Deseos y necesidades


Una distinción clara entre ambos, desde el inicio, no nos vendría nada mal. No es lo mismo un deseo que una necesidad, y confundirlos convertirá nuestra vida en una realización continuamente tendente a la insatisfacción (no a la satisfacción) y muy probablemente establezca relaciones sociales en orden a la injusticia (y no a la justicia). Las necesidades son aquellas que reflejan aspectos de la humanidad sin las cuales la vida no es posible, y por lo tanto reclaman una atención pronta y temprana. Los deseos por el contrario son ilimitados, procuran siempre “más” y por consiguiente son caprichos, tendencias, gustos, o expresiones personales. Desde esta perspectiva, la de la esencialidad y la de accidentalidad, parece que son fácilmente distinguibles. Al menos por comparación.

Y no estaría mal que, a casi cualquier hora del día y en la mayor parte de circunstancias, pudiésemos plantearnos si esto es realmente esencial y necesario, o si es sólo accidental y, por tanto, caprichoso según su grado. No todo a lo que estamos obligados es ciertamente una necesidad. Y tampoco conviene creársela para dejar espacio a la libertad, y continuar por esa senda. 

Realizar un elenco de necesidades no es tarea sencilla. Clasificamos más rápido aquellos que son condiciones esenciales para la vida biológica del ser humano, como el comer, beber, dormir, respirar… y pocos más, muy contados. Otros que consideramos igualmente como “necesidades” son de un orden también material pero dirigidos a aspectos de la vida humana más allá de la biológica. Inciden en otros aspectos, tal como se recoge en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su dignidad. Esto es, para que la persona no ocupe un lugar en el mundo que no sea propio de su ser persona, y atendiendo al desarrollo y estructura social de los pueblos, hablamos de otras necesidades como la de tener una casa, disponer de vestido, ser tratado como persona y no como esclavo, poder hablar y expresar su opinión, disponer de la capacidad para reunirse y asociarse… Y estas dimensiones de la vida humana son necesidades, algunas más materiales que otras y más fáciles de garantizar que otras, que superan con creces lo que habitualmente estamos considerando socialmente.

¿Por qué no insistimos con igual importancia, ya que lo sabemos, en otras necesidades más altas como el amar y ser amados, como vivir una vida que merezca la pena ser vivida, como descubrir la propia vocación? ¿No interesa descubrir la necesidad del prójimo, la necesidad de Dios, la importancia de la trascendencia? ¿La necesidad de ser perdonados, de superar nuestras limitaciones y debilidades por el lado de la misericordia, de levantar las banderas que no separan personas, de estar en un lugar donde no haya guerra y reine la paz? ¿No necesita la persona realmente todo lo anterior de verdad, sin mediocridades y sin engaños? ¿Por qué no se lo damos, por qué no procurarlo, por qué no despertar a la humanidad que está esclavizada en su ignorancia?

Por otro lado, los deseos han ocupado en los países desarrollados un terreno resbaladizo de confusión y de engaño. Y ha sido absolutamente a propósito y totalmente planificado. Un ejercicio de sistematicidad en la que los sujetos individuales han perdido conciencia y criterio para distinguir unos de otros, y para distinguirlos además en sí mismos. Los deseos se hacen pasar por necesidades, y de este modo ejercen un poder inusitado sobre los sujetos y sobre sus capacidades. La satisfacción personal y sus posibilidades de desarrollo se vinculan “necesariamente” a la posesión de ciertas comodidades, a la capacidad para realizar una serie de acciones que le saquen de la normalidad, y, en cierto modo igualmente, al valer, al tener más y al poder sobre otros que tan poderosamente sustenta a nuestra sociedad consumista. Palabra, esta última, que refleja con acierto el trato que la persona da aquello con lo que pretende saciarse.

Se indica de algún modo en toda la reflexión que, cuando una persona garantiza unos mínimos, no siente que haya terminado ni de lejos su periplo por esta tierra. Que buscará más, avanzará más, y permanecerá continuamente a la espera de novedades. Porque si algo tiene de peculiar la humanidad es precisamente este inexorable avance y crecimiento, que podríamos denominar desarrollo, autoexpansión o fortaleza por encima siempre de aquello que ya posee, en lo que está situado, donde vive. Dicho de otra manera, la no adecuación de la persona ni con su entorno ni con su circunstancia, por mucho que se empeñe en hacer de estas algo personal. Un grito se levanta por encima de las necesidades y de los mínimos, el grito del más, de la plenitud, de la verdadera humanidad.

Y es precisamente hacia este punto, y no hacia otro, donde deberían estar todas las miras puestas. Y no lo están. Si la economía lo supiese y conociese el servicio que debería prestar al hombre y a la mujer de hoy, si las personas tuvieran claro esto previamente, todo cambiaría. Pero permanecen sordas, como lo han hecho durante tanto tiempo, a la injusticia, al mal, a lo verdadero, a lo útil en el mejor sentido de la palabra, y al cambio que pueden provocar en el mundo. Se rigen por otras normas distintas de las de la moralidad más básica y humilde, por muy bien elevadas y situadas que están en la cima de todas las miradas. La economía, ahora que ha dejado de ser algo subyacente y oculto como lo era en otros tiempos, y se ha mostrado a la luz en su crudeza desde hace tiempo, mucho antes de la crisis que padece esa parte del mundo que es adinerada y que buscaba los primeros puestos, permanece inquebrantable en hacer de la codicia su principal objetivo y ha intercambiado el “ser más” de lo humano por el “tener más” de lo injusto.

Sobre deseos y necesidades nunca estará todo dicho. Aunque lo básico sea nítido a los ojos de todos. ¿Qué hubiera pasado su hubiésemos puesto como necesidades realmente humanas el “amor incondicional” y la “justicia con los más pobres” en lugar de las vacaciones con todo pagado al menor precio posible, los pantalones más elegantes del mercado que duran poco más de seis meses, o los videojuegos como una de las potencias comerciales más grandes del mundo? ¿Dónde estaríamos ahora, y qué mundo tendríamos, si las tensiones entre los gobernantes por el oro negro hubieran sido las verdaderamente devaluadas y hubiera crecido la importancia de la responsabilidad, de la palabra entre unos y otros, y la globalización hubiera sido liderada por la preocupación por el hermano?

Sueños. Sí, sueño. Y lo más terrible de todo es que algunos han dejado de preocuparse y creer que otro mundo es posible, porque han dejado de lado últimamente su propia humanidad.

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3 pensamientos en “Deseos y necesidades

  1. Pingback: Post publicados en Octubre 2011 | Preguntarse y buscar

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