Exigir los frutos propicios


Si llego un día a clase y les digo a mis alumnos que dará igual lo que aprendan o dejen de aprender, que da lo mismo si están en clase o no, que se pueden marchar a dedicar su tiempo a otras cosas más importantes de la vida, o que será indiferente al terminar el año qué hayan hecho con el tiempo de la asignatura… estarían en su derecho de pensar y decir que estoy loco y que ni yo creo que esto vale para algo. Porque estamos para pedir frutos, para exigirlos y lo hacemos porque merece la pena, porque es fundamental para ellos en primer lugar, y porque no da lo mismo de ninguna de las maneras.

Con el Evangelio, ocurre algo similar. ¡Qué daño hace pensar que no se nos pedirá ningún fruto! ¡Cuánto nos ama Aquel que sí nos anuncia que los frutos deben llegar y que deben ser frutos de vida en dignidad, en justicia, en paz, en amor y no de cualquier manera! ¡Cuánto le importamos a Aquel que sí nos pide y exige!Sin duda alguna nuestra vida puede dar los más diversos frutos. También la Palabra nos ayuda a comprender por dónde van. Todo fruto del Espíritu está en línea de:

  1. Comunión y unidad entre las personas. Une corazones, genera vínculos, crea lazos, establece conexiones, va más allá de uno mismo. Aunque no pocas veces aparezcan igualmente los conflictos. No hablamos de una unidad que sea fácilmente rompible, de algo que sea consecuencia de la afectividad, de los abrazos, del cariño mutuo, sino más bien de la fraternidad en el más puro estilo de la palabra, cuando reconozco como hermano a alguien independientemente de sus grandezas o de sus debilidades, de su vida ejemplar o de sus dificultades para ser testigo. La fraternidad del Evangelio va más allá de aquello que se puede explicar con palabras, y siempre va por delante de nosotros en la comprensión de las relaciones del mundo, de la sociedad en la que vivimos y de la libertad en la que nos movemos.
  2. Verdad y Amor van unidos. Porque ambas realidades no se pueden separar ni disgregar cuando hablamos de algo grande. Porque si el amor no fuera verdadero diríamos que no es amor real, y cuando la verdad se disocia el amor provoca más daño y dolor que bien entre los hombres.
  3. Son generosos. Los frutos que nacen del Evangelio no se pueden contar fácilmente. Digamos que son generosos y que alcanzan a la persona en todas sus dimensiones. De lo contrario podríamos establecer relaciones facilonas entre quien siembra y quien riega, quien hace que florezca y fructifique, y sin embargo el Espíritu viene a demostrarnos continuamente que Él es quien gobierna esta maravilla en los hombres, tocando el corazón de unos aquí y de esta manera, y de otros allá y de forma muy diversa.
  4. Transforman el mundo. Bien porque, en su humildad y fuerza cambien por completo a quien los recibe, bien porque sean para otros y lleguen a las estructuras de nuestro mundo. Si una persona cambia sus palabras por palabras nuevas, a diferencia de lo que muchos dicen, ya está dando frutos. Y más que dará. Porque todo cambio comienza por uno mismo, por la conversión del corazón, y desde ahí seguirá cambiando el mundo en la medida de su confianza.
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