Tres rostros inolvidables


He viajado hoy en tren, metro y coche. No me he privado de nada. Y en cada uno de ellos me he encontrado tres rostros diferentes, que os comento, espero que con más dulzura que descripción, para que cada uno se haga idea de por dónde van los tiros. Añado que todo cuanto digo a continuación es verdad.

  1. El primero, el del metro, era un chico joven. Por la ropa que llevaba sería más o menos de mi edad, unos 30. ¡Qué más da algo arriba que abajo! La pecularidad de su rostro es que estaba completamente desdibujado. De hecho, se escondía debajo de una gorra, y su sudadera tenía capucha. Es un rostro similar al que he visto en televisión algunas veces, de muchachas de la India a las que arrojan ácido para quemarlas. Estaba pidiendo en el metro. Ya me había fijado en él, y rezado por él, en el andén. Cuando se ha subido iba pasando de vagón en vagón, y al llegar al mío una chica, a la que ha pillado desprevenida, ha dado un grito. Creo que ha sentido vergüenza de sí misma al ver la reacción que ha tenido. No digo más. Su cara ha mostrado su estupor y miedo, su incapacidad para amar a quien tenía delante y respetarle tal y como es, incapaz de comprender y acoger su historia.
  2. El segundo, en el tren. Esta vez era una chica, joven también. De mi edad. Y acompañada por su novio. Su cara era peculiar, no digo más. Permitidme que más respeto si cabe que al anterior. Me he fijado en ella, he visto dolor en su rostro, y he vuelto a rezar por ella. Tengo por costumbre rezar cuando viajo o salgo de casa por aquellos que veo más necesitados. Como no quería incomodarla con mi mirada, me he vuelto hacia otro lado. Enfrente había un grupo de cuatro jóvenes que comentaban, con cierta sorna, que alguien pudiera quererla así. El caso es que su novio, sentado a su lado, la consolaba por algo que había pasado antes. Lo venían comentando. Nada tenía que ver con aquello, pero qué crueles eran las palabras de esos cuatro colegas. Sus caras, enfrentadas unas a otras formando un círculo perverso y cruel, eran las caras de quienes se burlan del prójimo, sin pudor ni amor posible, expulsado de su entorno el signo de la fraternidad que nos muestra a los unos en las caras de los otros.
  3. La tercera, en el coche. Casi lo primero que he hecho este día. La cara de un amigo, la cara de una amiga. Sé que son dos más, pero me parece el mismo. Ambos rostros conocidos. Los he visto reír, los he visto llorar (mal que le pese a mi amigo), y los he visto preocuparse. Los he visto esperarme porque llegaba tarde, y también he tenido el gozo de esperarlos. Juntos, hemos recorrido mundos. Sé que me quieren, incluso más de lo que yo puedo quererlos a ellos. Son mis amigos. Por ellos, esta mañana ni me di cuenta de que tenía que haber rezado y agradecido su presencia. Lo hago ahora, espero que no sea tarde. En cualquier caso, sé que son capaces de ver en mí incluso aquella bondad que ni yo atisbo, y son capaces de descubrirme con amor hasta eso que a mí me da tanta vergüenza y escondo. En sus miradas, sin duda alguna, está el rostro del amor.
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5 pensamientos en “Tres rostros inolvidables

  1. Es muy curioso, PADRE, esta experiencia le he tenido yo también. Parece que tenemos algunas vivencias paralelas. Salvo el tercer apartado, tal vez soy injusto, pero no creo tener amigos. Creo que es una situación merecida. No me quejo, es la consecuencia de la vida que he llevado. Quisiera comentarle algo sobre los cuatro jóvenes del apartado 2. Pienso que los cuatro jóvenes solo decían lo que se supone que tenían que decir. Solo siguen los valores que se suponen son los imbuidos por una sociedad en la que el canón estético y la cirugía plástica es lo que imponen. Yo tiendo a pensar que si USTED, PADRE, conversa serena y dulcemente con cada uno de esos cuatro jóvenes por separado, explicándoles sus sensaciones, (lo que ha escrito aquí) es posible que ellos se sintieran afectados por haber hecho esos comentarios. Muchas gracias, PADRE por compartir esto. DIOS le bendiga.

  2. Rezar por la gente que me encuentro lo aprendí de María Simma, que lo comentaba en su libro ¡Saquennos de aquí! http://es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=478&capitulo=5930

    Lo hago siempre que puedo, y le pido a Dios que me permita poder encontrarme en el Cielo con todos y cada uno de quienes he incluido en mis oraciones, y que nos podamos abrazar.

    Muchas gracias José Fernando por contar esta experiencia tuya. Un gran abrazo.

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