La elección es de Dios – Retiro (Doc. 3)


El contexto que vivimos hoy nos conduce a discernir la voluntad de Dios con mucha precariedad. Parece que eso que decimos que “Dios quiere” debe ser una confirmación de mi propia realidad, de mis propios dones, me tiene que empujar a la felicidad plena y más rotunda. A esta situación la denominamos “tiranía de la felicidad”. Pronto se nos ilumina que la vocación que nos propone el mundo tiene poco que ver con la lógica de Dios, con la encarnación y el cumplimiento pleno y definitivo del misterio de Cristo Jesús. La felicidad de nuestro mundo nos “atrapa” y sólo comprendemos lo que Dios quiere para nosotros cuando coincide con otros quereres diferentes, con nuestras aspiraciones personales, con una historia que hemos dibujado nosotros mismos.

En la lógica del mundo la felicidad se puede comprar, tienes que perder y dar algo a cambio para recibirla, se mide y parece que es para todos igual, no implica demasiado esfuerzo por parte de la persona que quiere ser realmente feliz porque está entregada absolutamente a la causa y, lo que es más peligroso, es “para todos igual”.

  1. La felicidad del mundo es eufórica, a base de grandes momentos que compartimos con más gente o vivimos en soledad, pero siempre con gran intensidad. La euforia es un grito de diversión, un escape emocional, es algo tremendo que me ha sucedido. La euforia es más bien propia de los adolescentes que viven grandes emociones y tensiones que no pueden controlar, que se acogen siempre a lo nuevo, a lo que supone riesgo y alcanzar límites insospechados sin saber bien dónde van. La euforia se extiende más allá de la adolescencia hoy a las personas que trabajan y dejan todo para irse y desfogar en otros espacios, como signo de que en su vida cotidiana no encuentran ni alimento, ni verdad, ni vida.
  2. La felicidad de nuestro mundo está basada en el éxito. El fracaso nadie lo quiere, tampoco Dios. Pero el éxito de nuestro mundo es inalcanzable para la mayoría porque supone brillar ante multitudes, ser reconocido por otros, tener algo diferente que nos identifique y reclame aplausos. Es apoteosis de masas, convertirse en un ídolo, escapar de la mediocridad en la que nos vemos encerrados y no soportamos. Es ser “como”, y en lo cotidiano se refleja como un triunfo personal, saliéndose siempre con “la suya”. Lo que vale es lo mío, lo que merece la pena es lo que yo tengo, lo que realmente importa es esto que estoy diciendo, viviendo… No puedo reconocerme débil, fracasado, peligrosamente vulnerable.
  3. La felicidad de nuestro mundo es placentera y propia del “estado de bienestar”. Aunque no comprendamos lo que el otro está haciendo, si nos dice que a él “le gusta” parece que con eso nos conformamos. Si nos dicen que “a mí me va” o “va conmigo y me pega”, se acabó la conversación. Hablamos de “estado de bienestar” por no llamarlo de otras maneras más claras, jugando con eufemismos. Nuestra sociedad desarrollada ha rechazado la posibilidad de hacer buenas a las personas, de convertir nuestra cultura en un “ser buenos”, para pasar a “estar” cómodos, tranquilos a base de píldoras mágicas o momentos para liberar el estrés. El placer es lo máximo; pero identificado no pocas veces como acciones sin medir consecuencias, sin criterios morales, sin humanidad real. Placer que no me pone delante del que sufre si no es para “sentirme bien”, placer que empuja a relaciones que hacen más daño y se convierten en abuso, que en relaciones de amor verdadero, de entrega incondicional, de proyecto compartido en búsqueda de la verdad.

Ante esto, y siendo un poco sinceros con nosotros mismos el mundo cambia de color cuando reconocemos la presencia de Dios en nuestra vida. Nos vemos diferentes aunque sólo sea por el hecho de que Dios nos  ha tocado, y encontramos lugares donde hablar claramente de lo que Cristo Jesús supone para nosotros no es una novedad. No somos raros, hay más que están en una situación compartida y similar a la nuestra.  Fuera de estos ámbitos, cuando contemplamos radicalmente el mundo desde los ojos de Dios no podemos comprender bien de dónde viene tanto rechazo, tanta amarga recriminación por un camino que nos da la felicidad. Por qué los hombres no se dejan elegir por Dios. ¿No hay nadie que se acerque a ellos de otra manera? ¿No hay nadie que les hable de Dios como a nosotros nos han hablado? Pero claro, el mundo está demasiado encerrado en sí mismo y ha sido tiranizado por esta “felicidad” a base de sucedáneos de vida verdadera.

Nosotros, que compartimos el mundo desde otra atalaya diferente, sabemos que Dios nos ha elegido. Y sí, Dios siempre elige, para unas cosas o para otras, en un camino o en otro. Su elección es nuestra salvación. Nos hace suyos. No nos elige “para algo”, sino que nos elige porque somos valiosos. Y la elección es de Dios, no nuestra. De hecho, estamos a la espera buscando confirmaciones de nuestras intuiciones, estamos a la escucha divisando por dónde pueden ir los caminos. Aunque también es cierto que, en el discernimiento espiritual, se dan situaciones normales en los que, con una clara intuición de la voluntad de Dios, nos plantamos delante y aguardamos que Dios cambie de parecer porque no nos atrevemos definitivamente a responder a su llamada.

La elección de Dios se muestra en la Palabra y en la historia de muchas maneras. No todas son iguales, cada uno acoge el plan de Dios en un contexto concreto, ante una situación determinada, con unas características que son propias.

  1. Elección de Dios que es “siempre lo mejor”. Nunca es un negocio con el hombre en el que se establece un punto intermedio prudente. Algo que pueda consensuar, llegar a un acuerdo y firmamos lo que “mejor para ambas partes”. Sabemos que “lo de Dios”, y lo sabemos porque lo hemos vivido, es “siempre más”. Junto a Dios no hay camino cerrado nunca, y detrás de un paso viene el siguiente, y así estamos en Compañía. A los discípulos de Emaús, llegado lo que muchos entienden que es el final, les toca ir a contar a los discípulos lo que han visto y cómo el Señor se les ha aparecido a ellos. A los elegidos que suben al monte de la Transfiguración y quieren quedarse allí tranquilos, los envía “abajo”, al “mundo” para continuar su misión y nada más dejar el monte se enfrentan con un endemoniado al que no pueden curar por sí mismos. A las llamadas de prudencia de Pedro durante todo el Evangelio, Jesús responde de forma tajante: ¡queda la cruz! “Lo mejor” de Dios es siempre más, un más innegociable.
  2. Elección de Dios que es vida o muerte. No se presentan ante el hombre multitud de posibilidades ante las que escoger. Dios marca como único camino de elección la Vida, con mayúsculas. El resto es muerte para el hombre, en forma de desidia, de aburrimiento, de cansancio, de hastío, de egoísmo, de desenfreno. Pero una y otra vez muerte. La elección de Dios es siempre Vida en abundancia, de la que recibe siempre y siempre está entregando. Dios no llama a “morir”, la muerte del justo le parece un horror. Y sin embargo, la lógica del amor de Dios nos descubre que quien “quiere ganar para sí su vida la pierde” y que aceptar la Vida supone “cargar con la cruz cada día y seguirle”, porque la Vida se gana perdiendo la propia vida a través del amor y del servicio. Juan, el bautista, entendió perfectamente que el tiempo había cambiado cuando reconoció en el Jordán que a él le tocaba “menguar” para que “Jesús creciera”. En nuestro interior se produce un paralelismo grande: también nosotros, con nuestro orgullo y nuestra libertad tan engrandecida, tenemos que “hacernos pequeños” para que la Vida crezca en nosotros, y de este modo los hombres viéndonos “den gloria a Dios.”
  3. Elección de Dios que es liberación y rescate. En un momento de esclavitud y de pérdida de la dignidad personal, de dependencia, de criterios torcidos, de pecado incluso, Dios llama para liberar al hombre y darle una tierra prometida. Siempre está presente en el corazón del esclavo una llamada “más” pendiente hacia la libertad, el sueño de poseer en herencia una tierra que no puede comprar. Tiene la posibilidad de resignarse, de conformarse y no protestar, pero no puede acallarla voz interior que le provoca que otro mundo es posible, que la liberación puede ser real. La llamada de Dios es así un “salir de la esclavitud para entrar en la libertad.” Calasanz, curiosamente, lo vivió respecto de los honores de la vida, de los cargos, de las posesiones. A través de los niños fue llamado a la libertad, y para responder a la llamada tuvo que caminar un largo proceso hasta responder totalmente a Dios y entregar su vida.
  4. Elección de Dios que es enamoramiento y atracción. Dios “atrae con lazos humanos” dice Isaías, hasta que uno se encuentra de frente con el misterio. Un año compartimos un retiro, otro año un viaje y convivencia, el grupo se fue haciendo importante, pasé a ser catequista y tuve responsabilidad en el grupo. Iba descubriendo poco a poco que mi vida sin esto no tenía sentido, y Dios empujó el paso definitivo con una palabra que iluminaba mi situación. Puedo haber compartido grandes momentos de grupo sin tener claramente delante al Misterio que es Dios, pero algo levantó mi mirada y quedé enamorado de esta presencia.
  5. Elección de Dios que es consagración. La experiencia de quienes reconocen que Dios ha “cogido para sí” una parte interior de su vida que no pueden ocultar, rechazar y que permanece siempre como fuego vivo aunque sea en ascuas. De estas palabras que quedan permanentemente clavadas, de esta presencia de Dios que aparece por doquier, incluso donde menos puedo esperarlo. Es la vida de las personas cuya conciencia de Dios, presencia de Dios ha sido llevada a la hipersensibilidad. Otros necesitan mucho, pero estos requieren de muy poco para volverse hacia Dios.

Ante la elección de Dios, en la escucha real de la voluntad de Dios siempre aparece el miedo, el desconcierto y la duda. María, antes del Hágase, también lo expresó; antes de ella cada uno de los grandes profetas de Israel. Y el mismo Jesús en el huerto de los Olivos. Pero sigue siendo de Dios, y Dios lo hace como Señor. Hoy contemplamos la voluntad de Dios como mandato, como requerimiento de la persona, como apropiación de  ella por entero. Ésta es la verdadera vocación, la que me enfrenta a algo diferente a lo que yo soy, y me previene sobre los ídolos.

  1. Los ídolos, hechos por manos humanas, reproducen lo mismo que los hombres sueñan. Corremos el peligro de tomar a “dios” como si fuera un ídolo más, que podemos dominar y dirigir. Pedir a Dios que haga lo que yo quiero, exigirle. Idolatría que rebaja y anestesia mi situación, porque me sitúa ante la mentira de Dios y de mí mismo, porque me coloca en una posición en la que no me corresponde estar de ningún modo. Bajo el signo de muchas libertades, de muchas apariencias, la razón no pocas veces la ejercemos desordenada, es decir, dirigida a manipular a Dios y nuestra historia y a quedarnos convenientemente con aquello que nosotros “juzgamos” que es bueno, y por lo tanto es de Dios, y aquello que nosotros “consideramos” que no es tan bueno, y por lo tanto no es de Dios. Aquí, quien manda, soy yo.
  2. Sin embargo, Él se muestra como Señor, no como colega. Es cercano, pero no se confunde conmigo. La distancia que hay entre yo, que soy una criatura, y Dios, es enorme. Lo que me maravilla entonces es que el Señor me quiera tan libre y me sienta tan amado por Él, que es tan grande, siendo yo tan pequeño, tan débil, tan limitado. ¡Qué grande es el Señor que me llama! Me trata, en lugar de cómo merece mi condición, como a un hijo querido y comparte conmigo sus bienes. La llamada de Dios a compartir el Reino, a ser heredero, a aspirar a lo más grande, que es el amor, es precisamente el empuje que Dios me dirige para moverme hacia él.

Dios ya me eligió, antes de la creación del mundo y soñó conmigo. Cuando el orante de la Palabra se adentra definitivamente en las profundidades de la relación con Dios, y acoge lo que está sucediendo en un plano diferente a la superficialidad humana, encuentra como normales esas frases que siempre nos parecen escandalosas: “elegido antes de crear el mundo”, como en el caso de la vocación de Jeremías; “conocido en el vientre, deseado antes de nacer”. ¿Qué misterio se esconde tras estas palabras?

Por no retomar los “dones”, de los que hemos hablado muchas veces y menos tratado “sin Dios” con demasiada frecuencia, nos abrimos ahora a una palabra nueva que Calasanz toma del Evangelio. Leemos una de sus cartas:

Procure ocupar a todos de modo que cada uno trabaje en aquello para lo que tiene talento, ya que en aquello para lo que tiene talento no puede aplicarse tan fácilmente y conviene conocer las inclinaciones de cada uno; cuando se puede obligar a uno con amor a ocuparse de un oficio resulta mejor que cuando es con la fuerza” (EP 1226)

Talento es distinto a “don”. Talento es un regalo, hecho igualmente por Dios, y en el que va implícito el recuerdo del Señor que “demanda frutos”. En la parábola de los talentos encontramos cómo Dios Padre los ha repartido de forma diferente entre los hombres, aunque todos comparten lo mismo, y cómo a su regreso exige que el talento se haya multiplicado. No es una “cosa fija” que tengo que ejercer, sino dinámica, que tiene que estar en movimiento, que crece o se esconde.

Los talentos sirven en la carta de Calasanz para algo muy curioso. No para que cada uno viva a su antojo sabiéndose maravilloso, y vaya de aquí para allá justificando, sino para que alguien dirija su vida desde la obligación y pida obediencia. ¡Qué atropello para nuestro mundo! Si descubrir que soy valioso va a suponer más esfuerzo, más cansancio, más trabajo, ¿cuál es mi victoria? Es la pregunta de los que reciben para sí mismos, los que no se han incorporado a las filas del Señor de la historia, quienes no han entendido todavía que esto es distinto a los planteamientos egoístas de la lógica del mundo.

Cuando Calasanz habla de “obligar” no lo deja así, como dicho al azar para que todos vivamos dependiendo de lo que otros digan. Los talentos son aquello que, en lo oculto del corazón, Dios ve y reclama para sí de cada uno de nosotros. Es nuestra propia vida, no algo distinto, y nuestra propia vida desde lo más puro y maravillo que Dios ha puesto en ellas. Dios no nos pide algo que no le pertenece, sino todo lo contrario. La obligación nace “del amor”, y no es caprichosa. Es para “mayor gloria de Dios y utilidad del prójimo”.

El amor de Dios, que siempre está hagamos lo que hagamos, no siempre nos damos la oportunidad de disfrutarlo en plenitud. Hay quienes se quedan para sí los dones y los hacen suyos sin compartirlos excesivamente, o sin agradecerlos y devolvérselos al Padre fructificados. Cuando decimos que Dios nos ama siempre no podemos conformarnos con que ese amor siempre va a estar ahí para cuando lo necesitamos. Lo maravilloso del amor de Dios es poder “disfrutarlo” (dar fruto, aumentar los dones, que crezca en nosotros) no tenerlo a mano como un “recurso” para salir de la soledad, de la tristeza o del pecado. El gozo de la vocación es la respuesta de amor para crecer en amor, para sentir amor, para entregar al mundo amor.

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