Saber decir “no”


Es una cuestión de sabiduría. La vida es una afirmación que requiere, y comporta al mismo tiempo, muchas negaciones. Algunas dolorosas, como las que trae consigo la paciencia, la espera, el inconformismo, el espíritu crítico. Otras connaturales, puesto que toda gran afirmación es portadora de la negación del resto de elementos.

Digo que es una cuestión de sabiduría para no dejar la “negación” en mano de los más ignorantes y egoístas, en cuyo caso sólo sería una “afirmación de sí mismos”.Aprender a negar no es cualquier cosa. No es decir “no” a todo lo que no sea “mío”, o a todo lo que no me traiga un beneficio, o a todo lo que yo no haya pensado, o a todo lo que viene a incomodarme, sacarme de mí mismo y desestabilizarme. El “no” del sabio está en función de lo que sabe, y también de lo que no sabe.

Hay dos negaciones que me resultan particularmente atractivas y significativas para el mundo en el que vivimos, o en el que yo me muevo y reconozco:

  1. En la cultura del “sí a todo”, de la tolerancia absoluta y del respeto desmedido a cualquier opinión, el “no” del diálogo y de la búsqueda de la verdad. Para llegar a afirmar algo con seriedad, con pasión y con entusiasmo, hay que pasar previamente por muchos, infinitos, “no”. Lejos por otro lado del dogmatismo, que sería un “sí” que mata al prójimo, que hiere despreciando y calumniando y no tiene en cuenta nunca las circunstancias. Evidentemente, el “no” del totalitarismo no es la afirmación de la verdad, sino de una ideología. Ojalá hubiéramos sido capaces de superar a estas alturas los grandes totalitarismos del siglo XX, que de vez en cuando siguen coleando y destruyendo. Pero antes de darles esquinazo, ha surgido el moustro del relativismo, de la perspectiva particular de cada uno siempre respetable aunque esté equivocada. En la sabiduría del “no” se aprende a defender, argumentar, a expresar y dialogar los propios principios. Una sabiduría que a mi entender es necesaria como nunca en nuestro mundo, y que no se vea desvalida y desquitada de lo más profundo del ser humano.
  2. Y por otro lado, el “negarse a sí mismo“, el “no” al egoísmo personal, a defenderse hasta el extremo de todo cuanto nos afecte por el hecho de vivir con otras personas, el “no” que se reserva todo “para sí” y lo convierte todo en objeto de consumo. Frente al “no” al otro, para llegar a afirmarlo tal y como es, quererlo tal y como es, construir un nuevo mundo, es necesario “negarse a sí mismo”.

Ambas mecánicas de negación, duros aprendizajes por otro lado, son normales en toda convivencia pacífica, y en toda relación entre personas. Se dan con gran naturalidad, porque ambas son condiciones indispesanbles para la verdadera humanidad. Por ejemplo:

  1. No vale cualquier cosa, y más cuando lo que está en juego es la vida de alguien cercano, de alguien querido, de un familiar o un amigo. Quizá se cae en la opinión por la opinión cuando se generaliza, cuando se trata el asunto en abstracto, donde las palabras parecen ser fáciles y no tienen ninguna resonancia personal. Es decir, todo parece más sencillo cuando no cuidamos nuestras expresiones, y las dejamos vacías y sin contenido. Pero cuando se trata de alguien a quien amo (y esta es la vocación más alta de la persona, su llamada última, y la única felicidad posible y real en el mundo) nada pasa a verse desde el prisma de la indiferencia. Es más, si me dejasen el tiempo suficiente para pensar lo que estoy haciendo con mi propia vida y me diera cuenta de cuánto me comprometo a diario con infinidad de cosas, reconocería sin ambages que mi vida me importa demasiado como para exponerla a la opinión vulgar, la opinión de muchos, la opinión sin reflexión y sin verdad.
  2. Y, por otro lado, no me importa “negarme a mí mismo” y cerrar mis posibilidades cuando encuentro algo que me apasiona y me atrae, donde puedo ser yo mismo, sentirme libre, querer aquello que llevo entre manos. No sólo no me importa, sino que la renuncia, inherente a la decisión, se convierte en una liberación. Por ejemplo, en aquellas vidas que se exponen a vivir con atrevimiento su vocación, lo que les hace felices. O, más aún, en aquellos que encuentran la persona que, en lenguaje platónico, es su media esfera y les completa. Ninguna otra realidad será considerada como pérdida insustituible para aquellos que se ponen delante de esta verdad tan limitada como lo pueda ser “su vocación” o “el amor de su vida” o “su verdadera pasión”. Y establecen con esa realidad un diálogo y un vínculo único que hace mirar a un horizonte determinado, por encima, muy por encima, del deseo de las muchas posibilidades sin saber qué elegir o con qué comprometerse. Me admira, y lo deseo muchas veces para mí, leer y dialogar con personas que han encontrado algo por lo que merece la pena entregarlo todo. El rostro de esa felicidad es un rostro sin medidas, sin precio, gratis y gratuito, galante y bello.

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2 pensamientos en “Saber decir “no”

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