Mc 13,33 – Velad y orad (1)


Me (nos) situamos en el Adviento. Algo que es posible que hoy cueste más que nunca dadas las circunstancias y situación en la que nos encontramos. Llevamos años, no sólo está motivado por la crisis, comprobando cómo la esperanza y la espera va decayendo entre nuestras actitudes más cotidianas. Los paradigmas que hemos usado hasta ahora (crecimiento continuo, bienestar, progreso técnico) aplicados a las realidades más fundamentales del ser humano, han quebrado parte de sus esencias; y, en el caso de que no se hayan quebrado, lo cierto es que han mermado u ocultado, según la persona, esa esperanza que sigue presente y permanece en todo hombre.

Voy a poner dos ejemplos que percibo y veo a diario, y que creo que se han normalizado hasta el punto de no considerar otras opciones habitualmente: (1) ante el fracaso o la tensión, decae el ánimo, se tiende a la huida o a la complacencia, no se afronta el reto de frente sino de forma colateral, y no pocas veces el primer impulso es derrotista; (2) si la situación es satisfactoria medianamente, si las cosas no van mal o no hay contrariedad, tampoco hay reflexión para mejorar y plantearse un futuro donde todo pueda ser diferente, escenarios para los que haya que prepararse.

Todo se mide, de algún modo, en el presente, y se valora en el presente. Proyectos a largo plazo son difícilmente sostenibles, tachados de locuras o sueños idílicos, o marcados bajo el signo de la invitación a “desfallecer” (ya se te pasará). Por el contrario, no es complicado encontrar en el hombre, en un diálogo sincero, el otro polo de su vida, que permanece latente, donde sigue soñando desaforadamente y deseando lo mejor sin conformarse con menos. Pero ese eco está oscurecido, se ve disminuido, se hace ilusión en la sociedad actual. Hay muchas dificultades para una esperanza sincera. Por lo tanto, la esperanza no tiene una carta de ciudadanía ni un permiso de residencia entre las actitudes de vida cotidiana. Se desecha antes incluso de recibir su impacto.

¿Qué es la esperanza? ¿Cómo anunciar esta esperanza hoy? ¿Qué sentido tiene? ¿Sigue siendo humana, o sólo se puede mantener extraordinariamente, de manos del Dios lejano y distante, del Dios todopoderoso que todo lo ve y permanece sin embargo en su cielo? ¿Por qué caminos se atisba el renacer? ¿Dónde recibe sustento esta esperanza? ¿Sigo esperando? ¿Cómo espero? ¿Cuáles son mis desesperanzas? ¿Qué quiero alcanzar?

En Mc 13,33 encontramos un contexto diferente. El anuncio es de proximidad. Porque “llega el día y la hora… que el Padre sabe”. Y esta cuestión, en relación a la esperanza, me parece que es clave y fundamental.

  1. Por un lado supone todo lo contrario a la esperanza comprendida como lo lejano; todo lo que deseamos, sin perder la paciencia: que la esperanza se pueda realizar. Todo lo que rompería al máximo la esperanza burda que se proyecta inocentemente en un futuro que no existirá nunca, que supondría la alienación máxima del ser humano.
  2. Y en un segundo plano de la frase, la esperanza que no nace de la actitud mendicante y vulnerable del ser humano, de sus ansias de más y mejor, del despecho ante su situación presente. La esperanza, si lees adecuadamente, está dentro del proyecto del Padre. Él conoce la hora, de Él depende. Y leyendo en global esta frase, no es cuestión de “jugar al escondite con el hombre” y de “ocultarle cosas”, sino de esa capacidad que el Padre tiene, y sólo Él, para ver la historia en general.

En este caso, si no continuásemos leyendo, el ser humano no tendría nada que hacer, se encontraría desprotegido frente a la malicia de “los dioses antiguos” que toman al ser humano como un esclavo frente al cual jugar, frente al que disfrazarse para sorprenderle, frente al que cambiar de aspecto y rutina para pillarle desprotegido y mostrarle su poder. Si no leyésemos más en esta perícopa, en todo quedaríamos a merced de su insolencia. Pero ni es así, ni puede verse así. Quizá para muchos “lectores” del Evangelio, que ponene todo el manos de Dios desresponsabilizándose a sí mismos, sea una excelente nota a tener en cuenta. Sin embargo, ocurre justo al revés. El tiempo de la espera es tiempo de la responsabilidad, porque se han concedido “atribuciones” y “tareas” a iincluso se les ha dado “la casa”. Hay un traspaso de funciones, un dato en la hegemonía del ser humano sobre la creación y en la libertad con respecto a sí mismo y al prójimo que se ve desde la perspectiva generosa y la entrega de Dios. El don, el regalo, remite siempre a su dador, a quien lo puso en sus manos. Y olvidar esa cuestión, convierte en apropiación personal y en logro, como si fuésemos dueños reales, nuestra tarea de servicio, de cooperación, de colaboración y de trabajo. Volvemos a encontrarnos con la realidad mirada de otro modo: sin ser totalmente dueños de tantas cosas de las que presumimos que hacemos “nuestras” (bajo el signo del egoísmo, que hago “mías”) sin que eso sea la última verdad, sólo la apariencia. O dicho de otro modo, nunca llegaríamos a disfrutar todo cuanto tenemos alrededor, si alguien no hubiera pensado en nosotros, de forma especial, para que nos hagamos cargo de ellas. Dios no ha compartido, por último, “sus cosas”, sino “a sí mismo”, en tanto que todo es desbordante fruto del Amor Absoluto que en Él reina, y que el hombre desea conquistar y reproducir para sí mismo sin tener la capacidad de crearlo y hacero surgir de la nada.

La estructura de los vv. 33-37 es curiosa. Comienza con una exhortación, se introduce una imagen parabólica, y vuelve de nuevo al tono exhortativo.

  1. ¡Atención! Traducido también por “mirad, observad, estad pendientes, sed vigilantes”. Precede a otras advertencias en el Evangelio de Marcos que son muy interesantes: “Atención a lo que oís” (4,12), porque con la medida que midáis se os medirá; “Atención. Ojo con la levadura de los fariseos y con la levadura de los de Herodes” (8,15), porque ellos piensan que no tenéis “panes”, porque ni ven ni entienden lo que está sucediendo; “atención a los escribas” (12,38), porque a ellos les gusta pavonearse, aparecer, aparentar y mostrarse. Y dos preguntas que también iluminan el sentido de esta llamada: en 8,22, en la que pregunta al ciego que está curando si ve algo; su respuesta es borrosa todavía, y Jesús reajusta “el milagro” para que vea definitivamente; y en 13,2, frente a los que ven los grandes edificios y se sienten seguros de sí mismos.
  2. Tres indicaciones completan, en Mc 13,33 esta llamada: estar despierto (repetido dos veces) y no dormir. Ambas en relación, como es natural, a la noche. Y por lo tanto, venciedo a la tiniebla.
  3. Porque la ignorancia, el desconocimiento de la “hora” (el momento) está situada en el centro. Todo cambiaría, como dice un amigo mío, si fuésemos conocedores de esa hora, de ese momento, de eso que se dice.
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