¿Integridad en cualquier circunstancia?


“Tengo por gran siervo de Dios a aquel que no se perturba ni se conmueve en su tranquilidad en circunstancias adversas o prósperas, sino que siempre permanece íntegro, esto es, de un mismo ser, sin que la pasión lo mueva de su lugar, y este tal es el que gana el premio. Dondequiera que se entrometa la pasión, viene perturbada la mente, que una vez alterada no puede juzgar con libertad.”

EP 2457, 6 de octubre de 1635

  1. Diferentes circunstancias.  Una constatación básica. En cualquier ámbito de nuestra vida pasamos por diferentes circunstancias que pugnan por adueñarse de nuestra vida, por dominar. Unas cuestionan algo básico como pueden ser nuestros sentimientos, y otras, más de fondo, nuestras opciones de vida, creencias o criterios. Incluso en más de un momento podemos vivir que se tambalea, por motivos externos, la propia fe, la propia esperanza, o que al amor le faltan fuerzas y fuelle para continuar impulsando.
  2. Afectados: perturbación y conmoción. Toda circunstancia nos afecta. Esto parece claro. Pero no de igual manera. Por mucho que gritemos a una piedra, la piedra no se moverá aunque nuestras palabras impacten en ella. Rebotan. La piedra se ha endurecido, permanece cerrada sobre sí misma y sólo un fuerte golpe la quebrará. Pero nosotros, nuestro corazón y aspectos personales, no son rocas impasibles ante los acontecimientos que nos rodean. Todo cuanto sucede, cuanto vemos y oímos, cuanto creemos ver incluso o quisiéramos haber escuchado, es como una palabra que se clava en lo más íntimo de nosotros mismos. Quedamos provocados, a la espera de una respuesta. Y nos puede entretener en nuestro camino, detener nuestros pasos y cambiar el rumbo. A esto, Calasanz le llama “perturbación y conmoción”; todo lo que transforma, por los avatares de la existencia, nuestro ser y vida, que impide negativamente que seamos nosotros mismos y nos guiemos libremente. Son afectos, es decir, realidades externas hechas propias, que vienen a desordenar la propia existencia y decisiones tomadas. (Nota importante: En un discernimiento personal es fundamental distinguir estas “perturbaciones y conmociones” de aquellos acontecimientos, sucesos y momentos de kairos en los que el Señor se presenta, con ánimo de revolvernos interiormente y hacernos crecer.)
  3. Su tranquilidad. Calasanz parte de una situación espiritual básica: la de la tranquilidad con el Señor (no sin Él) y la tranquilidad ante el Señor. Quien se ha adentrado en la vida espiritual, al menos habiendo dado dos pasos, sabe y ha vivido cómo el Amor de Dios apacigua y anima, pasados los primeros momentos de “desubicación general” en los que se ve a tientas, se cree dubitativamente y se espera con impaciencia. La vida con el Resucitado es una vida de paz, tranquila en el corazón, segura y confiada en la respuesta del Señor, animada por su compañía y cercanía. Esta es la situación normal del cristiano, lo habitual después de haber convertido el corazón. Y la tranquilidad y la paz se perciben como frutos y dones de esta presencia.
  4. Integridad, un mismo ser. Integridad no se confunde con pasividad, ser roca dura y endurecida, pasotismo ante los acontecimientos e insensibilidad. Firmeza es integridad, e integridad es permanecer unido dentro de un mismo. Una de las figuras más plásticas de la historia para hablar del pecado es “lo que divide, lo que rompe y quiebra”. Y muchas personas se contemplan a sí mismas con dobles caras, dobles proyectos, dobles confianzas y dobles esperanzas. Acercarse al Señor Resucitado es para Calasanz haber sido curados de esta “doblez”. Y la fe precisamente es la apuesta arriesgada por mantener la unidad fiándose del Amor, dejándose llevar y conducir por él. Esto es integridad, esto es firmeza. Un mismo ser que se corresponde con el verdadero rostro de cada persona, a imagen del Hijo.
  5. Juzgar con libertadHermosa expresión: “Percibir con claridad.” En la mentalidad de la época, racional y muy objetivista en comparación con la nuestra que es más de los sentidos y subjetiva, Calasanz incide en una de las consecuencias más personales de la “falta de tranquilidad motivada por haberse dejado afectar por las circunstancias.” Se pierde el juicio, nos confundimos con la situación, dejamos de ser personas que dominen y puedan ver “desde fuera” para dejarnos afectar e implicar, dominar y esclavizar por la situación. De esta manera, nuestra libertad queda comprometida. Y, por consiguiente, la palabra de la fe que portábamos, la esperanza de la que éramos heraldos o testigos, se pierde. Sólo desde la paz, desde la propia reconciliación, existe para quien camina en la fe la posibilidad de dar a otros aquello que nos ha hecho felices y por lo que nos confesamos salvados.
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