Mt 8,7 – El criado del centurión


De vez en cuando sucede que, a pesar de haber leído y casi conocer de memoria letra a letra del Evangelio, éste sorprende con algo nuevo, con una clave que lo revoluciona todo. Algo que por otro lado es “normal” si lo que leemos lo hacemos de forma dialogada, abiertos a la Palabra de Dios.

Mt 8,5-13 recoge el encuentro entre un centurión romano, con un criado enfermo, y Jesús cuando éste entraba en Cafarnaúm. La escena tiene tres planos: el del encuentro y la petición, la disposición de Jesús y la nueva petición del centurión, y la sorpresa de Jesús.

Me quedo en el centro. Y es lo que ha cambiado en este momento. Jesús, ante las palabras del centurión, y sin dudar ni un minuto, responde: “Voy yo a curarlo.” Si tenemos en cuenta lo que ocurrió después, esta actitud de Jesús es tremenda y terriblemente innecesaria. ¿Por qué, con tanto poder como el centurión le reconoce, estaba dispuesto a dar el paseo, ir a su casa, entrar en ella pese a lo que otros pudieran decir, y atender al criado de otro hombre? ¿Por qué se fió de aquel hombre ante una súplica que, venida de los romanos, podía es una treta para burlarse, para mofarse de él como pasará después en la Pasión? ¿No es curioso que se le dé la posibilidad, por parte de un pagano, de enseñar su verdadero rostro?

Retomo de nuevo la imagen de Jesús contrastando dos dignidades que aparecen veladas en el relato. Por un lado, Jesús se comporta y muestra como siervo que ha dejado su señorío; por otro, el centurión le devuelve su condición de Señor, con una Palabra poderosa.

  1. Jesús se pone al servicio del centurión, dándole prioridad sobre sí mismo. Es evidente que el encuentro no estaba calculado por nadie. El centurión llega, se planta ante Jesús y le pide que deje lo que está haciendo para atender su súplica. Que no es por él mismo, sino por uno de sus criados. Es decir, que en principio incluso el centurión se ha convertido en criado de su criado, a escuchar en la casa su súplica. El criado está yaciendo. Lo propio de los criados es no preguntar, sólo obedecer, y servir incluso antes de que el señor pueda pedirlo. “Fijos en el señor están los ojos de los esclavos.” La primera palabra, de petición, que aparece en el relato es el terrible sufrimiento. Todo se desencadena cuando se ve y comprende, y acoge como algo insoportable, ante lo que hay que hacer algo ya.
  2. Y la actitud, entrelazada, de señor, de amo, de jefe. Lo propio del Señor es la palabra, no la acción; el mandato, no la obediencia. Pero fijémonos en cómo ambos perfiles están unidos. El señor que habla es siervo que escucha.

En el contexto del Adviento, la “venida de Jesús” (“Voy yo a curarlo”) abre a la esperanza y la espera. Si esperamos, esperamos al Señor que viene, que llega, que está cerca. Jesús mismo ha decidido estar cerca. Algunos lo esperan “no sé cómo”, pero Él ya ha llegado con su Palabra, que se anticipa, que tiene poder, que también ordena y se pone al servicio del hombre en su humanidad. Palabra que levanta, que se cumple “en la hora que se pronuncia”.

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