Vivir de las palabras


Son tantas veces las que me confundo al final del día, que en cualquier momento voy a preferir quedarme callado para siempre.” Me dice un amigo, del que no sólo me consta que es un gran maestro porque le he escuchado muchas veces y he disfrutado infinitamente en sus clases, sino que además sé que sus alumnos todavía siguen pensando igual con el paso de los años. Y, a pesar de todo eso, no creo que se confunda demasiado en su apreciación. La gran diferencia entre él y otros muchos es que quizá él sepa que se está equivocando, que no puede decir toda la verdad porque no conoce toda la verdad y siempre se queda con la sensación de estar “a medias”, y además que podría incluso querer más aún con sus palabras de lo que está haciendo.

Las palabras no son inocentes. Portan consigo las llaves de mundos nuevos y desvelan a la gente. Una palabra, venida siempre de fuera para poder ser palabra escuchada, me deja desprotegido cuando entra hasta lo más hondo de mi vida. Es una especie de espada antigua y pesada que quiebra a su paso todo cuanto frágilmente se había construido con papel de apariencia y debilidad, y que martillea sin cesar los corazones endurecidos. Una palabra nunca deja indiferente, como tampoco lo hace su eco en el silencio interior cuando intento masticarla y tragarla. Les pasa a mis jóvenes alumnos con las palabras que reciben de amigos y padres, transformando su día en noche o su noche en día. Y les pasa igualmente a los propios padres, de parte de sus hijos. Si las palabras no son inocentes, tenemos que andar con pies de plomo.

La gran diferencia entre una palabra, y esa misma palabra, no es su contexto. Más bien, quién la dice. Tampoco suele importar tanto como nos parece el modo, más bien quién la dice. Insisto en esto, porque al final es capital reconocer que toda palabra no sale del vacío sino que revela a una persona, escondida hasta el momento en que habla. Vivir de las palabras no es cualquier cosa, y mucho menos un cuento. Es recibir.

Vive de las palabras el que está pendiente de lo que otros tienen que decirle. Y, sin embargo, no se deja intimidar por ellas. Escuchar, y hacer esta tarea activamente y sin dejarse apoltronar en las pasividades y comodidades de lo conocido, supone acoger a una persona. Sea quien sea, sea como sea, venga de donde venga. Porque si algo me ha dicho es porque tenía que decírmelo. Sin embargo, no me confundo con las palabras que recibo, no puedo dejarme invadir por cualquier razón, por cualquier idea, ni someterme ingenuamente a ellas con sentimientos, emociones y pasiones descontroladas.

Vivir de las palabras es constatar que se cumplen, y por tanto que dan vida, frente a todas las falsedades que, contadas y dichas, generan muerte alrededor. Confundimos palabras con mentiras, y éstas deberían separarse con tanta claridad que pudiésemos oler la diferencia entre una palabra y un pedo. Y esto lo digo porque creo sinceramente que no todo lo que se dice trae consigo vida, y que sólo la Palabra es germen de existencia. No me vivo cuando alguien me destroza porque cree conocerme y se arroja el derecho de hablarme de cualquier modo; entonces muero. Sólo vivo cuando lo dicho se acompaña de amor, del Amor más grande. ¡Cuánto me alegro de haberle dicho a tanta gente que la quiero y haberme dado la oportunidad de llevar a término, acompañando a mis palabras no pocas veces bajo el signo del color y del cansancio, ese empuje que ofrece saber que me di a mí mismo cuando las pronunciaba y alguien las recibía! ¡Cuánto me alegro de saber que algunos amigos guardan estas palabras en el interior de tal modo que, pasados los años y superadas las distancias, reclaman y exigen con valor que sea fiel a mí mismo y a esa Palabra! ¡Cuánto me alegro al ver cumplidas Palabras que yo no dije, y en las que creí de corazón!

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2 pensamientos en “Vivir de las palabras

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