El amor afectivo, y el amor efectivo


Necesitados de afecto real y concreto, sin saciarnos con las migajas desperdiciadas en las mesas de quienes más “parecen tener”, ni vagar por el mundo alimentándonos de sobras. Todo un programa vital. La afectividad es una dimensión esencial de la vida humana plena, en contacto con los sentimientos de las personas, difíciles de entender, escuchar, comprender, acoger y manejar. Parece tener vida propia, al margen incluso de nuestra voluntad, y nos enseña tanto lo que deseamos ver como aquello que quisiéramos estipar. Y permanece en el tiempo. El amor y el odio, la amistad y la enemistad, la valentía y el miedo, y mucho más. Todo cae del campo de lo afectivo. Relación, trato, cercanía, contagio, diálogo, arte.

Y nuestro mundo vive de los afectos, de las afecciones, de dejarse impactar por la vida de los otros y de cuanto sucede dentro y fuera de nosotros mismos. Es una gran ventana, siempre abierta, a la realidad. Ha sido olvidada, también hay que recordarlo, durante mucho tiempo en la historia de la humanidad, de la filosofía y de la teología, como un camino sólido y real. Y se ha recuperado con fuerza. Nuestro mundo, en gran medida, vive de estos afectos como uno de los principales canales para estar y existir de forma real. Y como en todo planteamiento, se dan también los excesos, que podríamos situar entre dos polos: sólo aquello que se siente es verdadero (hipersensibilidad, hiperafectividad) y hay que prescindir de nuestro lugar y nuestras cosmovisiones y nuestras realidades para conocer algo en verdad (hipo-todo-lo-humano-personal). Como a cualquiera se le puede ocurrir, ambos son realmente reducciones apabullantes, que quizá nadie en su sano juicio suscribiría. Repito “en su sano juicio”. Porque en la realidad real, en la realidad social, en las políticas económicas, comerciales, consumistas, en las decisiones familiares, en los estudios, en las relaciones personales y de pareja, está presente innegablemente una fuerte dosis del HIPER que algunos quieren contrarrestar a base de propuestas HIPO. ¿Por qué no situarnos en el medio directamente?

Un buen síntoma de amor equilibrado puede proponerse a partir de la clave de efectividad, más que simple afectividad. Un indicador, no absoluto, que lo hace concreto, pequeño y real. Entiendo que la efectividad aquí es transformación, es trabajo y esfuerzo, es administración recta de asuntos particulares con criterios universales, es empeño y destreza. La capacidad está, se llama afectividad, y ponerla en marcha sería demostrar su efectividad. Efectivo es el amor que no se queda en papales, que soporta imprevistos, llamadas, requerimientos, demandas, que se ajusta a los plazos establecidos (también al “para siempre” de los compromisos). Efectivo es el amor que nos permite salir de nosotros mismos, tener trato asiduo con los demás, con el Otro, con la realidad. Efectivo es un amor contagioso. Efectivo es aquello que se puede ver, que ha dado fruto, que se mete en el espacio y tiempo (¡qué humano!) y no teme empezar ni en lo pequeño ni de cero ni teme oposiciones. Efectivo es resolución de conflictos, porque el amor todo lo soporta, es paciente. Efectivo es, en definitiva, contra toda esperanza, un amo real, posible, tangible, sensible.

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