Mt 25,31 – El juicio final (2)


El interior de esta parábola se hace más real de lo que quisiéramos. No se trata de una alegoría, ni de una canción protesta, ni de una hipérbole maravillosa. Si te detienes en la oración brevemente, descubrirás que son palabras clave en el corazón de mucha gente. Que quizá el escenario, en el que el autor no se detiene en exceso, puede ser disparatado, aunque los personajes que intervienen no lo sean. Están allí, cara a cara, frente a frente, cada persona ante Dios. Y en la memoria, traídos por el recuerdo de las acciones, otros personajes también muy reales: los hambrientos, los sedientos, los privados de libertad, los desnudos, los enfermos, y los pequeños. Y para que nadie se confunda, los personajes se mantienen en el anonimato tras el signo de su padecer: los que tienen hambre, los que tienen sed, los que son extranjeros, los que están desnudos, los que enfermaron, los que estaban en la cárcel… y los que son pequeños.

  1. Los que tienen hambre. Y el primero que tiene hambre en el Evangelio de Mateo es precisamente Jesús, durante sus tentaciones en el desierto (4,2). Es un hambre que resiste a saciarse con cualquier cosa, que prefiere privarse a someterse, que no desea consumir perdiendo su propia identidad. Y de ese modo, la segunda vez que aparece el hambre en el Evangelio es una bendición, una bienaventuranza. Jesús mismo sabe de qué está hablando: “Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos” (5,3). Los discípulos, que no son más que el maestro, también tienen hambre (12,1). De la que no es hambre de privarse, del hambre que no tiene que ver sólo con el espíritu. Y que no puede frenarse. Incluso el rey David padeció el hambre. Es el episodio en el que llegan a arrancar espigas en sábado, comienza la disputa por “lo que se puede y no se puede hacer”, y que concluye recordando que todo está hecho para el hombre, incluso el sábado, y no al revés. Por si alguien tiene dudas, Dios prefiere la misericordia al sacrificio. De nuevo, adelantándonos en el Evangelio, Jesús tiene hambre por segunda vez (21,18) , y frente a una higuera con muchas hojas pero sin frutos, pronuncia una maldición contra ella. Éstas son las veces que aparece el “hambre” en su forma literal en el Evangelio. Queda patente la relación entre Jesús y el hambre. Él ha hecho suya esta maldición de la humanidad. La ha padecido. No se ha alejado de ella, y sigue presente en el hambriento.
  2. Los que tienen sed aparecen una sola vez, literalmente, en el Evangelio de Mateo. Se repite el lugar, y se convierte en bendición. Es “sed de justicia” (5,6), y a ellos va dirigida la promesa de la saciedad. Sin duda, como imagen que se evoca, está la caterba de personas que esperan el bautismo de Juan (3,14), que se han adentrado en el desierto y están en busca, aquellos despreciados de la sociedad que son alejados a los márgenes donde otros no puedan verlos. También podemos hacer presente el mar de Galilea, ámbito de los rudos pescadores, que no pocas veces volverían al hogar con “nada”, manos vacías; pescadores convertidos al servicio de otros, capaces de escuchar la Palabra y convertir el corazón. Y sobre todo, en la imagen, se hará presente la sed de Jesús en su propia pasión; haciendo suya, de este modo, la sed de la humanidad, y convirtiéndola en lugar privilegiado, entre los pobres del mundo, para el encuentro con Él.
  3. Los extranjeros, como tal, sólo están presentes en la parábola. No hay, más allá de los márgenes de este capítulo, referencia directa a esta palabra. Sin embargo, sabemos que sí se encontró con extranjeros, de gran fe y gran misericordia. Despreciados por su procedencia, considerados “menos dueños” de la tierra que pisaban por no haber nacido en ella. Una mujer le arrancó un milagro, con solo tocarle, postrada a sus pies y humillada. Seguro que aquella otra mujer a las puertas de la lapidación, consideró también que aquel mundo era menos suyo que de los hombres. Y tantos niños a los que no se permitiría acercarse al Maestro. Extranjeros reales, los romanos. Batallas de un lado y de otro por conquistar un suelo, sentirse más poderosos y dominar. Actitud que contrasta duramente con aquel que no tiene donde reclinar la cabeza, que invita a seguirle, y suscita el deseo de “seguirla a donde quiera que vaya”. Pero los extranjeros de los que hablamos son esos inmigrantes reales que las noticias ofrecen bajo el amparo de un número, en el que sigue siendo imposible silenciar a los niños y a las embarazadas. Uno de mis hermanos de comunidad precisamente hoy ha tenido que renovar sus papeles, y ha visto cómo se vendía y compraba el puesto en la puerta misma de la comisaría. Inmigrantes a los que se piden los papeles, queriendo encontrar una dignidad que les ha sido usurpada.
  4. Tampoco se señala ningún “desnudo” literal. Quizá porque tenemos que agudizar nuestra mirada para verlos. No se trata tanto de aquellos que se quitan la ropa, sino más bien de los que son desposeídos de sus vestiduras. Algo que nos suena a la Pasión del Señor, que tampoco de esta pena quiso privarse. Desnudo, ante otros que pasan y miran, y por lo tanto le roban cuanto le queda y no puede esconder. Quizá no aparezca el “desnudo literal”, pero sí están los leprosos y la hemorroisa, y ambos pierden, ambos no se sostienen en sí, ambos buscan cubrirse de otra manera y con otras formas. El “gran desnudo” del Evangelio es aquel ciego que lanza el manto que le tapaba para salir al encuentro del Maestro. Ése, se queda desnudo y puede enseñar sus miserias. Igual que desnudo se presenta el publicano, a diferencia del gran fariseo que ocupa los primeros puestos, porque sabe que ante el Señor no valen las bonitas y buenas vestimentas. Y resuenan en estos personajes aquellos que valen más que los lirios del campo, que las aves del cielo, porque no se preocupan del vestido que portan sino de lo que hay bajo ellos.
  5. Enfermedad, por doquier. Tumbados, heridos, cansados y agotados. Enfermedades del cuerpo y del espíritu. Jóvenes, niños, hijos de… y adultos, postrados. Es la enfermedad a la que están llamados a enfrentarse los discípulos en su primera misión (10,8) y que les humanizará y pondrá más cerca del Señor. Les envía a ella, para sanar. Y probablemente también para ser curados de su propia suficiencia, del menosprecio de la vida y del tiempo que Dios les regala.
  6. Y por último, los presos, aquellos que están en la cárcel. Una expresión, que frente a lo que pueda parecer, aparece repetidas veces. Quizá sea más específica que otras, pero es llamativo. La cárcel es para quien ha permitido que la ofensa y el daño hecho al hermano permanezca (5,25). El lugar del martirio de Juan (14,3.10). Un lugar que retiene injustamente, o al menos sin misericordia (18,30), lo que hay después, más allá, de renunciar a la posibilidad de reconciliación y conversión.

Estas personas, reales. Se pueden llamar de muchas maneras. Ojalá podamos y sepamos poner nombre a cada una de ellas, nos hayamos topado en nuestro mundo con Jesús en ellos. Son personajes reales, y presencia real del Señor. Como en la Eucaristía y como en la Iglesia. A ellos se da, a ellos se entrega, en ellos está.

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2 pensamientos en “Mt 25,31 – El juicio final (2)

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