Conectar los puntos


Este post es un homenaje a un hombre que se ha ganado el aplauso y el respeto de muchos, Steve Jobs. Así es como comienza la primera de las tres historias que contó a los jóvenes que se graduaban en la Universidad de Standford, en algún lugar de América. Y que os invito a ver en alguno de los muchos rincones en los que está puesto en la web.

“Conectar los puntos” es una expresión que utiliza para decir cómo van sucediendo “personas y cosas, momentos y lugares” en la vida que, aunque aparentemente no tengan sentido, al final -sólo para aquellos que se han dado cuenta y quieren hacerlo- dibujan algo grande sin lo cual la vida no hubiera tenido el mismo sentido. Y es cierto que esas experiencias, tomadas aisladamente y sin la tranquilidad suficiente, quedan para la historia como puntos. Unos serán negros y oscuros, difíciles de olvidar; y otros serán blancos, claros y sinceros, que a la memoria pasarán desapercibidos con excesiva facilidad.

Algunas veces, no pocas, pienso que los jóvenes del entorno en el que vivo desprecian demasiado las cosas buenas que tienen, lo que sucede en su vidas con la normalidad de lo que está asumido socialmente como una ventaja, y los acontecimientos positivos sólo tienen en ellos la función de seguir llamando a otros momentos mejores. Pocas veces, al menos, e insisto en que es una visión particular, veo a un joven detenerse a pensar qué es lo maravilloso que hay en su vida. Después de las vacaciones hemos vuelto a juntarnos en uno de los grupos que acompaño, esta vez eran niños pequeños, y les he preguntado qué ha pasado de bueno en los tres meses que han estado prácticamente de vacaciones sin mayores preocupaciones. Más de uno dijo, sin preocuparse demasiado, que nada. Ya me preocupo yo por ellos.

Lo excelente de la vida se esconde en pequeños detalles que se repiten demasiadas veces. Lo excelente de la vida no puede ser dos o tres días de un año, porque eso sería lo mismo que decir que el resto es vulgar, que no merece ser vivido, que no tendría sentido haber pasado por esos segundos, minutos y horas. Si todo se redujera a cuatro momentos, la vida humana carecería de sentido.

Ayer, no me retorno mucho más, pedía a mis alumnos, esta vez un poco más mayores, que me respondieran a una sencilla pregunta: “¿Por qué te levantas por la mañana?” Las respuestas más sencillas creo que son también las más sinceras: “Porque suena el despertador.” Es decir, porque alguien/algo me dice que tengo que salir de la cama y coger rumbo a otro sitio. Y pienso, porque no puede ser de otro modo, que sería todo mucho mejor si tuviesen la sensación de que hay alguien esperándoles para conversar con ellos en la escuela, que hay algo nuevo que aprender y que es interesante dedicarle tiempo, esfuerzo y pasión, que levantarse por la mañana es la mejor forma de romper la vulgaridad y retomar la vida para seguir adelante creando algo nuevo. Sin embargo, esa cotidiana experiencia de aprender, de encontrarse con amigos, de saludar a su familia, de disfrutar de ventajas que otros ni siquiera son capaces de soñar… para ellos es normal.

¿Qué sentido tiene todo lo que nos ocurre? ¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué a mí y no a otros? ¿Por qué soy yo el que siente esto, el que quiere esto, el que busca esto, el que desea esto, el que quisiera cambiar el mundo, el que disfruta con los pequeños en la escuela, el que se levanta con ganas de ir a la escuela, el que disfruta estudiando, leyendo o escribiendo? Cuando nos preguntamos sobre las cosas pequeñas, y somos sinceros, también se dibuja un camino vocacional diferente. Entre mis preguntas de joven -no hace tanto tiempo, la verdad- tres descubrimientos fueron lo suficientemente significativos como para aventurarme en el camino escolapio y después en el proceso del sacerdocio: lo primero fue, sinceramente, que disfrutaba entre los más pequeños y los jóvenes, y creía que si les damos algo realmente importante desde pequeños crecerán felices para toda la vida; lo segundo, que me encontraba muy sensible a cosas que a la gente de mi alrededor le parecían extrañas, pero a mí absolutamente normales, como era la justicia, la fraternidad, el hacer bien a los demás; y lo más importante, que me sentía profundamente amado por Dios, descubierto por Dios y, no sé cómo, deseaba ser como Jesús para el mundo. Conecté esas tres cosas, sencillas por separado, y aquí estoy. Esos tres puntos fueron tres dones de Dios para mí, a los que respondí con mucha disponibilidad y confianza, fiándome de su Palabra. Esos tres puntos fueron durante no poco tiempo motivo de diálogo con amigos, con otras personas mayores que podían ayudarme y conmigo mismo; se hicieron también oración. Y aquí estoy.

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