De prudentes y de necios


Mucha, no poca, mucha gente con la que me cruzo, o cruzo palabras, llega un momento en el que me plantea que quisiera que su vida fuera diferente a como es en la actualidad. En ocasiones es fruto de la coyuntura en la que estamos, de las circunstancias que vivimos. Y otras, ciertamente no. Ojalá pudiese cambiar con una barita mágica aquello que no me gusta. Como les decía a mis alumnos guineanos -que estaban convencidos de que los curas podíamos resucitar gente-, empezaría por el dolor de mi propia vida y de mis seres más queridos. No todo se puede transformar de la noche a la mañana, y algunas cosas requieren un esfuerzo continuado, una previsión a largo plazo y una opción de vida intensa y profunda.

Por suerte, por desgracia, no todo puede ser modificado. El tiempo es aliado magnífico para el constructor, no para los destructores. Y cada persona vive en el tiempo, y con su tiempo particular. Sobre él no se podrá borrar, nuestra capacidad de modelar, de moldeamiento es muy limitada. Lo cual me recuerda el final del Evangelio de las diez doncellas, unas prudentes, otras necias. Sólo respecto al futuro -también con limitaciones- y sólo respecto al presente -también con sus circunstancias-.

Precisamente, dos actitudes diferentes. Las necias (morai) tienes sus características. Las prudentes (phronimoi), las suyas. Inconfundibles entre sí llegado un punto de la historia, aunque hasta entonces sin distinción aparente. Voy a recoger algunas notas, sacadas de aquí y de allá, para ayudar a la comprensión. Estoy hablando del principio de Mt 25.

  1. De la necedad, el evangelio de Mateo dice que es un insulto que nadie puede dirigir a otra persona, porque de lo contrario se hará peor que ella. Y lo dice con una seriedad tan grande que supone que tampoco hay marcha atrás. Lo cual es de por sí interesante, y se abre la puerta para que nadie considere esta parábola como algo dicho para otros, sino sólo para uno mismo. También dice que “necio” es quien construye su casa sobre arena, es decir, aquel que no tiene ni dos dedos de frente para hacer de su vida algo digno. Es aquel, según la misma Palabra, que no se fía de la Palabra en absoluto, porque no pone su vida en juego. Entonces opina, piensa, escucha, pero no cree con sus obras. Y por último, la necedad está emparejada con la ceguera, y vive como si viese. Será todo para él confusión, no sabrá utilizar bien lo que le rodea, hará juicios sin claridad.
  2. De la prudencia, que es una palabra con una historia muy amplia, sobre la que se han escritos libros y libros, cumbre de la ética aristotélica y una de las virtudes cardinales, Mateo comenta otras tres cuestiones. La primera es lo contrario a construir sobre arena, eligiendo Roca. Por lo tanto, prudencia es encontrar firmeza; vivir, actuar conforme a principios morales, elegir lo bueno… Y se notará cuando lleguen las inclemencias, porque será resistente y vigoroso. La segunda vez que aparece está referida a las serpientes. Son astutas, se mueven con sigilo. “Prudentes como serpientes” es algo que no comprendo bien del todo. Pero que pone en cautela. De esta manera, parece más bien un aviso contra la ingenuidad, contra la falta de comprensión del mundo “salvaje” en el que vivimos, donde podemos exponernos demasiado con lo que tenemos y perder cuanto hemos recibido. Prudentes son por tanto los que se “andan con cuidado”, prestan atención, y saben que están en “peligro”. Por último, los prudentes son también los que han sido hallados fieles en lo poco. Para llegar a la fidelidad en lo mucho, antes hay que pasar por los pequeños detalles de la vida. Es cierto. Como también es cierto que para ser capaces de alcanzar lo pequeño hay que desembarazarse de grandes cosas que nos tienen atados, atrapados y cautivos. No se puede llegar a lo pequeño sin esa renuncia previa.
  3. Otra nota importante, no escrita explícitamente, es que Dios no es el juez que separa a unos y otros que a muchos les gustaría. Son ellas quienes se han separado, dividido, clasificado. Son las personas, con su responsabilidad. Desde el principio las unas y las otras tenían a su disposición las mismas cosas. Todas tenían a su alcance lámparas y aceite. Estaban ahí, eran visibles, podían cogerlas. Son necias y prudentes desde que salen de casa, aunque todavía no lo saben “del todo”. Mientras todo está bien, mientras es de día, no pasa nada. Igualmente mientras unas y otras duermen, en esos momentos en los que pasamos por el mundo como si no estuviéramos vivos. Cuando se nota es cuando tienen que despertar, cuando escuchan que “ya llega el momento”, “ya viene el Esposo”.
  4. En ese momento, es muy iluminador el diálogo entre unas y otras. Las necias quieren ser iguales a las prudentes. Les piden aceite para que todas estén en la misma situación. Y supongo que esto le molestaría a cualquiera. Imagino a mis alumnos ante un examen. Y que alguien levanta la mano para pedir un cinco para todos, sin más. Espero que nadie lo aplaudiese. Sólo uno de los que se comporta como necios es capaz de pedir algo así, mientras que quienes han estudiado se negarían en rotundo y no quieren lo mismo para todos. No entiendo este deseo de algunos de que “todos seamos iguales” como si nada pasase, como si diese igual las opciones de vida y la propia historia, como si el esfuerzo por la justicia no costase trabajo. No lo comprendo. Las necias quieren ser iguales a las prudentes robando lo que ellas han conquistado. Desde la comodidad, desde la tranquilidad. Desde la despreocupación porque alguien me lo dará y tendrá cuidado de mí. Más cuidado que yo mismo.  Es una actitud profundamente injusta, increíblemente injusta. Y, además, no todo se puede compartir en la vida. No se trata de dejar un bolígrafo, pasar unos apuntes, dar una ayuda a alguien. Lo que está en juego es el aceite de la vida.
  5. El aceite también es, como la prudencia, material de muchas publicaciones. Son incontables las publicaciones y conversaciones sobre el “aceite de la vida”, esa salsa que da sabor y que todos andan buscando. Aceite de nuestro tiempo es la felicidad, pero muy manida y confundida. Aceite será, como nos dirá más adelante el mismo capítulo de Mateo, el amor. Y no se puede compartir. Imagina que alguien te dice que está solo en la vida a los treinta años, a pesar de que ha ido de flor en flor, sonriendo y presumiendo de los ligues del fin de semana, de las fiestas, de las vacaciones, pero que se da cuenta de que otro de sus amigos es más feliz porque tiene una pareja con la que le va estupendamente, se lo ha tomado en serio, se ha comprometido… No puedes decirle: “Te dejo a mi novia de lunes a miércoles. Quizá así estés más contento.” Porque no todo se puede compartir. Hechas las elecciones, tomadas algunas decisiones, el rumbo de la historia se mueve en carriles que se van estrechando sucesivamente. Y el aceite o se ha recogido, quizá poco a poco, o no se posee en absoluto. Aceite es para el mundo en el que se escribe este Evangelio signo de realeza -dignidad-, sino de profecía -palabra, cercanía con Dios-, sino de combate y propio de soldados -luchas, sacrificios-, y signo de sacerdocio -mediador, consagrado, religioso-. No se pude compartir algo de este calado.
  6. El vacío de las lámparas es manifiesto al finalizar el relato. Han ido a llenarlo, pero lo han hecho tarde. No podrán disfrutar del banquete con el Señor. No podrán disfrutar, no quiere decir aquí que se quedarán al margen del Reino definitivamente. Pero sí que no habrán podido experimentar el gozo y la alegría de sentirse parte ya, y ahora, de la realidad nueva que Dios ha prometido. Frente a ellas, las prudentes están alegres y gozosas. Han encontrado al Señor, están con el Esposo. Igual que quienes buscan y encuentran, las prudentes ahora se alegran por la cercanía. Están ya ahora con él, no necesitan esperar a mañana. Saben de qué lado están, con quién están, con quién quieren estar.
Las distinciones tan radicales, nos ayudan mucho a situarnos. De alguna manera, nos piden opciones claras y distintas. ¡Qué bueno que no existan intermedios cómodos donde situarnos y seguir adelante!
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2 pensamientos en “De prudentes y de necios

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