien por el acompañamiento recibido, los diálogos de aquí y allá, o por lecturas. Hay quienes aprende, dicho sea de paso, en piel ajena. Las puertas que dan acceso a este ámbito son muy variadas. La fe es especialmente incisiva en este campo.

¿Qué suponen estas búsquedas, escondidas en toda otra búsqueda esencialmente humana? Tomar conciencia de ellas, de uno u otro modo, empuja a tomarse tanto los propios criterios, como las propias opciones desde parámetros inusualmente contundentes. No puede ser de otro modo, en la vida cotidiana es donde surgen. Es en ella donde las grandes preguntas se responden del modo más decisorio.

  1. Referencias en la propia vida. Uno de los primeros puntos es esta búsqueda de referencias, que muestren a qué ritmo se va por la vida y de qué manera. Entiendo por referencia todo aquello que me muestra cómo es el mundo desde que soy pequeño, junto a las cuales voy creciendo, y que me aportan tanto información como formacion y criterios de actuación. Algo más que modelos, dicho sea de paso. Referentes, en el mejor sentido de la palabra. Que intento alcanzar, que me plantean metas y horizontes. Y por lo tanto orientan decisivamente un camino y elección que, en bruto y contando con todas las posibilidades posibles, facilitan la inserción en la realidad, la apropiación de la misma, la búsqueda de sentido último y primero de todo. Evidentemente, si en un principio estos referentes son recibidos, llegado un momento del desarrollo, pasan a ser también elegibles (dentro de unos márgenes prudentes, tampoco nos creamos que son absolutos). Se dan transformaciones, los primeros cambios y giros, se hacen las primeras experiencias de vida más allá de los límites de la casa. Todo en una actitud de búsqueda y ajuste, racional y práctico, de sentido y desarrollo. Sin darnos cuenta, esa tendencia natural no sitúa en un lugar del mundo. Y lo hace continuamente. Y establece sobre la persona la primera afirmación sobre quién es, qué hace, dónde va, qué puede esperar.
  2. Afirmación de un lugar por encima de otros, sabiendo que no da igual qué lugar ocupe en el mundo. Es una certeza imprecisa, más bien una intuición abierta. Es una limitación humana encontrarse restringido a un único lugar. Y las búsquedas provienen precisamente de esa limitación. No da igual, repito, dónde y cómo. El dónde es fundamental para el cómo, dicho sea de paso. Son contextos que se construyen, donde uno interviene de una u otra manera, muestra algo particular o deja de hacerlo para ocultarlo decisivamente en el baúl de los recuerdos. Todo esto, sabiéndolo, hacen que el sujeto se muestre inquieto.
  3. Reconocer la propia insatisfacción. De hecho, si no fuera así, no buscaríamos. Si lo tuviésemos todo, no haríamos nada, no nos moveríamos. Platón puso el énfasis del amor en la “media naranja” pensando que a cada persona le “faltaba algo”. Al principio eran seres completos, que posteriormente fueron “castigados” a buscar su otra parte. Esto supone que la búsqueda nace en la insatisfacción. Poco más tarde, Aristóteles comienza su Metafísica hablando de la curiosidad, es decir, ése efecto que causa lo nuevo conocido. Algo que, al no ser normal, pone en marcha los mecanismos de búsqueda. La insatisfacción es parte de la búsqueda, aceptarla constituye algo nuclear en la dinámica que le es propia. A mayor necesidad, más intensidad en la búsqueda. Cuanto más insatisfecho se esté, habitualmente las búsquedas serán igualmente más intensas.
  4. Experimentar resistencias. Por otra parte, nos damos cuenta de que no es tan fácil ponerse en marcha y abandonar lo que se tiene. Por muy bonito que sea. Se presentan, a corto, medio y largo plazo resistencias, esto es, dificultades, interiores y exteriores que impiden la búsqueda, la dificultan o la imposibilitan.
  5. Está en juego la propia vida. Esto no hace falta explicarlo demasiado. Detrás de toda cosa está la propia vida.
  6. Inquietudes al descubierto. No una, sino muchas. Que además no se situán en la misma línea, ni convergen en una única dirección. Ponerse a buscar, seleccionar una dirección y punto al que ir, plasmará que no somos tan simples como un GPS puesto en marcha. La inquietud puede ser un interés, pero en castellano también significa miedo, temor.
  7. Afrontar el mal y el sufrimiento, o huir de él. Las búsquedas también tienen que situarse ante estas dos grandes cuestiones. Valorar y afrontar los riesgos necesarios, así como calcular con prudencia que en la búsqueda aparecerán dosis, altas o bajas, de sufrimiento.
  8. Necesidad y anhelo por una respuesta total. Ojalá pudiera darse una única respuesta. Ojalá pudiera pensarse de este modo. Pero no es cierto. Lo que sí que existen son opciones, libres y confiadas, nunca absolutamente seguras, que encauzan la vida de manera determinante en una u otra dirección. ¿Se omiten entonces otras posibilidades? Nunca. Pero las respuestas totalizantes que la persona va dando a lo largo de su vida, donde se la juega sabiendo que no se puede dar un paso atrás, sólo rectificar, y que son constituyentes de su existencia y de la mirada sobre su propia historia, adquieren una relevancia máxima cuando se tratan las grandes cuestiones de la humanidad, y de cada hombre y persona en particular. Por respuesta total, lejos de entender algo definitivo y cerrado, entiendo más bien respuestas que son de carácter absolutamente personal, de modo que la persona en todo lo que es y lleva a cabo se pone sobre la mesa. Por si alguien se pregunta si existen tales respuestas, le pediría un poco de sinceridad consigo mismo para revisar su propia historia. No sólo existen, sino que marcan hitos, y son muy deseables.
  9. Reconocer que Dios llama. Y es una llamada desde el conocimiento de lo que soy, cómo soy, qué he vivido, qué puedo vivir. Respuesta al sentido último de mi vida, que cubre amablemente el resto de demandas que he planteado anteriormente.
  10. Amar a Dios sobre todas las cosas. En último término, a los ojos de la fe, lo que toda persona busca no es satisfacer su amor sin más, tener éxito sin más, sino agradecer con la misma moneda que ha recibido todo cuanto supone estar vivo. La oportunidad no viene dada por la genética, la historia del hombre así lo pone de manifiesto. Por encima de todo, sin comparación, está presente Dios de forma amorosa con cada uno. El resto de cosas quedan como “cosas”, en un segundo grado.

Por la fe, no sin ella, no sin aceptar el salto que supone, el enorme reto que esconde, llegamos a una definición curiosa de esta búsqueda total del hombre. Su vocación, servir a Dios, amar al prójimo. Y todo pasa por lo anterior. El éxito inmensamente humano, el verdadero disfrute, el mayor de los placeres, dar la cara frente a las limitaciones del mundo, aprender de una libertad que sabe limitarse a sí misma, mostrar inquietudes más que personales y egoístas.

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