De talentos y hombres (2)


Continuación del anterior (1)

Hay una expresión muy llamativa al final del reparto: “según su capacidad (dynamis)“. Leído el texto de primeras, todo el reparto parece tremendamente injusto hasta que llega este punto. Con esta anotación, la cosa cambia. Porque, si estuviéramos hablando de un hombre/padre que reparte entre sus siervos/hijos las tareas de la casa, ¿no sería justo pedir a cada uno conforme a su edad y talento? O, si hablásemos de un hombre/profesor que exige a sus siervos/alumnos, ¿no sería lo correcto pedir según sus dotes intelectuales, sus habilidades? ¿Cómo funciona la distribución de tareas dentro de un grupo de trabajo? ¿No es según la capacidad de cada uno? Me planteo ahora que, aquello que se vio como injusto desde el principio, es en realidad y bien pensando la mejor de “las donaciones posibles”.

Contemplo el mundo, y percibo que es muy real. No todos tienen la misma capacidad, ni podemos hacer borrón y cuenta nueva respecto a la diversidad. Retomando el texto de la semana pasada, la verdad es que sólo los necios tratan por igual a todo el mundo; sin legitimar por esta vía el infame comportamiento de unos con otros cuando se dejan llevar por el egoísmo, la violencia, la injusticia o la mentira. Aquí abajo hay suficientes diferencias como para atender la diversidad con mucha diligencia; de todo tipo, además; y pienso en el ámbito educativo y social en el que me muevo.

Voy a hacer un repaso de esa “dynamis” a través del Evangelio de Mateo, estudiando los casos en los que aparece, y en lo posible sacando conclusiones para entender mejor este “criterio de justicia”.

  1. Encontramos que es un “prodigio” (Mt 7,22) realizado por los discípulos que se fían. Quizá pensamos que “un talento” es poco, pero los expertos nos ponen sobre la pista de que esta medida, en el Evangelio, se refiere a algo enorme. Toda “capacidad” es un prodigio, un milagro. Luego el reparto es según la bondad de cada uno, no en atención a sus limitaciones, sino fijándose en sus maravillas.
  2. Este “prodigio” (Mt 11,20ss, repetida tres veces esta palabra en la perícopa) es motivo de juicio. Porque el prodigio es visible, se ha realizado, es patente. Aún así, no tiene fuerza por sí mismo para convertir los corazones de la gente, puede que más olvidadiza de lo que ella cree. Ya encontramos en esta referencia que causa separación, y desesperación. ¡Cómo es posible que después de haber visto lo que algunos han visto sigan viviendo en la incredulidad! ¡Se les han cerrado los ojos para ver, los oídos para escuchar! Algo me dice que el amor manifiesto, la entrega generosa y desinteresada, son muy difíciles de ver porque “cada uno recibe según su corazón”, y hay muchos corazones que están dañados, que dudan eternamente, que sospechan de cualquiera que se acerque sinceramente, como diciéndose a sí mismos que no puede ser tan cierto que alguien les ame tanto. En atención al relato que comentamos, al reparto, me provoca pensar que la atención que tiene el maestro con cada uno será libremente interpretada por los siervos que reciben.
  3. Que alguien posea esta dynamis (Mt 13,54) es sorprendente. Por lo que se ve, no todos son aptos para “algunos prodigios”, y les correspondería tener menos. Curiosamente, en el texto el prodigio se aleja de la persona, y se achaca a la profesión de sus padres. Luego el prodigio nos habla del origen que tenemos cada uno de nosotros, que no es lo que aparece a simple vista (hijo de carpintero) sino mucho más (Hijo de Dios). Esta fuerza cuestiona nuestro pasado desde el presente mismo, desde la acción que realizamos, desde la vida que llevamos a cabo. Y no me canso de decirlo en todos los lugares, sobre todo en la escuela: “De tal palo, tal astilla.” Y duele reconocerlo, según sean las circunstancias y el motivo por el que se dice. Duele reconocer que no somos tan “independientes”, “originales” y “autónomos” como nos parece. Son muchos los que me dicen que no quieren parecerse a sus padres, pero ven que “van hacia ello derechos” a pesar de las resistencias que puedan aportar. El prodigio, nuestra capacidad nos dice de dónde venimos. E insisto en la nota anterior, siempre es, evangélicamente, una desmesura grandiosa. No es una moneda, como algunos andan pensando por ahí.
  4. Y además, esta capacidad está unida a la sabiduría (idem). Son pareja, lo cual las relaciona. Y curiosamente, también se une a la fe, porque por la falta de fe se quedaron sin prodigios. Tenemos una triada hermosa: ¿sabiduría, fe, capacidad? En nuestro relato, según veremos más adelante, también se une “el miedo”, como contraria precisamente a la fe.
  5. Una línea más abajo (Mt 14,1) la capacidad se convierte en un poder, en el sentido de fuerza y potencia, de carácter extremo, propio de quien “resucita de entre los muertos”. Si alguien continúa pensando que “capacidad” es algo baladí… pues nada. Todo aquel con “capacidad” porta algo extraordinario en sí. Lo penoso es que no nos demos cuenta, vulgaricemos la sublime hermosura de la que hemos sido dotados.
  6. Está en relación con Dios mismo, porque Dios posee “dynamis” (Mt 22,40). De nuevo, emparejada con la sabiduría, que esta vez procede de la Escritura. De este texto me sorprende que, como muchos quizá piensen, “el poder de Dios” no sea evidente a los ojos de los hombres. O no coincide con nuestra lógica, o no somos capaces de percibirlo bien, o por el contrario tenemos “impedimentos” de los que hemos de librarnos para acercarnos más y mirar bien. Será que el “poder de Dios” es, como la de las “fuerzas de los cielos” (Mt 24,29), propia de otros mundos distintos a aquellos en los que solemos manejarnos. La última referencia en Mateo, sin contar las del texto que trabajamos, está en la Pasión (Mt 26,64) como nombre propio de Dios.

Por último, las sorpresas que me provoca esta expresiones personalmente, después de la pequeña guía por el Evangelio:

  1. Conocer la capacidad de cada uno.
  2. Ajustarse a lo que él es, en verdad. En esa verdad intensa de cada persona, que nos habla de un origen que no podemos ver.
  3. Nos conduce a no probar por encima de sus fuerzas, tal y como Dios lo hace.
  4. Conectada internamente con la sabiduría, pero debe ser atendida especialmente.
  5. Reconocer a Dios en cada persona, de diferente manera.
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3 pensamientos en “De talentos y hombres (2)

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