Compromiso por la paz


Tener la sensación de que “la paz” es un tema manido, que puede ser manipulado, que puede pasar de moda o quedar en el olvido sería un rotundo error. Algo me dice, internamente y también externamente, que será una lucha continua en la historia de la humanidad. El combate en favor de la paz nunca será definitivo, nunca quedará terminado; la paz armada, una batalla para toda la vida. Porque experimento constantemente la tentación de quebrar su frágil estabilidad. La paz es difícil de conquistar, no está al alcance de cualquiera. No hablo militarmente, sino personalmente. Y creo que la “paz global” es uno de los puntos más claros donde se puede demostrar que los cambios locales generan cambios mundiales, y que todo empieza realmente por abajo, agachándose y yendo a lo más cotidiano entre lo cotidiano.

El más grande de los compromisos por la paz es la conversión del propio corazón. Conversión que sea capaz de “soportar” el mal del mundo y devolver una sonrisa a cambio para transformarlo. Conversión que ponga esperanza y palabras de ánimo en contextos deprimidos. Conversión que penetre con su mirada el mal de la humanidad, sus miserias y entregue a cambio una palabra de bendición sobre cada persona que encontremos a nuestro paso. Conversión que no devuelva mal a cambio de mal, sino bien a cambio de mal, que cargue sobre sí con paciencia y sin aspavientos las pobrezas de los hombres y sus debilidades justificadas.

En todo compromiso real por la paz las palabras no pueden ser lo más importante, pero son muy necesarias. Hoy reconozco que los discursos que estoy siguiendo me emocionan. Sé que vienen de personas que son escuchadas por muchos corazones comprometidos, y que sus palabras vienen a renovar la esperanza y fortalecer las decisiones de la vida corriente de mucha gente en diversas partes del planeta. Me gustaría, a decir verdad, que fueran escuchados por más personas. La paz, según ha sido pronunciada, es una paz que empieza pidiendo perdón, que es capaz de humillarse, que genera comunión y unidad, que está firmemente asentada en valores, que no depende de las circunstancias, que no se defiende con armas sino con principios y con personas, que no atiende a razas, colores, lenguas, religiones, condiciones, que vive de la esperanza del Reino nuevo, y que siempre es la primera palabra que viene de parte de Dios.

La paz no se puede construir si no se ha recibido antes. Y no hay paz sin verdadero amor. El respeto frágil y humano de quienes no se quieren tampoco invita a la conversión del corazón. Y ¡qué necesitado está el hombre de esta renovación interior! Para que no le moleste todo, para que no se vuelva hipersensible, para que no se deje llevar de aquí para allí, para que siembre algo distinto.

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