El sonido del silencio


Aunque es una mítica canción de P. Simon, con motivo de la muerte de J.F.K., y puede hacer referencia a muchos místicos -no míticos- de la historia de la Iglesia, o de los pueblos orientales… quiero hablar de otra cosa. De aquello que deberíamos callar en nuestra vida, dejar que permanezca en silencio, y de cómo el silencio también es una palabra, más que sonido incluso, que se vuelve lúcida a quien está despierto. Retomando la preciosa letra de la canción mítica que he citado, nos damos cuenta cuando callamos de lo mucho que se habla a nuestro alrededor y de cuántas cosas vacías aparecen en las conversaciones. No sé quién dijo aquello de: “callar hasta que tengas algo que decir”. Pero recuerdo que Wittgenstein, en su dificilísimo Tractatus, hace una apuesta clara por comparar lenguaje y mundo, hasta llegar a afirmar en una de sus líneas que el único método posible para lo más grande, para el ser, sería “no decir nada”. Así se mostraría en verdad toda su hondura. Callarse y hacer silencio es una excelente manera de dar profundidad, sentido a la existencia propia y ajena. Cuando se hace silencio, algo sucede.

Empezaré por las cosas que deberíamos callar y silenciar, sobre todo en los medios de comunicación, al menos hasta el punto prudente que rozaría lo verdaderamente humano:

  1. Toda la maldad posible. No la que ha sido realizada, evidentemente, que debe ser denunciada y ante la que nos debemos quejar una y mil veces, y ante la que silenciarse sería algo así como implicarse y hacerse cómplice. Pero sí de la maldad del propio corazón. La propia sí que es posible callarla. La palabra enferma contra los otros, y también la acción, que no pocas veces tiene origen en lo que a nosotros nos sucede. Aprender a callar esta palabra, no dejar que sea sembrada, es probablemente la mejor manera de cambiar el mundo. Todos tenemos opción contra ella, en la medida en que aprendemos este combate -no fácil- y nos ejercitamos en el ejercicio del silencio contra el hermano.
  2. Los sentidos, nuestras ventanas abiertas al mundo. En una sociedad tan volcada en lo externo, tan de lo sensible y de lo perceptible, del disfrute y goce continuo de los sentidos y con tanto avance, no sería ninguna tontería comenzar a “acallar un poco” tanta información como se recibe. Se establece una relación peligrosa entre “sentir” y “vivir” de modo que lo primero es la prueba de lo segundo, y cuando no siento algo, lo que sea, tengo que buscar el modo de seguir sintiendo y estando despierto, de la forma que sea. No es que los sentidos, de ningún modo, sean una condena para nadie; es una maravilla estética ver cosas preciosas, es admirable escuchar música, y un gran avance poder hacerlo en casi cualquier sitio. Lo que no es humanamente soportable es el “continuo”, ni hacer depender, convirtiéndose en esclavo, de lo que veo, oigo, palpo, gusto, huelo. Hay que darse un “respiro” en todo eso.
  3. Palabras de otros, que hacen daño. Palabras que salen de la boca sin tener en cuenta a quien reciben, o lo que es peor, buscando esa molestia y generándola. Lo primero podría ser provocar silencio, nosotros mismos, antes de que salga. Pero lo peor, si ha llegado ya, es seguir dándole vueltas en nuestro interior a las palabras de otros. Cuando llegan y comienzan a girar y girar, son como un coche de choque en nuestro interior golpeando cosas frágiles y valiosas. Acallar estas palabras, una vez recibidas, colocarlas en el lugar donde no puedan hacer daño y relativizarlas es todo un aprendizaje vital clave para el silencio. Si no, seguirán provocando dolor por donde se muevan, por donde vayan.
  4. Insatisfacción y capricho. Los deseos son grandes aliados de la humanidad. Condenar el deseo es ejercer tal violencia sobre nosotros mismos que mataríamos la fuente misma de las motivaciones, de las pasiones y de las esperanzas. Sin embargo, dominados por el deseo, incapaces de orientarlos inteligentemente y hacia la verdad y el bien, fácilmente caemos en la insatisfacción consumista de la continua estimulación y en el capricho cómodo que considera a los demás objetivos utilizables y reutilizables siempre con un carácter egoísta. Aprender a poner silencio en los deseos que confunden y generan malestar, que impiden estar centrados en lo que hay que hacer ahora o en las metas a alcanzar, es todo un camino a recorrer que se empieza desde pequeño, o difícilmente se encauza. Poner orden en la vida es una tarea que exige silencio, reposo y tranquilidad.
  5. Nuestro conocimiento de todo, nuestros prejuicios. Incluso los filósofos modernos que se preocupan de las dinámicas sociales y de la felicidad del ser humano insisten con contundencia en esta idea: el prejuicio impide a la razón el libre ejercicio de toda su capacidad, es causa de engaño, de injusticia y de maldad. Dicho que incluso los filósofos modernos, porque son muchos los que antes de ellos se han afanado en explicar reiteradamente que la capacidad del hombre es muy limitada frente a todos los misterios que encierra el mundo, y que aquello que consideramos “verdad” no es más que una mera opinión sobre la que debería pesar primeramente todo el peso de nuestra propia duda e inseguridad, abierta siempre al diálogo y a la sorpresa. Silenciando nuestros “creo que sé lo que pasa” o “ya sé por qué es esto” estaríamos en una actitud mucho más receptiva ante la vida. Los prejuicios actúa en nosotros de la misma manera que un audio puesto al mismo tiempo que alguien nos habla, interfiriendo, o incluso confundiendo lo que escucho con lo que quieren decirme.
  6. Los medios de comunicación. Por varios motivos, en los que habría que adentrarse un poco más, relacionados no pocas veces con la manipulación que hacen, en la que pasamos de ser espectadores meramente a sujetos que después actuarán o pensarán conforme a lo visto y oído, a lo sentido y pensado. Los mass media son muy hábiles en esa mecánica. Pero también porque resuelven un tiempo muy interesante de nuestro día a día: pensar qué está sucediendo en el mundo. Si dejamos que otros lo interpreten por nosotros, si recibimos noticias tendenciosas bajo formatos de objetividad y verdad, al final tragaremos más de lo que deseamos. Y con eso habremos conseguido la mayor parte de los prejuicios que después actuarán sobre nuestra acción y razón.
Por otro lado, el silencio tiene la capacidad de hablar intensamente a nuestra vida, a nosotros mismos y desvela el misterio del que formamos parte. A través del silencio escuchamos de forma diferente, se vuelve palabra y sonido clarificador. Cuando hay silendio pasan cosas como estas:
  1. Inquietudes. Cuando hacemos silencio la realidad vivida cada día aparecen las preocupaciones, los intereses, los deseos, lo que de verdad está moviendo nuestra vida. Esos primeros minutos de silencio se parecen al caos bíblico del inicio donde se ejercerá la creación. Se agolpan imágenes, sentimientos, emociones, ideas, personas, rostros… Y junto a ellas mis inclinaciones, lo que desearía alcanzar.
  2. Gratitud y perdón. Se percibe igualmente en qué me siento agraciado y vivo, y en qué necesitado de perdón o consuelo. Es la sed de salvación, la súplica ardiente que pide el rescate de la mediocridad al darse cuenta de que todo lo hecho es irrevocable e irreversible. A un tiempo se dan gratitud por la vida y la petición de perdón por la herida abierta, por el daño hecho, por el desinterés mostrado, la oportunidad perdida. En la batalla ninguna de las dos vencerá, se dan paralelas. No se acallan mutuamente en la verdad del silencio.
  3. Estoy abierto al futuro. Es difícil centrarse en el silencio, sin ponerse a planificar o pensar en lo que vendrá después. No lo digo como condena, ni con sufrimiento. Me está diciendo precisamente que estoy abierto radicalmente al futuro, que el presente no es lugar habitable nunca para el hombre, que no encontraré en él descanso perenne, que siempre pasa y estoy hecho para lo eterno. En profundidad, el silencio también enseña a acoger lo que vendrá, dispone a recibirlo.
  4. La historia vivida sigue conmigo. De lo anterior, de esa actitud receptiva, también aprendo que surgen miedos y esperanzas conforme a lo experimentado y hecho historia en mí, porque no está tan lejos como quisiera pensar algunas veces. Tiendo a imaginar en la medida en que ya ha sucedido algo, y tan pronto me gustaría que se repitiese como que fuera diferente. La memoria capacita, e igualmente pide ser purificada de sus reminiscencias.
  5. Me escucho a mí mismo. Todos hemos sentido que al venir de hacer deporte, con agujetas, hemos descubierto músculos que no sabíamos que existían. Que cuando nos ha pasado algo brotan sentimientos. Que tenemos ideas de la vida y de las personas. Y todo aparece en el silencio. También lo más profundo, sorprendiéndome en lo que yo mismo tengo que decirme a mí mismo, en los juicios que hago a mi propia vida. El silencio es temido precisamente por la sinceridad tan rotunda que plantea.
  6. Escuchar a Dios. Porque todo lo anterior también es signo de que silencio y soledad no están unidas. En el silencio también se escucha la voz de Dios dirigida al corazón humano, que ilumina lo que estaba en oscuridad y muestra el camino de la verdad y de la vida. Es innegable que quien permanece en silencio no se siente realmente solo, se sabe acompañado y conocido. Y la Palabra empuja a comprender también amado, en verdad y desprotegido. El silencio sería el tiempo en el que abandono el escudo y paraguas que me defiende de la lucha que tengo que afrontar y me permite empaparme de lo que Dios me pide.
  7. Me sitúa ante el misterio, me permite adorar. Los ritmos de vida y los prejuicios que comportan las sociedades modernas, donde todo parece estar definido, controlado y planificado al detalle, son también impedimentos radicales para ver el misterio del mundo. Sólo lo tremendo, lo que irrumpe sin pedir permiso, parece acallar la voz parlanchina del hombre y postrarle cabizbajo ante la fragilidad de la vida y de su más íntimo misterio. Sin embargo, el misterio estaba ahí desde antiguo, siempre presente, siempre esperando ser contemplado y descubierto. Igual que los ojos tienen sus limitaciones, los oídos los suyos, la mirada del hombre se puede volver tan torpe que se quede atrapada en lo material sin ir más allá de ella. El silencio coloca ante el desfiladero de la adoración, de la impresión que provoca en la persona su grandeza y su pequeñez a un tiempo mostrada, y habitada en sí misma por Alguien que desea encontrarse con el hombre.
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