La crisis y la esperanza


Será que tenemos claro que la crisis no ha terminado, porque nos anuncian que incluso será peor en los próximos años, o será que somos conscientes de que no se puede mantener el estilo de vida que hemos llevado durante las últimas décadas… o será lo que sea. Pero parece firme la convicción de que esto no ha terminado.

El 71% de los ciudadanos de la UE no ve cerca el final (pregunta que plantea la existencia de un final, lo cual no deja de ser paradójico en la situación en la que nos encontramos). Sin embargo, el 82% cree que conservará el empleo durante este periodo, frente al 15% que es pesimista al respecto. Conociendo la tasa de paro de España, de ese 15% un número importante deben ser de aquí.

Me sorprende sin embargo, que teóricamente todos le ponemos un final (feliz). Con terminar la crisis creemos que estará solucionado todo. Tampoco sé bien en qué estamos pensando cuando decimos que todo esto terminará “tarde o temprano”, pero lo relevante es en cualquier caso cómo llegaremos al final. Es similar al alumno que, ante la semana de exámenes, piensa que es cuestión de una semana sin más, y no se detiene ni a calcular ni a valorar el resultado final y sus consecuencias. Sea como sea, el proceso es determinante.

La esperanza (y de eso va, entre otras cuestiones el Adviento) tiene mucho de conversión y de preparación del camino. De trabajo duro y esfuerzo, de transformación interior y exterior, y de consecuencias. Todo consiste en adelantar, ahora y de algún modo, paso a paso y con tranquilidad, lo que deseamos ser capaces de recibir. Como alguien que prepara su casa para acoger al invitado que llega, como el que despeja su lista de tareas con prontitud y presteza para dedicarse a otras cosas, como el que se entrena para correr la maratón (o la media maratón, que es más sencilla pero imposible de partida para la inmensa mayoría). La esperanza, dicho de otra manera, está en relación directa con la vida aquí, ahora, con el trabajo y el esfuerzo. No todo está en nuestra mano, pero llegado el momento, quien no se ha preparado, no será capaz de recibir los frutos.

Traspasando la cuestión a otros ámbitos, fuera de la crisis, como pueda ser el consumo navideño, se ve reducida progresivamente el gasto per capita durante estos días (no todos los ciudadanos disponen de esta cuenta, entre otros los niños y jóvenes, que tendrán que solicitar o ser “meros consumidores” sin producir). Aun así estamos en la no desdeñable cifra de 600 €. Es el cálculo que se hace antes de que comience a gastarse, lo cual es ya una invitación comercial y de marketing clarísimamente. Hay inversiones en fiestas que, según parece, son menos “tocables” que otros. Por lo que se debe recortar por el mismo sitio normalmente. Y por otro lado, tengamos en cuenta que estos días “las cosas” suben y se encarecen significativamente. Si es cierto que gastamos menos, y que el freno en el consumo traería por otro lado otras consecuencias (que habría que valorar y sopesar), me pregunto si estamos gastando esfuerzos en otras dimensiones de la vida o simplemente se asumen como pérdida irreparable por un tiempo. Dicho de otro modo, si estamos aprovechadno la crisis para plantearnos nuestra forma de vida, nuestra humanidad, nuestra capacidad para renovarnos a nosotros mismos.

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