Palpas las iCosas y dejarse tocar por Dios


Palpar es más que tocar, es experimentar, manipular con intención. Supongo que todo joven sabe qué es un iPod, iPhone o iPad, o todas las iCosas que hay en nuestro mundo, sean Apple o Android o de lo que sea. Alguna que otra persona mayor, de esas que está cercana a los avances tecnológicos de la Generación Y pero no comprende su forma real de pensar, también sabe lo que son igualmente.

Lo que ahora se lleva, lo que está de moda, estar a la última y al último grito,

  • no es ver en alta calidad o poder disfrutar imágenes o videos en cualquier momento,
  • ni escuchar música (mi música o la de cualquier otro gracias al Bluetooth –palabra curiosa-) al instante pudiendo seleccionar una serie de pistas entre los Gb de mi tarjeta de mini-memoria Secure Digital creada por Panasonic e incrustada en cualquier realidad virtual que pueda conocer –incluida la Wii o Nintendo DSi-,
  • ni estar disponible –localizado, geolocalizado voluntaria o involuntariamente- para cualquier persona y poder localizar cualquier punto en el mapa hasta llegar a él, o simplemente saber si está lejos o cerca de mi posición actual gracias a los GPS integrados,
  • ni siquiera la capacidad de disponer de todos los recursos de internet en cualquier lugar de la ciudad, incluido en metro, convirtiéndose en una terminal capaz de interactuar con el resto del mundo a través de las web, del correo electrónico o las redes sociales.

Lo que ahora se lleva es palpar, touch (“put body in contact with something”). No se busca ser alguien extravagante, extraño, estrafalario o fanático. No se quiere ser original. Todos lo tienen. Lo sabemos. No es de frikis (freak, en inglés). Todos están en lo mismo, con lo mismo, disponemos de lo mismo. Lo sabemos. Se busca palpar en la vida todo lo que decimos que existe en una realidad virtual que no podemos dominar del todo. Por eso el avance touch me pone en contacto de forma diferente con lo real. Lo que tengo entre manos, lo que llevo en el bolsillo es algo que puedo tocar. Eso provoca sensaciones diferentes a las de teclear viendo en una pantalla, menos directo, más impersonal. Ahora toco, palpo. Insistimos en que no es una cuestión simplemente de moda, no es por lo material ni por el consumo, sino que es algo “normal”. ¿Cómo no querer lo mejor para mí? ¿Cómo no buscar lo más humano?

Y me gustaría además dejarme tocar por esa realidad. Ya se están estudiando estas opciones. Quisiera, es el siguiente paso de la voluntad -de la que se aprovecharán- que también interactuara conmigo. En el fondo sé que las limitaciones de mi vida real se están trasportando también a la virtualidad y lo efímero del mundo en el que hasta ahora creía que era prácticamente todo posible. Hay que superar lo que ahora siento como debilidades de esta realidad para continuar explotando su capacidad tecnológica. Dicho de otra manera, hay que salvar lo virtual para que no caiga en lo chabacano del mundo en el que me muevo. No puede ser verdad, no se puede dejar que un sueño de tan poco tiempo, y que es común y engancha a todos, perezca tan rápido. Hay que continuar innovando –haciéndolo todo nuevo- con más profundidad para que conecte definitivamente con todo lo humano que somos.

De momento entra y cae, con la frustración que provoca al sujeto de hoy, dentro del reino de los sueños, casi alucinaciones, de un futuro que como entendemos que va siempre progresando y mejorando, no puede frenarse. Aunque la fuerza que nos mueva o mueve es que creemos que es posible. Y si es posible, sin duda alguna hay que explotar –por bien de todos, de todo, de nuestro bienestar- los recursos de los que disponemos: inteligencia, voluntad, trabajo en red, conocimientos, dinero, empresas… Nada nos parará si alcanzamos resultados –aunque pequeños- a corto plazo que nos hagan continuar soñando a medio plazo. Mucho más no seremos capaces.

La tecnología y la ciencia están al servicio de algo más que así mismas. No son buenas por sí mismas. Requieren aplicación y utilidad. ¿No es así? Aunque tampoco nos preocupamos demasiado cuando comprendemos que son realidades que se autoalimentan o retroalimentan continuamente.

La nanotecnología es reflejo de lo pequeños que somos, de la necesidad de que todo sea ínfimo para que sea portable y pueda “venir con nosotros” (expresión diferente de “llevarlo”, que sería estar cargando todo el día con algo). Nanotecnología que no puede excederse porque lo humano tiene unas dimensiones precisas si quiere seguir siendo realmente humano. No puede desaparecer. Tiene que ser lo suficientemente “mediano” para conjugar ambas realidades: portabilidad y humanidad. Lo demasiado pequeño cae fuera de mi alcance, se puede perder, carece de sentido y significatividad, no es visible ni aporta comodidad. Lo que es demasiado grande deja se de ser manejable, no puede acompañarme, ocupa demasiado espacio y se come otras cosas y ámbitos de la vida que debo dejar libre para sentirme libre y no llevar un peso excesivo. En el término medio está la prudencia. Pero además, nanotecnología es símbolo de unificación de la vida humana frente a la fragmentación excesiva de la realidad. Hubo un tiempo, que pocos recuerdan, en el que poder disfrutar de la excelencia virtual suponía llevar móvil tocho, llevar MP3 con sus cascos, cuidar el GPS que llevábamos en la guantera del coche, estar sentado frente a un ordenador fijo con conexión telefónica y disfrutar una magnífica PALM o PDA… todo en el mismo bolsillo de la cartera, las llaves, los carnets, las monedas… Ahora, todo en uno. Como nosotros, todo en uno.

También todo lo religioso camina en la misma dirección. Las búsquedas del hombre van en la misma línea. Son sus ansias por alcanzar lo humano lo que más le acerca a Dios. Y en todo este camino, un reto. El de la no-división de la conciencia, el del servicio de todas las cosas en la misma dirección, el de la esperanza de lo posible que en el corazón del hombre es como una llama que nunca terminará por extinguirse. Generación tras generación –como se expresa la misma Escritura- buscan en su historia y en su momento saciar una sed que se prolonga más allá de ellos mismos. Necesitamos salvar los sueños que no controlamos. Y vivimos como si fuéramos los únicos que nos hemos planteado ciertas cuestiones con radicalidad y tocásemos por fin el verdadero sentido de todo lo que nos sucede. Y toda Generación vive lo humano con especial pasión, sin despojarse ni poder prescindir de ello, y es el común que les enlaza con otras personas. La Generación de la tecnología intenta hacer de la tecnología algo humano, y tiene éxito en la medida en que se convierte en un eco que les recuerda que no son robots.

La Generación Y es una generación que escucha y lee como ninguna otra lo ha hecho. Le impresiona el silencio, se calla ante una imagen. Deja que la realidad le hable. Y quiere que le toque en lo profundo. Por eso es una generación especialmente espiritual, despojada de las preocupaciones materiales aunque encadenada a un mundo que pretende cerrarse sobre sí mismo. Una generación que se pasa delante del ordenador tanto tiempo que el contacto humano busca que sea intenso, continuamente especial. La Generación del click informático desea con ansia hacer click en los demás, en los que le rodean pulsando la tecla –afectiva normalmente- precisa. Busca encontrar ese resquicio. Ese toque que genera vida nueva.

En relación al hecho religioso, las palabras que hemos puesto respecto al iPod coinciden en gran medida con la forma de vivir y expresar su fe. Si en otro tiempos era una cuestión social, hoy pasa a ser personal que nos toque, que nos emocione, que nos ofrezca libertad y seguridad, que vaya en conformidad con los tiempos, que nos dé identidad. Es tan personal como el iPod, que muchos llevan pero sé que es mía. La fe tiene formas diferentes que recubren lo fundamental y que hacen que sea mía, sin duda alguna mía. Pero nada es definitivo hoy. Todo es susceptible de cambiar, y debe hacerlo. Cambiamos la pantalla del móvil y sabemos que la fe que tenemos, por muy personal que sea, tiene que cambiar conmigo y adaptarse a lo que vivo.

Se impone, para tratar cualquier asunto con seriedad en la sociedad de los medios de comunicación, un esfuerzo ímprobo por despojarse de prejuicios que inundan al sujeto (epojé). Lo que vemos, lo que palpamos, no es simplemente la realidad sino un objeto dominado por actos intencionales. Si nos acercamos a algo es porque algo andamos buscando, tenemos y portamos una intención en cuanto hacemos y pretendemos buscar. Sólo podemos pensar, entonces, aquello que ya hemos dominado –aunque sea en deseos, sueños y voluntad- y que creemos que está controlado –algo que por otro lado es una continua lucha, que nunca termina-. El primer paso para la fe es el verdadero despojo de los prejuicios que me puede hacer ver, de alguna manera, la esencia de las cosas, de lo real. Dicho sea de paso, la fe hoy es un combate contra los prejuicios, también, de los demás y del contexto en el que vivimos. Alguien puede contar que le hace feliz jugar al mus y la Wii, pero parece increíble que se pueda encontrar sentido y profundidad en un diálogo desde Dios, en la voluntad de ser como Jesucristo. Puedo identificarme con un cantautor o un futbolista, pero si me encuentro a mí mismo y me fortalezco en la oración… esto nadie quiere escucharlo. ¡Aunque sea una felicidad verdadera y duradera, una alegría plena y distinta!

La fe en este sentido no es un conjunto de verdades ni un código ético, sino una actitud vital y profundamente intencional que me lleva a las preguntas por la esencia del mundo. La fe, que es confiar en medio del misterio, acoge de forma especial la realidad desde la revelación, pero no de forma acrítica, sino personal. Hoy más que nunca es evidente que se buscan respuestas, que nos cuestiona el sentido de lo que nos sucede. Dos minutos hablando, en serio, con una persona nos descubren su lucha por confiar y mirar positivamente el mundo, a pesar de las dificultades que afrontamos y el ritmo de vida que llevamos. La fe es, en medio de este caos –que hoy no incomoda- luz que orienta, que fortalece, que provoca esperanza y pone en marcha a la persona. Una fe que, en medio de un mundo de cosas y constataciones (donde el método científico e hipotético deductivo puede aplicarse a toda realidad a través de pruebas, experiencias múltiples…) es identificación con el misterio y me hace entablar un diálogo especial con lo verdaderamente humano. No puedo separar la fe de la realidad sino constatar su validez en ella, ni puedo dividirme en dos sujetos: el creyente y el humano.

Busco palpar a Dios. Y por la fe dejarme tocar por él. Esto es lo que se pide a Dios. Pero ponerse a tiro, estar dispuesto a vivirlo realmente… son palabras mayores. La religión proclama que es posible. Que Dios es más real y más humano, sin artificios ni esfuerzos que tantas y tantas cosas que nos rodean y que provocan insatisfacción. En Dios también se puede palpar la humanidad, la “demasiada humanidad” que desearíamos para nosotros.

 

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