Nuestro fin y nuestras cegueras


“Quisiera que estuviera sano (el H. Antonio) y se preocupase de servir a Dios que es el fin para el que ha sido creado, pero la pasión lo tiene ciego como a otros. (…) Procure VR dar alguna enseñanza de la vida espiritual a esos hermanos nuestros, ya que algunos de ellos tienen extrema necesidad, y encontrará campesinos y seglares más fáciles a las cosas espirituales que ciertos religiosos.”

EP 2442, 18 de septiembre de 1635

  1. El fin para el que hemos sido creados. No hay nada más potente para el ser humano que descubrir aquello, esa razón íntima y social, por la que está en el mundo. De hecho, todos buscamos e indagamos cuanto podemos para intentar respondernos con la mayor sinceridad y verdad posibles. Sólo hace falta ver cómo son los adolescentes y cuáles son sus luchas más sinceras. Ellos conocen, como ninguno en este mundo, qué importante es encontrar su lugar.
  2. El servicio de Dios. La fe nos ofrece una razón que para algunos es un tanto incómoda: estamos en el mundo para amar y servir a Dios, como parte de su proyecto creador, de su plan de salvación. No llegamos para “ser esclavos”, sino que Dios nos ofrece esa dignidad de “amigos” con quienes comparte sus planes y proyectos. El servicio de Dios es la puerta de entrada para relacionarse desde el amor más auténtico y no cejar en el empeño a la primera de cambio. He conocido gente que empezaba a servir a otros y a ayudar porque “le gustaba”, porque “se sentía bien”, porque “le hacía feliz”, pero terminaron dejándolo, por falta de raíces. El servicio de Dios es esa raíz que nos hunde en la humanidad, nos pone en contacto con todos los hombres, nos acerca a la vida de los otros. Cuando hacemos “por nosotros mismos” sin contar con “el Señor”, al final el plan se desvanece. Para el servicio de Dios son requisitos, sin embargo, asuntos tan serios como: la libertad, la valentía, la entrega, la oración, la caridad, la paciencia, la comunión… El servicio de Dios es una escuela de humanidad enorme.
  3. Pasiones que ciegan. Ayer mismo estábamos en clase, con mis alumnos de 15 hermosos años, preguntándonos por esos “impedimentos” que no nos dejan ser personas como queremos ser, por esas “barreras” que estorban nuestra inteligencia y voluntad. Algunas no son culpa nuestra, porque el ambiente es poderoso. Pero otras, y ellos lo reconocían, “nos las hemos currado de tanto repetirlas mal”, o nos hemos dejado pensando que “daba igual lo que hiciéramos, que ya habría tiempo de corregir”. Las pasiones tuercen nuestros planes, también el plan de Dios en nosotros, y nos encorvan sobre nosotros mismos y nuestros pequeños placeres de las cosas atrapándonos y esclavizando nuestra libertad. Las pasiones, finalmente “ciegan”, nos dejan sin ver lo que realmente hay en todo lo que nos rodea y que nos está reclamando vida, entusiasmo y fuerza.
  4. Necesidad de ser educados en la vida espiritual. No hay nada mejor para aprender a “ver de nuevo” que educarse en las cosas que “no se pueden ver a la primera”. Al final, terminaremos viendo. Porque tenemos que recordar que si no amamos al hermano a quien vemos, tampoco será posible amar al Dios que no vemos. Pero nuestro corazón se tiene que “convertir”, tiene que ser liberado de sus cegueras, manías, prejuicios y condicionamientos. Y no hay nada mejor para ello que abrazar la libertad en sentido pleno, que dejarse educar en las cosas y palabras grandes de la historia. Para esta necesidad de educarse en la “vida espiritual”, Calasanz no propone la evasión ni la huida del mundo; quizá sí una sana renuncia de la multitud de cosas que nos aprisionan. Calasanz no entiende que hay que olvidarse de la gente que tenemos alrededor, sino honrarlas con mayor ahínco y cuidado. Educarse en la vida espiritual es también aprender, y debemos hacerlo y enseñarlo a otros, a orar como conviene, a tratar con el deseo que llevamos dentro, a revelar quiénes somos a los ojos de Dios y cuál es nuestro lugar en la historia. Son cuestiones espirituales todas aquellas que son vistas desde Dios, como los pucheros, las calles de la ciudad, los viajes de metro, la tiza de la pizarra y el compañero que se sienta al lado. Todo es espiritual no por sí mismo, sino por el Dios que lo habita y me reclama esperanza, caridad y fe.
  5. Facilidades para la vida espiritual. La sencillez es el medio más rápido para crecer en las cosas de Dios. La humildad de los campesinos, la ignorancia reconocida que se deja enseñar y aprende rápido, la sinceridad de quien sabe que está en búsqueda, la seriedad ruda de quienes están acostumbrados a la vida del campo y están hechos a confiar y fiarse, la sana inocencia que hace rectas y limpias las intenciones que mueven el corazón, la vida y el trabajo.

Tomado de Calasanz Escribe

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