Calasanz nos enseñó


Tenemos pendiente, y será para siempre, una deuda con un gran hombre que nació en un pequeño pueblo de Huesca, estudió en distintas universidades de España y, por último, se fue a Roma. Entre unas cosas y otras, en sus búsquedas y con el paso del tiempo, se topó de frente con una realidad a la cual no pudo dar la espalda. En ella, entre los pequeños del Trastévere sintió que Dios le tocaba el corazón y le reclamaba la vida entera para que la dedicara a la educación. No hay mejor modo de cambiar el mundo, y lo que Dios desea más que nada es el Reino aquí y ahora, sin demorarse más tiempo. Es una urgencia, es una necesidad.

Por ello creo una escuela para todos, donde todos tuvieran un lugar. La escuela, a decir verdad, quizá no fuese su gran aportación. Ni siquiera su pedagogía preventiva, el método sencillo y eficaz, la graduación y uniformidad de diferentes colegios por toda Europa. Su genialidad consistía en algo más que el trato humano, cercano, sencillo y paciente. Algo mayor incluso que el título final que les permitía, a pesar de su baja condición y la pobreza de su familia, acceder al mundo de los estudios superiores reservados a los ricos y de alta alcurnia y tradición social. Todo esto anterior es suficiente para confirmar que él puso una visagra en la historia de la humanidad que abrió una puerta hasta antes desconocida. Y sin embargo, fue algo más: divinizó la educación, hizo de la enseñanza y la educación un talento entregado por Dios en manos de hombres, convirtió una sencilla escuela en un trozo del paraíso, y no en un laboratorio de prácticas, y para ello la Iglesia hizo suya la genial idea y puso al frente a una Orden religiosa.

La educación no sólo es maravillosa, estupenda, genial, fantástica. No sólo es una herramienta al servicio de… Es una nueva forma de relación entre las personas, especialmente pensando en los más pequeños, que hace un mundo nuevo.

Por eso, creo que la vuelta a la educación en su sentido original tiene que recuperar el trato adecuado entre el maestro (magister que se hace “pequeño” para enseñar) y el alumno (que tiene que crecer, descubrir, aportar). Y en esta dirección, crear lazos diversos por todo el mundo que hagan de nuestro mundo un lugar más justo, más humano, más divino. Nadie busca un objetivo mayor, y nadie quiere algo diferente a esto. Está escrito en el corazón del hombre.

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