Algunas cosas que he aprendido gracias a la crisis


Hoy todos nos creemos un poco expertos en economía. Casi como si fuera fútbol. Se ha convertido en un tema de conversación recurrente, frecuente y preocupante. De hecho, ha sido la crisis la que nos ha hecho pensar un poco más, ser más sabios en determinados aspectos. Y probablemente sin ella, no seríamos tan conscientes de algunas de las relaciones que existen en este mundo tan nuestro entre, por ejemplo, la producción y el consumo y la creación de empleo. Mejor dicho, si algún día lo supimos, no le prestamos suficiente atención, la que se merecía.

  1. Conceptos que ahora me parecen sencillos. Supongo que a todos nos suenan los siguientes términos de “casi siempre”: dinero, moneda, hipoteca, bolsa, crecimiento-decrecimiento, recesión, economía-finanzas, banco-caja, fusión, reforma, especulación, mercado-sistema, neoliberalismo, inflación-deflación, confianza de los mercados, deuda externa, ibex35. Pero nuestro acervo se ha ampliado enormemente: bonos, tipos de interés, primas de riesgo, confianza básica, y bastantes nombres propios, de personas, de instituciones, que por encima de loa países y los intereses de los ciudadanos son quienes parece que “organizan y controlan” todo. Ahora que hago la lista, creo que antes de la gran crisis no es que no supiera poco, sino que no le prestábamos la suficiente atención. En definitiva, algo que sí que he aprendido de la crisis es la ingenuidad de muchos, la excesiva confianza en que todo el progreso nos iba a defender de lo que estaba pasando, y que todo marcharía estupendamente bien durante mucho tiempo. Aquello del “estado del bienestar” y la mejora continua.
  2. Ahora sé que hay diferentes visiones de la economía y las finanzas. Y que por otro lado, los estados pueden “más bien poco” en proporción al sistema financiero. Siempre he tenido presente que Tokio, Nueva York y Madrid estaban unidos entre sí, en forma de tsunami ante el que es difícil responder o prepararse. Una mañana te levantas, pones la televisión, y el susto viene dado porque alguien de otra parte del mundo ha tomado como referencia para sus compras o ventas una noticia “medio verdadera o medio falsa” que ha desestabilizado a otros inversores-compradores y se ha producido una debacle. Es lo que tiene la globalización, la universalidad. A decir verdad, nunca me ha dado igual qué sistema económico predominara. Quizá directamente influido por aquellos exámenes en los que repasábamos la situación del norte-sur, la doctrina social de la Iglesia, o la situación de los últimos. De hecho, se confirma una vez más que parece que nos hemos acostumbrado a pensar sólo en los momentos de dificultad, de conflicto y de malestar. ¿Y cuando va todo como nos gusta, y nos sentimos cómodos? Pues nos acomodamos. Y acomodarse y dejar de pensar de forma seria, van de la mano.
  3. Que se pueden dar diferentes respuestas a la crisis. Lo cual son dos afirmaciones en una: primero, se puede dar respuesta; segundo, de muchas maneras. Que conste que no hablo sólo de política, también de estilo de vida de la gente. Se escucha y está en el ambiente, que es necesario reflotar la situación de determinados países (que significa, echar una mano a personas, familias, jóvenes y ancianos) porque con su caída pueden arrastrar a otros. Dicho lo cual, entiendo que hay medidas como la austeridad, el ajuste presupuestario, la reducción del déficit que me parecen tan importantes como la reordenación de los gastos públicos, sin despilfarrar y con metas de crecimiento y sostenibilidad humanas. Pero no todo vale, al menos en mi humilde cabeza teórica. Se escucha cómo va flotando en el ambiente que algunos tienen más y otros tienen menos, y se pide (con carácter de urgencia, exigencia e imposición) que se compartan situaciones. Lo cual a mi entender cae de nuevo en el error de pensar que el mal de nuestra sociedad es que existan ricos, en lugar de volver la mirada hacia los pobres, verdadero interrogante. Dicho de otro modo, que no estamos así porque haya ricos, sino porque tenemos pobres. Que no nos estamos rasgando las vestiduras por la situación de los bancos, sino por la precariedad vital (no laboral) de las familias con parados, de los jóvenes sin trabajo, de los estudiantes sin esfuerzo.
  4. El dinero es muy importante. Alguno me dirá que soy demasiado inteligente por darme cuenta de esta cuestión. Y me echará en cara que la Iglesia defiende lo contrario, que no es algo determinante para nada. Y tendré que decirle que no a lo primero, y que no a lo segundo. Con todo el dolor de mi corazón, porque ya me gustaría decirle que soy muy listo, pero no es el caso. Y ya me gustaría que pudiésemos vivir en un mundo sin dinero, sin esclavitudes, pero de momento lo veo un tanto lejano. ¡Siempre he sabido que el dinero era importante! De hecho, me ha preocupado que estuviera entre los deseos y aspiraciones de los jóvenes que elegían su carrera, y que fuera un motivo de tensión en los hogares españoles, ya antes de la crisis, cuando padres trabajadores y humildes dejaban que sus hijos dilapidaran fin de semana tras fin de semana un dinero que a sus mayores les costaba horrores ganar. Lo que ocurre ahora es que me he dado cuenta de que reformar y reorientar esta cuestión es decisiva, y no todos están por la labor. Y que poner el dinero que no tenemos y nos hemos gastado en tercera o cuarta prioridad, es un esfuerzo enorme. No pienso, porque nunca lo he hecho, en un estado donde no existiera. Lo doy por hecho y por descontado. Aunque alguna experiencia preciosa he tenido al respecto, comprendo que no podemos salir sin más de la realidad y montar un universo paralelo donde todo sea más bonito e idílico de lo que tenemos delante. O no lo podemos hacer por imposición, ni por huida. Y mientras tanto, el dinero seguirá siendo importante.
  5. Macroeconomía y microeconomía son diferentes y están vinculadas. Cuando algún modelo “reflexivo” plantea el mundo como si fuera la propia casa, y por lo tanto la economía doméstica como paradigma de la economía global, nos está planteando una metáfora que al mismo tiempo comporta matices ciertos y otros que no lo son tanto. El uso del dinero depende también de factores culturales y sociales, la capacidad de ahorro y previsión igualmente. Y así con más elementos que conforman el mundo económico. Lo cual hace que nos tengamos que poner “de acuerdo” al menos en unas cuantas reglas, haga lo que haga después cada individuo en sus cuestiones particulares. Sin embargo, parece que todo ha comenzado por algo tan personal como la codicia, el olvido de los pobres, el ansia de tener más y más, la falta de cálculo y conciencia de las propias limitaciones. Y en cuestión macroeconómica se ha dibujado un mapa donde las alianzas y cercanías de unos con otros es manifiesta. Los países europeos se necesitan mutuamente para sostener el euro, los estados americanos también tienen sus debates internos y se olvidan de las grandes reformas sociales, y los países emergentes están esperando su momento para diseñar un nuevo mapa mundial de influencia y poder. ¿Y los países pobres? Ahí están. No se les oye, una vez más.
  6. No te puedes salir, ni huir del mercado y del sistema. Se acabó aquello de las comunas. Todos han jugado la misma partida, y se han sentado a la mesa de las apuestas.
  7. Sea como fuere, también he comprendido qué supone que nos hayamos gastado un dinero que no teníamos. Antes se oía, de vez en cuando, cómo un albañil había conseguido ganar lo suficiente para comprarse un Jaguar, un Mercedes o un Porche. O cómo la gente vivía por encima de sus posibilidades. He visitado lugares donde no existía luz eléctrica (se robaba de la calle) en la que había televisiones de plasma. Y conozco a más de un humilde trabajador que hacía viajes de ocio por vacaciones que mis padres nunca se hubieran permitido. Hemos estado viendo cómo la cultura del ahorro de nuestros mayores se transformaba en la cultura del consumo por el consumo (consumismo) irresponsable, y era además fomentado e impulsado en todos los sectores. Se entendía, además, que para ocupar un determinado puesto social había que corresponsabilizarse con un status que implicaba unos gastos y un ritmo de vida acorde a los ingresos. En uno y otro caso se trataba siempre de gastar más de lo ganado, prácticamente, apoyados por los bancos, cajas y préstamos hipotecarios al 130%. Y más curioso aún, hemos pedido que las infraestructuras públicas, el sistema público de servicios, respondiera de la misma manera haciéndonos creer que vivíamos en un mundo estupendo, maravilloso, donde las dificultades no existían. Todo esto, por ser sinceros, lo sabíamos. Al menos lo habíamos escuchado. Nos habíamos escandalizado de algunos comportamientos, e interrogado por ellos. Y sin embargo, todo seguía adelante.
  8. Que la crisis no es económica. Y lo digo sin matices. Hace un año, o dependiendo del auditorio, escribiría esa frase del siguiente modo: “La crisis no es sólo económica.” ¿Por qué no sólo económica? Porque detrás de la economía se va vislumbrando, le pese a quien le pese, un sujeto débil, irreflexivo hasta el momento, cómodo y tristemente esperanzado con ilusiones frágiles, bastante insolidaridad y sobre todo en la medida en que afecte al propio bolsillo, incapaz de ejercer ciertas renuncias y sacrificios y con un ansia voraz de cosas y experiencias… La crisis no es sólo económica porque se ha instalado en la precariedad de familias con vínculos poco estables, llamados a recuperar la relación de dependencia después de un tiempo de alianzas con los préstamos bancarios. La crisis no es sólo económica porque toca el corazón de los jóvenes hiper-preparados intelectualmente en sus ámbitos respectivos, sin un horizonte real en el que poner al servicio de la sociedad aquella inversión pública realizada en ellos; y porque la educación no ha pretendido la mejora social, sino la competitividad dentro del mercado de “personas” y puestos de trabajo.

Dicho lo cual, y sabiendo que ahora sé mucho más incluso de lo que he expuesto, pero no tengo un orden suficiente para clarificar las ideas ni es una cuestión en la que vaya a invertir tiempo en estos momentos, también tengo la firme convicción de que esta crisis es una Palabra dada a la humanidad que podemos acoger y comprender, o rechazar y negar.

  1. La austeridad no es una condena, nos hace más felices de lo que creemos. Tener aquello que necesito como medio que garantiza que otros también podrán disponer de ello.
  2. Ordenar justamente los recursos que son públicos, esto es, de todos para el bien de todos. Exigiendo, eso sí, un compromiso firme de unos con otros más allá de cuestiones económicas, recuperando las relaciones sociales, el voluntariado, los servicios sociales.
  3. El individuo está llamado a ser único, a responder a su vida desde sus principios. Los cuales son dialogables, no son cerribles ni pueden generar gregarismo o masa.
  4. La solidaridad con los países pobres no es para un programa de televisión ni un rato de buena conciencia al año, sino un problema macroeconómico en el que todos tienen algo importante que decir.
  5. La humanidad reclama trabajo para vivir, no vivir para trabajar. Y una buena reflexión sobre la educación, los valores y el esfuerzo tiene mucho que decir.
  6. No se puede dar por perdida ninguna generación, por muchos conflictos que tenga que afrontar. Esto es un fracaso del desarrollo y del progreso entendido en términos de autonomía.
  7. Creerse todo lo que dicen, de cualquier manera, ha llevado a un pensamiento tan débil y carente de vigor que ahora las personas están desorientadas y a la espera de nuevas respuestas.
  8. Está en nuestras propias manos tomar algunas decisiones, luchar y vivir contra la corriente que se ha impuesto en los últimos años como “lo único bueno”.
  9. De la crisis son responsables todas las personas, y todas las instituciones. Lavarse las manos, sin asumir lo propio y sin hacer autocrítica, es el camino fácil que no conducirá a nada más que a cumpabilizarse.
  10. Más que un pacto de todos, necesitamos personas “buenas” en el poder y en la toma de decisiones, con un corazón lo suficientemente convertido para que salgan de su egoísmo y no se dejen atrapar por la codicia y el interés. Pero a la gente le toca confiar en sus instituciones.
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