¿Qué hacer cuando todo va mal? (Desolación)


Entre tantos pastores destrozaron mi viña y pisotearon mi parcela, convirtieron mi parcela escogida en desierto desolado, la dejaron desolada, yerma, ¡qué desolación! Todo el país desolado ¡y a nadie le importaba!” (Jr. 12,10-11)

La desolación es por definición “todo lo contrario de la consolación”. Lo normal es la consolación, y como variante en algunos momentos –aunque sean largos- aparece la desolación espiritual. Pero por definición es transitoria, inestable.

Una forma de definirlo claramente puede ser la expresión “no estamos en nuestro sitio”. Nos damos cuenta de que lo que vivimos no corresponde con nuestra intimidad y personalidad, con el don que hemos recibido y descubierto, porque parece que la voz cantante de nuestra vida se entona fuera de nosotros, en la noche en que la cizaña planta. Nos levantamos, como en la parábola, y descubrimos que hay algo que no hemos plantado. Alguien, en plena noche y aprovechando nuestro descanso o descuido, ha sembrado sin que nosotros ahora podamos “despejar” la cizaña a riesgo de llevarnos la siembra buena. Nos quedamos mirando, estupefactos, porque parte de nuestra obra se ha contaminado.

Cada sensación va por su lado, nos golpean sin saber por qué y qué son, y parece que nos quieren destruir como personas empujándonos de aquí hacia allí sin sentido ni salida, dejándonos reducido a un grado puramente sensitivo de vida (a una situación en la que dependemos básicamente de estímulos o de sensaciones): oscuridad, turbación, tentación, inquietud, pereza, tristeza…

Además somos incapaces, al ser apresados por lo meramente “sensitivo”, por nuestras sensaciones, de hacer una lectura profunda de nuestra vida y de lo que nos ocurre.

En desolación no vivimos nuestra vida, la sentimos y padecemos. Nos sentimos por lo tanto desprotegidos, desarmados, desamparados o perdidos. En la Escritura las experiencias de “abandono” son las que se corresponderían con la situación de desolación espiritual. El pueblo siente que Dios lo ha abandonado en el desierto, que lo ha llevado hasta allí para condenarlo; cuando suben los primeros reyes de Israel al poder el pueblo se alegra, pero poco a poco va percibiendo que se centran en sus intereses, y comienzan a pensar que Dios ha elegido un rey para ellos con el objetivo de que sufran, de que luchen contra pueblos más poderosos que ellos y sean derrotados; en tiempos de “contaminación con los ídolos de pueblos extranjeros” el pueblo de Israel se siente a merced de las nuevas modas, sin criterios fuertes para defenderse de ellos, sin haber echado raíces en su campo, y ve cómo se plantan junto a sus altares, junto a su Dios, otros ídolos que son adorados por los poderosos. Estas situaciones se corresponden con la desolación espiritual.

La primera palabra que podemos contemplar en relación a la desolación espiritual es la “oscuridad”, que sugiere un ambiente externo, ambiental y pasajero, que no tiene que ver con la persona propiamente, sino que se le impone a ella. La oscuridad que todo lo llena afecta a la vida personal, pero no se puede confundir, a riesgo de perecer en la noche, con la persona. Pero afecta. Pero necesita de un “milagro” para convertir esta oscuridad o ceguera en luz y visión clara.

De esta oscuridad provienen la mayor inclinación a la tentación. Perdidas las riendas de la propia vida, alguien las toma o las quita. Ahora es otro quien ha adquirido poder sobre la vida de quien esta en la oscuridad. La tentación es entonces “ser llevado a cosas bajas y terrenas”, empujado a ellas, como inclinado, encaminado. No es que haya cosas de suyo “bajas y terrenas”, sino que todo se puede convertir en “bajo y terreno” porque la persona lo vive sin capacidad para trascenderlo, sin darle sentido, y queda encerrado en ellas como su fuera realmente una “cárcel”, o “droga”, o “dependencia”, que genera la necesidad o sensaciones de necesitar satisfacerse continua y repetidamente.

Por bajo y terreno entendemos entonces todo aquello que es vivido y que se cierra sobre sí mismo, sin poder ir al fondo de las cosas y comprender toda su belleza y toda su utilidad y todo su sentido.

De alguna manera queremos hablar de que la persona se deshumaniza y desdiviniza, y por lo tanto su vida adquiere un matiz casi instintivo (sin ser dueño de sí mismo) que la pone en contacto diaria y constantemente con una necesidad de poder y de placer que “aparenten” que no está en oscuridad y que es dueño de sí. En conclusión: no puede marcar su propio rumbo ni se siente capaz de sostenerse, puesto que se hunde.

En resumen, la persona desolada está “in-quieta” (inhibida como persona, con tendencias internas variadas, diversas, incoherentes, chocantes, generadoras de conflictos continuos, en guerra), agitada y tentada. De tal manera que frente a la robustez de la persona en consolación (que aumenta continuamente en fe, esperanza y caridad) quien está en momentos de desolación siente que el amor, la fe y la esperanza decrecen y se agotan, perdiendo su propia alegría interior y convirtiéndose en pereza, tibieza y sensación de separación y soledad.

Esta última indicación, “sensación de separación” es el padecimiento más importante: se siente separado de Dios y de la comunidad. En la búsqueda tiende a sustituir a Dios por cualquier cosa ante el vértigo de quedarse vacío y buscará desesperadamente ese “amor de su alma”. En la búsqueda por tanto se vuelve víctima de su inquietud, de sí mismo.

Los pensamientos que nacen en ella son contrarios. Conviene no hacerles caso, pero quien no sabe esperar con calma y paciencia, y se deja llevar por ellos, se mueve de un sitio a otro creyendo tomar caminos que le sacarán cuanto antes. Sin embargo, la sensación que provoca este devenir es semejante a dar vueltas en un laberinto y en cada cruce pensar que esta vez sí que cogeré el camino definitivo, que va a tener suerte, y así arriesgar de forma permanente, liándose y desorientándose.

Cuando Ignacio habla de poner “la esperanza en las cosas bajas” se refiere a eso precisamente. La esperanza nunca se pierde. En el fondo, ninguna persona puede vivir, lo quiera o no, sin esperanza. La esperanza es como la vida, y quien la pierde permanece muerta, sin horizonte, descarriada. La cuestión es diferente para Ignacio, no pensar tanto en la esperanza o no, sino en qué cosas sitúo mi esperanza.

A modo de inciso hay que decir que la situación que vivimos en Occidente es menos prudente respecto a la esperanza de lo que era en tiempos de Ignacio. Si bien es cierto que la persona no puede vivir sin esperanza, que todos somos seres con esperanza por el hecho de ser humanos, la verdad es que no somos concientes de esta situación debido al “presentismo”, a la importancia moderna y postmoderna que se le da al “hoy”, “ahora”, “aquí”. Nosotros, por decirnos las cosas claras, tenemos que hacer un doble esfuerzo para descubrir esto (que es el mismo tema que el de los ídolos, que es el de la confianza…): por un lado tenemos que descubrirnos “sedientos”, “deseantes”, “esperanzados”; por otro, descubrir en qué situamos estas esperanzas o donde saciamos nuestra sed.

¿Qué ocurre con la esperanza en los momentos de desolación? Que se pone en las “cosas terrenas y bajas”. De igual manera a lo dicho anteriormente, no porque sean bajas, sino por la incapacidad para trascenderlas. La herramienta principal para trascender, para ahondar la vida espiritual, que es la oración se vuelve difícil: “hacer oración y permanecer en ella resulta casi imposible.” Aquí reside la causa de muchos abandonos. La fuente de la esperanza y espiritualidad se parece a un desierto inhóspito donde es imposible encontrar fuentes y agua, que cansa, que no dibuja ningún camino.

Por último comentar que la tendencia más fuerte, lo que con más pasión actúa en nosotros en tiempos de desolación es la ruptura. En diálogo con lo que anteriormente hemos dicho de la separación y abandono, el espíritu malo en la desolación rompe con lo anterior y provoca que quien se encuentra en estas situaciones deje, por tibieza y tristeza, de conducirse por el camino de siempre: “busca desviarnos del camino comenzado de nuestra conversión a Dios y a los demás, busca desviarnos el camino del amor, de la fe y de la esperanza; propiamente no puede detenernos, ni desviarnos directamente, pero sí poner inconvenientes desde fuera pero sin dominio interior sobre la persona.” Hace sufrir entonces con tristeza “sin causa” y con “derelicción” (abandonamos una cosa para que otro pueda tomarla) en forma de “renuncia” a lo que antes teníamos. Como lo que antes tenía sentido parece haberlo perdido… sentimos que hemos sido humillados, engañados, imposibilitados. Las sospechas y el miedo son las principales fuerzas.

Hoy vivimos una situación de desolación que no comprendemos y en múltiples ámbitos. Vivimos desolaciones múltiples como si fueran irremediables y conformados con ellas.

Los rasgos típicos de la desolación:

  1. De orden espiritual: la fe se perturba, se oscurece; se rompe la armonía y se buscan intereses parciales, egocéntricos, en grupos cerrados; acabamos viviendo como si Dios no existiese, aun en los ámbitos en los que más presente debería hacerse.
  2. De orden psicológico, donde sentimos la desolación: tristeza, oscuridad, inseguridad, falta de horizonte, dolor afectivo.

Estamos hoy expuestos a la desolación en los siguientes ámbitos:

  1. Vivimos eclesialmente mezquindad con respecto al don recibido. Cristianos comúnmente conformes con su situación y sin apertura a la conversión a Dios, sin apertura a recibir el Evangelio tal cual y a un diálogo continuo con Dios. El embotamiento del espíritu es tan grande que ni siquiera sabrá de desolación espiritual propia, y menos desolación de los demás. Sólo de vez en cuando aparece algún remordimiento de conciencia. Se intenta vivir con los mandamientos y algo de moral… pero poco más. La vida cristiana no adquiere un matiz de compromiso, sino de ética, de imposición externa. La desolación que podríamos llamar “por estancamiento”, “porque siempre fue así y nada más”, “por tradición familiar o social”. Quedamos en el cumplimiento de lo establecido, experimentado la esclavitud de la Ley. El paso definitivo de una a otra actitud es la pregunta: “¿Qué debo hacer por Cristo a partir de ahora?” Quienes se preguntan por esto superan el estancamiento espiritual.
  2. Decir adiós a la vida interior, que genera angustia y turbación. Agarrándonos por lo tanto a cualquier cosa. Incapaces a la larga de salir de sí hacia el otro a causa de su falta de defensas y precariedad personal.
  3. Miedo a los sentimientos impactantes y al compromiso. La búsqueda de seguridad y estabilidad como lo principal de la vida personal. Encontrará seguridad en lo de todos, en lo social y lo que se afirma a su alrededor como bueno y aceptado, que no genera complejos. Buscará por tanto lo de los demás, sin saber quién se lo presenta y por qué, sin crítica.
  4. La divinidad escondida en nuestra sociedad y el empeño laicista de “dejar a Dios para cosas de sacristía”, para la vida personal del individuo pero sin repercusión real en su vida, sin compromiso y sin testimonio de lo que vive. Lo que genera es la dualidad, en la que al final hay que optar, como quien construye dos casas paralelamente y tiene que decidir en cuál de las dos vive definitivamente. Es entonces cuando se plantea el tiempo  que ha dedicado a una y a otra… En el fondo, no podemos mantenernos en medianías por mucho tiempo. La divinidad escondida va de la mano de “la vida me la construyo yo”, del individualismo más atroz y sangrante. Este ocultamiento de Dios en la propia vida, del centramiento de nosotros en ella, concluye y termina porque hemos desordenado la realidad y esta es incapaz de reflejar la utopía atrayente y posible del Reino.
  5. Dentro de una sociedad proclive a la depresión, la causa espiritual más profunda es la falta de amor. Es una relación directa que quien está en desolación no llega a contemplar con seriedad nunca: no se puede decir que no nos sentimos verdaderamente amados, por lo que no se buscará el verdadero amor; no seremos de igual manera fuentes de verdadero amor para otros, ni dejaremos que Dios hable de ese amor utópico e irreal. Frente al amor, está la autoafirmación de uno mismo y de los propios criterios, como únicos. De ahí a la depresión por soledad, por incapacidad e impotencia, por el contacto con la realidad…
  6. La relación de la desolación y la gratitud. (1) La falta de gratitud de amor provoca respuestas tibias, perezosas y negligentes. No se responde al amor ni se entra en diálogo de amor. (2) Dios desea ejercitarnos en la gratuidad para que aprendamos el servicio y la alabanza
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Un pensamiento en “¿Qué hacer cuando todo va mal? (Desolación)

  1. Bueno… Santi sabe lo mal que me llevo con Worpress… Se me acaba de borrar el comentario entero!!! Resumo… Esperaré con calma y paciencia… Como Santa Teresita, pajarillo mojado en la tormenta, hasta que salga el Sol de nuevo… Tenía ganas de leer este post desde que lo vi en la playa a través de Facebook (pero mi BB no me dejaba, al ser del trabajo tengo mil cosas capadas) Gracias por tus palabras!

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