Retomar el ritmo diario


Percibo que hay una dificultad grande, no pequeña, en la vuelta al ritmo diario. Hemos pasado unos días liberados de los horarios matuninos, verpertinos y nocturnos tan sólidos como los de la vida corriente, y retomarlos (con la sensación de encasillarse) es tarea ardua y costosa. Y no conoce edades. Es un hecho universal, o al menos muy extendido. Entiendo, de todos modos, la postura de quienes disfrutan tanto su vida que no sienten estos cortes como algo trágico, sino como oportunidades. ¡Esta gente debería ser noticia! ¡Como lo son los pequeños que quieren volver al colegio! A ellos también les cuesta, pero disponen de motivaciones añadidas que hacen del retorno algo sencillo a modo de puro trámite. (Dicho lo cual, siento mucho la situación de aquellos padres que transmiten, de palabra o actitudinalmente a sus hijos, desde pequeños, este injusto juicio sobre la condena de la vida diaria.)

Sin embargo, reconociendo el esfuerzo que hay que hacer para reengancharse a la vida real, también detecto que hay elementos que lo facilitan más que otros, y que pueden servirnos de discernimiento sobre nuestro caminar diario:

  1. Saber adelantar el final del descanso. Algunos pensarán que esto es perder tiempo de disfrute, que la vida hay que exprimirla al máximo. Sin embargo, se pueden hacer “pequeñas cosas” que serán significativas, para que la transción sea menos impactante. Igual que a los niños se les recuerda que “en breve” tendrán de nuevo que volver al colegio, a los mayores -que somos muchas veces como ellos, y respondemos a dinámicas parecidas- nos vendría bien algún que otro signo que nos recuerde que todo tiene un final. Sin ser un aguafiestas.
  2. A mayor grado de satisfacción, menos esfuerzo se necesita. Alguno pensará que es evidente, pero quizá es tiempo para plantearse, a la luz de los hechos que se revelan estos días, ¿qué es lo que estamos haciendo con nuestra vida? No todo se puede cambiar, ciertamente. Tampoco hay que llevarse a engaños. Sin embargo, cuando las circunstancias no se pueden transformar, a lo mejor está algo en nuestra mano para vivirlo de diferente modo. Dicho de otra manera: tenemos la oportunidad de alumbrar estos días las dimensiones de nuestra vida en la que encontramos plenitud y realización, frente aquellas en las que no encontramos ningún sentido, y que por lo tanto nos machacan y abruman; y por otro lado, podemos renovar de este modo nuestro compromiso y necesidad de “lo más grande”, de “lo mejor”, de “lo vocacional”.
  3. El ejercicio de la paciencia. Los primeros días son muy engañosos. Si dejamos que las percepciones de estos días dominen toda la vida y todo cuanto pasará después, caeremos en una espiral de sin sentido y agotamiento que empieza justo cuando más descansados y tranquilos podemos estar. Esta paciencia, que sabe esperar y aguarda, dejando que pase el tiempo sin intentar que todo vuelva a la normalidad “ya y ahora”, pospone sabiamente la angustia y la decepción. Aquello que más cuesta, aquello más grande, aquello mejor no se alcanza ni cómodamente, ni sin sacrificio, ni sin esfuerzo. Por lo que la capacidad de mantener una tensión y tomar opciones a medio y largo plazo conscientemente también ayudará.
  4. El periodo vacacional, el tiempo gratuito y de descanso, el tiempo de recuperar relaciones con freno y una cierta tranquilidad, nos revela que son algo fundamental en la persona. Por lo tanto, no hay que perderlo. Volver a la rutina no es aparcar nada de lo anterior. Quizá necesitamos hacer reajustes, disponer de más criterio para ordenar las cosas. Y sobre todo, no dejar ni permitir que se agoten todas las fuerzas, todos los entusiasmos, todas las esperanzas para pedir un respito, un tiempo libre, un encuentro apacible con alguien. Ser un buen estratega, dicho sea de paso, para colocar nuestras fuerzas en donde realmente conviene, y saber que disponemos al mismo tiempo de una retaguardia sosegada, un buen refugio donde sanar y reponerse.
  5. Disponer del orden necesario en el propio espacio doméstico y personal. Es decir, no regresar al lugar de descanso, después de las primeras jornadas, para encontrar todo “patas arriba” y “sin hacer”. Porque si esto ocurriera, la tarea se multiplicará -al menos- por dos o tres. Estos espacios deberían estar siempre a disposición de “nosotros” y no al revés. Se deben a nuestra vida, y están para sostenerlos. Hay momentos en los que su presencia alentadora parece pedirse con especial ahínco. Y la vuelta al trabajo, al cole, a las tareas es una de ellas.
  6. Afrontar el reto con positividad. Hemos pasado por ese trance unas cuantas veces, y la mayor parte de forma muy positiva. Quizá ni las recordemos. Por lo cual, no hay que venirse abajo, ni escuchar demasiado a quienes se quejan y lamentan continuamente. Realmente, a esos, no deberíamos escucharlos casi nunca. Afrontar el reto de forma positiva es confiar en las habilidades que hemos adquirido con el paso del tiempo, y también abrir nuevas formas que nos puedan servir y ayudar. Ser creativos en este tema, tan personal y vital, supone una herramienta bastante auxiliadora. Por ejemplo, montarse un “calendario personal positivo” para las dos primeras semanas. Si engancha, se puede continuar con él.

Mucho ánimo. Estamos todos en lo mismo. Al menos los del Norte.

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