El peor virus humano


Un día dialogamos sobre la vida, y comenzamos poniendo sobre ellas muchas metáforas. No nos preguntamos sobre su origen, sobre sus causas. Es la vida, y todos sabíamos a lo que nos referíamos. En el fondo, nos interesa vivir de una forma especial, no dialogar sobre lo que “es” o “no es” vivir. Ahí estaba la diferencia. Sobre el tema de hoy también se habla mucho en metáforas. Y vamos a utilizar la de los virus.

Un virus es una enfermedad que se reproduce y desarrolla dentro de las células. Y se utiliza como comparación en informática, para referirse al malware que pretende que no funcione bien el ordenador sin permiso de usuario. Pero la comparación estriba en que ambos suelen modificar la información celular, la información del ordenador; llegan desde fuera, sin aceptación por parte de la célula ni del usuario; se reproducen y afectan a otras áreas, siempre con el mismo esquema; provocan daño, parálisis, enfermedad, pérdidas… mal, en definitiva. Nadie acogería voluntariamente dentro de sí un “virus”, sabiendo lo que provocará. Nadie se expondría de forma libre e inteligente a ellos.

La experiencia del mal y del sufrimiento en el mundo es algo similar a un virus que se ha colado dentro de la humanidad. Este mal-virus es la causa de innu-merables situaciones diarias que “enferman y matan”. Y no nos vale saber, explicar qué es lo que sucede. A todas luces resulta insuficiente conocer la cifra de muertos al día por hambre, guerra… el dato exacto de parejas que conviven con la violencia en sus casas, ni los niños que sufren abusos… el número concreto de familias cuyo salario no llega para pagar la pensión en la que viven, que malcomen o duermen quién sabe dónde… la cantidad de inmigrantes que son desalojados de sus países en busca de un futuro prometedor y que atraviesan desiertos, o que han sido expulsados de sus pueblos a causa de la guerra huyendo de la muerte y que viven en campos de refugiados… Pero esos grandes males del mundo no son los únicos. Quizá sean los más visibles, de los que más se habla, los que más tocan el corazón (si uno está sensible, porque se puede ser sensible e inmune al dolor ajeno, al sufrimiento del otro; no sólo del lejano, sino del más cercano, del pariente, del padre o de la madre, del hermano…).

De los otros grandes males, de carácter más “de sistema”, “estructurales”, “envolventes” o “ambientales” se habla poco. Wikileaks se está dando a conocer porque “desenmascara” una gran mentira social en la que todos hemos participado. Una mentira que nos ha ocultado escenas y palabras que son fundamentales, hechos de una gran gravedad; una mentira que conlleva que unos deciden que el mundo se entere de una cosa, solamente, porque la otra no interesa que se sepa para que la gente no piense demasiado, o no cambie su voto, o siga aliado con el más fuerte. Nuestro mundo también prima un sistema –lo sabemos- en el que los poderosos son más “valiosos” que los que no tienen capacidad para hablar o expresarse. Nuestro mundo está acostumbrado a “hacer callar” a quienes pueden protestar, tienen quejas o se creen “demasiado libres” como para poder plantear alternativas. De hecho, a los que dicen “otras cosas diferentes” se les hace comprender rápidamente cómo funciona el mundo. Continuamente nos enteramos de que millones de euros están siendo destinados a esto, y otros millones a esto otro, unas migajas para aquí y otras pocas para allá. Y entre tanto, aparecen escándalos continuamente de corrupción. Nuestro mundo está enfermo. Le ha entrado un virus, no sabemos cómo llamarle. Pero está enfermo. Un mundo en el que se tira el alimento sobrante en los países del “norte-desarrollado” pero se impide que se pueda compartir con el “sur-empobrecido”. Un mundo que se lleva las manos a la cabeza cuando sucede un brote de Gripe-A, y todos los mecanismos internacionales crean un estado de “excepción” para evitar que se propague por el “norte” mientras en el “sur” las grandes enfermedades aquí curadas siguen corriendo, saltando y acampando a sus anchas sin que nadie quiera realmente ponerle remedio. El mundo está enfermo de consumo, de gasto, de envida, de competitividad… y de otros males como pueden ser la soledad, el aburrimiento, la desconfianza, la falta de fe, la comodidad, la sensiblería, la ausencia de compromiso o sentido, el dolor de cabeza frente a los grandes interrogantes de la existencia. La televisión nos enseña lo que quiere enseñarnos y nos entretiene con su música, colorido y emociones. Aunque las películas traten temas duros, salgo pensando que son actores. Cuesta creer, con sinceridad, que todo esto esté ocurriendo en el siglo XXI con tanta “racionalidad”, “desarrollo”, “democracia”, “paz” y “libertad” como predicamos. De Corea ya casi no se habla, y de Costa de Marfil no interesa hablar. El presidente de Camerun vive en París y para tomar decisiones importantes, más de quince estados “independientes”, pero endeudados, del continente negro tienen que hablar con el presidente de Francia, y muchos asiáticos preguntan a Inglaterra cuál es el precio al que deben vender sus materias primas. La violencia en América del Sur está a la orden del día, y desde la IIGM los muertos parece que han dejado de contarse por motivos ideológicos y raciales.

Mafalda decía, al darse cuenta de cómo estaba el percal: “Que se pare el mundo, que yo me quiero bajar.” Al menos tuvo el valor de enfrentarse con la realidad, no quiso conformarse. Llamó al doctor, en su ignorancia, para saber si se podía hace algo. La verdad no se calcula, la verdad se siente.

… el pecado.

Este panorama mundial puedo tomarlo a risa, puedo enfadarme con él, puedo ponerme a exigir responsabilidades a otros, puedo irritarme, puedo dejar de dormir… pero tengo que reconocer que me está afectando. No puede dar lo mismo vivir en el mundo “así”, tal y como está. No puedo dar por olvidados o superados algunos problemas gordos, como el sufrimiento de tanta gente, como el dolor de la humanidad. Si me paro a pensarlo, es algo que me cuestiona profundamente y que me introduce en un tipo de “seriedad” sobre la vida a la que no están acostumbrados los “estados” de las redes sociales en la que creo que está todo el mundo implicado. Mi acción no puede reducirse a dos o tres comentarios, un par de videos…

Todo empieza al saberse implicado en esta espiral y a reconocer que “me han trastocado la información”. Como si de un virus real se tratase, parece que el código de conducta, de pensamiento y juicio del hombre ha sido afectado. Ya no se puede pensar con rectitud, con libertad, con claridad ante esto. Tendemos, como Adán y Eva hicieron en el relato, a “echar balones fuera”, o a lavarnos las manos al más puro estilo Poncio Pilato. Aquí comienza el mal: en el hecho de sentirlo lejano, ajeno, de otros, y sin responsabilidad personal. Nuestro mundo ha sido astuto en este sentido. Nos permite contemplarlo y “sentirlo”, pero como algo de otros. Nos inmunizamos al hablar de ello como si nada pasase realmente. Y sin embargo, cuando nos percatamos, y abrimos los ojos, nos damos cuenta de que todo esto también sucede en nuestro mundo, a nuestro alrededor, bajo otras apariencias; pero sigue siendo el mismo mal que en otros lugares mata y desprotege, deja raquíticos los cuerpos de otro mundo pero en el mío se convierte en carencia de espíritu y entusiasmo. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué tanta impotencia? ¿En qué nos hemos contagiado? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Tiene remedio? Si somos todos… ¿tampoco debe ser tan malo? ¿Me permitirá seguir viviendo igual que hasta ahora?

A todo lo anterior, con distintos nombres, el hecho religioso le llama el pecado. Es un terrible virus. Que algunos pretenden ignorar, sobre todo si creen que viven felices, si pueden tener algunas aspiraciones, si se manejan bien o si han nacido en la parte del mundo que corresponde. El pecado es el nombre religioso que se da al mal, al sufrimiento y al dolor en el mundo, en uno mismo y para con los demás. No se puede controlar, no se reduce a tres o cuatro cosas, ni a diez mandamientos. Es más profundo, ha llegado a tocar el “software” de la persona, sus criterios, su voluntad, su libertad.

Es evidente que todos tenemos experiencia de este mal. Lo hemos vivido. Nos ha herido con una mentira, nos hemos sentido frustrados y vacíos ante promesas que no llevaban a nada, engañados por personas que creíamos cercanas. Hemos dado sin recibir nada a cambio, o incluso recibiendo desprecios. Hay quienes ya se van dando cuenta de cómo funciona en el entorno el egoísmo, las envidias, las prepotencias y soberbias, y del grado y medida en que afectan a la propia persona, hasta dejarla “marginada”, “inco-municada”, “insatisfecha”. “Tanto tienes, tanto vales”; no es algo tan lejano. “Mírate al espejo y descubre tus posibilidades”; no podemos decir que es algo que no sucede realmente. “Haz lo que sea”; por ser el primero en lo que sea, en clase o fuera de ella, si no puedes en los estudios busca destacar en otros campos. Todos hemos vivido lo que supone la superficialidad y el daño que provoca la crítica, el desprecio. No es algo de las películas, es algo real ante lo que no puedo cerrar los ojos. Y mucho menos si me afecta o le afecta a alguien cercano. La división está a la orden del día, las rupturas, los proyectos que fracasan y se hunden, las ilusiones que son cortadas de raíz cuando se tachan de ingenuas. Lo que defendemos como “tolerancia” pronto cambia y se convierte en “falta de respeto”, “exclusión”, y se escuchan comentarios todo el tiempo respecto a grupos sociales, ante los que nadie puede decir nada. La violencia, en casa y fuera de ella, provoca inseguridad. El mal es una realidad de nuestro mundo, que para ser comprendida realmente, no vale con meterla en una estadística, enumerar causas y consecuencias, y hacer un estudio de mercado. Para saber qué es, hay que vivirla. Y todos, tristemente, hemos visto algunas de sus caras. Algunos, hasta la desesperación, hasta llegar al sinsentido, sin poder decir nada más, simplemente sufriéndolo.

  1. El pecado social o estructural. Es la maldad que hay en mi mundo, que no depende de mí pero de la que sí formo parte. Es cierto que no soy su responsable, pero también me implica. Participo de él, porque el pecado es siempre algo personal. El propio pecado estructural mueve al engaño para que nadie se salga de sus cauces, ciega para no ser visto y deja sordas a las personas para no ser notado.
  2. El pecado individual o personal. Es lo que yo vivo, lo que yo hago, en la medida en que yo me implico. Tampoco es agradable reconocerlo, por lo que se tienden a dar miles de explicaciones sobre él. Una vez causado el daño, ya no se puede hacer nada más. “Lo hecho, hecho está”, “lo dicho, dicho está.” No somos seres que sufren, sin más, sino que también participan de su lógica destructiva, de división y de sin-sentido. Tampoco es controlable y se escuda, no pocas veces, en “lo que todos hacen”, en la “propia debilidad”, en los “hábitos mal adquiridos”, en la “falta de fuerza para luchar contra él”.

Con todo, conviene recordarnos que esto no puede ser todo lo humano. Que el mal, de hecho, no puede ser humano del todo. Que es inhumano, indigno del hombre. Pero hay que reconocerlo, desenmascararlo.

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Un pensamiento en “El peor virus humano

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