De compras… y a lo loco.


Reflexión de Navidad,

fuera de la Navidad.

Porque hay tiempos y riesgos

que son eternos

o siempre están presentes.

Sí, de compras. Pequeñas o grandes, da igual. Pero estos días hay que tener detalles para todo el mundo. En estos días nos damos cuenta del “valor de las cosas”. Cierto. Que no es lo mismo que nos encandilemos por algo de 100€ que por algo de 1000€, y la diferencia está en un cero del escaparate. O lo que es lo mismo, diez veces más. Días para saber “cuánto vale” la relación que tengo con las personas de alrededor, para acordarme de los más lejanos si estoy lejos, y para los detalles –si es que así me han educado- con todo el mundo al que debo agradecer algo. Ir por la vida tiene mucho que ver con ir de compras. Acercarse, mirar, sorprenderse, entrar, probar… y algunas veces salir con algo, otras veces sin nada, y otras también con lo puesto. Y todo tiene un precio, menos lo gratis. Tan duro, como cierto. Incluso a la solidaridad, inocentemente según parece, se le asigna un número y nos alegramos mucho cuando es muy grande, y seguimos viendo si crece y crece hasta el último minuto. Compartimos durante estos días paradojas insalvables racionalmente: comer opíparamente, mientras contemplo (o cambio de canal) escenas de humanidad deplorables.

Son días en los que vamos de compras para otros pensando muchas veces en lo que a nosotros nos puede “caer”. Cuentan los ingenieros de marketing de las grandes empresas que gran parte de su trabajo consiste estos días no sólo en vender a quien entra por sus puertas, ni siquiera en atraerlos para que entren (algo ordinario durante todo el año) sino en hacerles ver que, durante estas fechas especialmente (por mucho que se adelanten las compras de Navidad, otros han pensado antes que tienen que vendernos muchas, muchas cosas) tienen que desear para ellos grandes cosas. Si desean poco, regalarán poco, luego comprarán poco. Si desean mucho, regalarán mucho, esperarán mucho, y los demás tendrán que satisfacer sus expectativas. ¡Tremendo! Cuando uno va de compras, compra con el deseo sencillamente. Tú das el primer paso, otro vendrá que haga “el trabajo sucio”. Y esto, incluso con los niños. O en el caso de los niños, puede resultarnos más evidente. ¿Para quién se hace Cortilandia, para quién se decora el primer gran pasillo de los centros comerciales, para quién son la mayor parte de los anuncios de estas fechas en horario de “todos”? ¿Para alguien que puede comprar por él mismo, o para alguien que depende de otros para “salirse con la suya”?

La cuestión, y a lo que íbamos, es que todo tienen, hoy por hoy, un precio. Y es tiempo de salir al mercado y valorar. Que es lo mismo que sopesar, calibrar, evaluar, tasar, calcular, valuar, medir… en algunos casos con precisión (esto no vale dos duros, no merece la pena el esfuerzo) y en otros bajo el signo de la estimación, del aproximadamente, o de las tendencias al alza o a la baja si se trata de inversiones poderosas. Que implica, a su vez, reflexión bien hecha, juicio despierto y no condicionado, mirada amplia y objetiva (al menos no demasiado restringida a lo que siento en estos momentos, a lo que puedo pensar en proximidad con algo sucedido hace poco; centrada en los demás, más allá de mí mismo). Por no hablar de lo que supone, dentro del valorar, el mirarse a sí mismo y darse cuenta de con qué recursos cuento para agradar al otro. Aquí –en este mundo- quien poco tiene, poco vale. La lógica, es aplastante. Si compras poco, te regalarán poco. Si te regalan poco, saca las consecuencias o sé comprensivo. Pero si ves que a otros sí, y a ti no, enseguida “vienen los demonios”. “¿Por qué a él sí y a mí no?” Ergo, como si fuera la pescadilla que se muerde la cola, sin saber cómo ni por qué, acabamos de dibujar un círculo en el que “midiendo a los demás, termino siendo medido” con la misma intensidad. Si se trataba de sentarse pacientemente, de ir por las tiendas con tranquilidad y sosiego… puede que hayamos despertado todo lo contrario.

Pero criticar y destruir es fácil. ¿Quién es capaz de construir algo diferente sin salirse de este mundo en el que vivimos? Hay dos caminos fáciles: negar la realidad o negarme a mí mismo. Así la relación que se establece, para cualquier cosa, entre el entorno-circunstancias y yo-persona, quedaría “salvada”. Sin embargo, la propuesta de Navidad no puede ser “escapar” a otro planeta, ponerse una bufanda-burka de última moda para salir a las calles, o negarse a participar de tantos eventos como se suceden estos días más allá de las redes sociales de internet (porque existen amigos, de hecho, y familia, de derecho, fuera de ellas). Durante un tiempo, una persona que conozco, en lugar de tomarse las uvas, se iba a leer libros, el mejor libro que había encontrado en ese año. Unos cantaban y bailaban en las calles y en el comedor de su casa, mientras él, con los casos puestos y armado de “rocín flaco y galgo corredor se asía con fuerza a un duro tomo escrito por alguien probablemente muerto”.  La propuesta real debe ser otra. ¿Quién la hará? ¿Quién tiene el “valor” de salir y decir que “esto no” caminemos “en otra dirección”? A ése, pobrecillo, se le va a despreciar, hacer de menos… o aparecerá en un video en youtube subtitulado en 100 lenguas para que todos podamos hacer comentarios jocosos, burlescos, hirientes. Sólo una propuesta terriblemente loca, atrevida, arriesgada, de esas que todos queremos vivir, puede introducirnos en un mundo diferente, o situarnos de forma diferente en el mismo mundo en el que vivimos. Hay veces que nos suceden estas pequeñas “metanoias” –conversiones- y no “paranoias” –despistes, confusiones, quebraderos de cabeza que no llegan a nada-.

La propuesta sólo puede nacer de la locura. Locura, término que aparece por primera vez en el Cantar del Mío Cid, hace 800 años por tanto, en el verso 1140, y de la cual palabra se sabe más bien poco sobre su origen, pero se relaciona con la palabra “lugar”, en tanto que el “loco” está “fuera de lugar”. Locura que viene normalmente acompañada por el “hablar” de forma diferente, por el “mirar” de forma diferente, por el “obrar” de otra manera. Toda la historia de la Navidad nace de la “locura” de Dios al venir a nuestro mundo, y su aún más terrible “nacer en un rincón”. Esa “locura de Dios” la hemos absorbido como parte de nuestro mundo restándole todo cuanto tiene de estridente, desmedido, terrible y provocador. Ponemos y vemos el “Belén” en lugares fastuosos, como si pudiese “recortar” un pedazo de la historia y “pegarlo” en otro diferente. Celebrar el nacimiento de Jesús no es similar a la alegría por un nuevo hermano nacido, sino porque Dios está con nosotros. Esa es la forma de “valorar” Dios nuestra humanidad. Si tiene algún precio, es el precio de Dios. Nada hay que esté, por lo tanto, a la altura de ese coste en nuestro mundo; nada se puede intercambiar por él. Es más, sólo Dios ha sido capaz de “poner el precio justo” a los hombres; el resto son rebajas de humanidad, desprestigio para la empresa que los vio nacer, o “restos”, “stocks” que aprovecha para ser vendidos al mejor postor, siempre pendiente de menor precio posible.

La Navidad es por lo tanto la fiesta de la humanidad, en su esplendor y grado más alto. Invitación a reconocer que no podemos comprarla, ni debemos dominarla, ni se puede ajustar. Una fiesta a la que puedo asistir como invitado o como criado, como amigo del Señor o como paladín de la corte, o bufón mofado. La entrada es gratis, de hecho, se llama “gracia”. Es aquello que Dios reparte a quienes quieren acoger esta buena noticia: sean magos venidos del oriente bajo el signo de una débil estrella, despistados y sorprendidos al no encontrar al más grande entre los poderosos de nuestro mundo, y emprender nuevamente el rumbo hasta encontrar a una Madre; sean los pastores, cuidadores del rebaño y alejados de los ruidos, entregados a duras tareas y a la humillación de un trabajo farragoso, costoso, rudo y entre animales, pero que son capaces de escuchar una “música celestial” que les hace tilín, por la que se interrogan, por la que se ponen en marcha. Por mucho que quieras a alguien, la entrada en la Navidad no se la puedes dar tú, tiene que recibirla él. Por mucho que le encuentres triste, desolado, abatido, desesperanzado, agobiado o herido, es un juego que establece con Dios de forma personal. Tú le puedes invitar, puedes mediar, puedes interesarle. Pero ahí termina tu camino. El resto, es propio de la libertad.

Sólo Dios puede hacer una propuesta diferente a lo normal, despertarnos del letargo que nos adormece. Parece que grita, durante estos días, Jesús ha venido al mundo, puedes encontrarte con él; pero la gente hace oídos sordos, compromete demasiado, no pega en lo “ordinario”. Pero Dios está lleno de razones.

  1. Déjate cuestionar. Ya que todo rezuma “por el mismo sitio”, al menos interrógate por qué cantas lo que cantas, por qué dices lo que dices, por qué celebras estos días.
  2. Con contenido y cargadito. No Navidad de “garrafón” que provoca dolores de cabeza. Sino la de marca, la auténtica Navidad. A lo mejor es un poco más “cara” y no se sirve en cualquier sitio. Vamos pasando de puntillas por la vida, dejando que pasen los acontecimientos sin más, y tenemos oportunidad de dejarnos llevar por tanta “luz en la oscuridad”, “alegría en medio de la crisis”… Estos días, al final, harás lo que puedas, no lo que quieras. Pero que en ese “poder hacer” haya un sentido, un interrogante, pon tu vida en ello. Marca: “Dios pasa por tu vida”.
  3. Sin rebajas. La Navidad es austera desde sus orígenes, y no se puede reducir más. Lo único que requiere es humanidad. Surge en un lugar pobre, como inmigrantes en tierra extraña, donde les ofrecen un espacio para dejarse “caer”. Siéntete, en algún momento, “extraño”. Párate y mira a tu alrededor cómo va la gente.
  4. Te mereces una fiesta. No te mereces menos, no te conformes con menos. Quien no se valora a sí mismo “por lo alto”, es despreciado incluso en las rebajas. Dicho de otro modo, la Navidad es para las personas, no las personas para mantener la Navidad. Te mereces una “fiesta” fuera de lo normal y que te haga bien; no una “fiesta” que te saque del mundo, te lleve a Marte, y al día siguiente te estrelle contra lo ordinario con una sensación terrible de vacío, de añoranza y desconsuelo. Si vas de fiesta, sal de casa con un motivo de celebración, no para buscar algo que celebrar.
  5. Llénate de Vida. Lo necesitas. No sólo comida, aire, bebida, música. Necesitas vida para seguir con fuerza. Y la Vida, se recibe; sólo Dios es capaz de compartirla.
  6. Silencio, que llega. Si lo esperas, vendrá. Si lo buscas, lo encontrarás. Dios es quien nace, no uno más de nosotros, no una persona especial. Y esto supone un misterio para el hombre tan incomprensible que requiere de silencio y de una mirada profunda.
  7. Sal de compras. Y cómprate a ti mismo, gánate a ti mismo, quiérete a ti mismo. Quien no es capaz de esto, se verá comprado, vencido y mendigará amor por cualquier rincón. Cuando vayas a comprar, tampoco te olvides de quién eres y de que las cosas “están a tu servicio” y no viceversa. No les pidas a las cosas lo que tú mismo no puedes darte. Tampoco intentes comprar a nadie. Te pagarán con la misma moneda.
  8. Detente entre los tuyos. No en los escaparates de las tiendas. Siente la necesidad de tu gente, de relaciones fuertes, estables y vinculantes. Es por excelencia tiempo de paz, de atención a los demás. Pero al final, suelen currar los de siempre en medio de fuertes disputas. Agradece estos días, busca tiempo para el cariño, el contacto y para abandonar el egoísmo.
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4 pensamientos en “De compras… y a lo loco.

  1. Me asusta pensar que detrás de muchas campañas haya todo un mundo sin escrúpulos, donde lo único que cuenta es la ganancia económica. Me aterroriza descubrir que no se piense en el bien de la humanidad. ¡Que todo vale para alcanzar el fin último! Tenemos que cambiar esto y sólo puede hacerse desde la gran reflexión que nos ofreces sobre la Navidad. ¡Gracias por invitar a detenernos y contemplar! Un abrazo

  2. La navidad es una época que nos invita a regresar a nuestra naturaleza espiritual, a reconciliarnos entre hermanos y con nuestro Padre Dios, a recibir a Jesús y contemplar la humildad de lo que fue su nacimiento y de lo mucho que se puede hacer. Personalmente suelo dar regalos a los niños de mi familia , porque veo en ellos a Jesús, y a mis padres en agradecimiento eterno por todo lo que hicieron para mi, y en familia compartir este gran acontecimiento en unidad y amor, me parce que es un buen regalo para todos.
    Gracias Padre

  3. Pingback: Post publicados en Octubre 2011 | Preguntarse y buscar

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