¿Qué te parece la Iglesia?


Hace unos días alguien me preguntó a través de Facebook, qué pensaba sobre la iglesia. Le respondí, con una gran sinceridad, que pensaba muchas cosas. Y no dejo de creer que le di la mejor respuesta posible.

Escribo, tras una pequeña reflexión, cinco grandes cuestiones que me preocupan, a mí personalmente, de la Iglesia. Dejaré para otro momento las muchas y grandes alegrías.

  1. Las divisiones de la iglesia. Es una realidad muy plural y muy diversa. Porta en sí una gran riqueza, y es de por sí multicultural, multigeneracional, con diversos planteamientos, con diferentes posturas, con estilos muy variados. Estoy ahora mismo en Roma, en un encuentro escolapio, y es palpable todo lo que podría separarnos. Sin embargo, sí constato el don de la comunión y de la unidad, el regalo que supone la fraternidad y el saberse llamados a la misma misión en favor del bien más alto para niños y jóvenes de toda raza, lengua, nación y condición.
  2. El sentirme parte de ella. Creo que tengo claro que soy iglesia, y como toda pertenencia no es absoluta ni significa que he quedado absorbido por la forma de pensar, de hacer y de mostrarse. La modernidad ha puesto por bandera la individualidad del sujeto, que todos llevamos dentro de una forma más o menos extrema. Y al mismo tiempo ha reforzado “pertenencias” poco críticas, como se muestra en los fenómenos de masas, en la globalización del estilo de juventud, de la fiesta, de la diversión, de ideas que atañen al mismo núcleo incluso de la persona como el amor, la entrega, la vocación. Saber que formo parte de la Iglesia, de manera adulta, y que estoy llamado a construirla dentro de la parcela de la Escuela Pía, con un servicio muy concreto, me alegra cada día. Lo cual no elimina los sufrimientos que me provoque en algunos momentos. De alguna manera, como en casa, he escogido hablar desde dentro de la familia y no todo es “hermosísimo”. Por cierto, que la mayor parte de la iglesia ni es cura, ni es monja; son laicos que viven su vida en comunidad.
  3. La imagen que tiene en la sociedad. Al menos en Europa, o en mi contexto, no pocas veces desprestigiada y minusvalorada. O su “publicidad” es negativa, o se hacen las cosas francamente mal, o hay quien está interesado realmente en que esto sea así. No voy a decir mucho más, sin embargo creo profundamente que cualquier persona que se acerque de corazón y sin juicios a la iglesia en la que yo vivo y por la que yo me preocupo, encontrará algo muy diferente a lo que pensaba. Todos tenemos, de una u otra manera, un “imaginario de la realidad” que nos facilita el acceso o impide la cercanía. Hoy es un reto grande para nuestra iglesia, que tiene que aprender a dar “la cara” en tantas y tantas realidades como está presente.
  4. La misión de la Iglesia y su papel en la sociedad. Añorar tiempos “pasados”, creyendo que fueron gloriosos, se me torna una visión, más que retrógrada, incapaz de agradecer lo mucho y bueno que tenemos hoy. Creer hoy que la iglesia está lejos de la preocupación de la gente, que no es cercana al sufrimiento humano, también se me antoja que sólo puede nacer de una opinión poco elaborada de la realidad, y de la mucha desinformación. Desde dentro de la iglesia, como uno más en ella y en compañía de otros, mi preocupación sobre la misión es que pierda la tensión hacia lo que debe ser, que se conforme con el lugar donde está y no busque nuevos retos, que no tome más decisiones que le hagan crecer. Lo digo de la iglesia, diciéndolo de mí y de otros cristianos con quienes comparto la fe en la Escuela Pía. El ideal, el sueño, la llamada a la santidad, el compromiso radical y la entrega total de la vida no son palabras bonitas para nosotros. Más bien son nuestra tensión, y se va realizando en nuestra realidad humana, muy humana.
  5. Vivir la Iglesia sin el Dios que ama, perdona y salva. Porque también es verdad que se puede comenzar a “hablar” de la iglesia como la organización de los creyentes, o en forma de empresa con sus objetivos, olvidando por quién está reunida y quién está en el centro. Si hoy el mundo quiere vivir sin Dios, esto se puede contagiar fácilmente en los creyentes, marginando su fe a unos actos, a un compromiso concreto, a una realidad particular, sin dejarse afectar por el Dios de la Vida. Hablar de Dios es una maravilla, saber compartirlo es un don. Y muchos, al escuchar la frescura y ternura de las palabras creyentes se quedan también iluminados de una nueva manera. Palabras y vidas creyentes no son conceptos ni reacciones dogmáticas ni moralizantes; son testimonio, fidelidad, son la oportunidad que se nos brinda de entregar lo mejor que tenemos al mundo.
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Un pensamiento en “¿Qué te parece la Iglesia?

  1. La Iglesia que yo conozco y la que yo vivo (o debería decir quiero vivir) tiene poco que ver con lo que veo hoy en la JMJ y ver qué los círculos de poder dentro de la misma están encantados con su dosis de autobombo me entristece y me aleja de ella, pero a la vez me enfrenta más a la radicalidad del mensaje de Jesús mientras me doy de bruces con su frase de: “Han convertido la Casa de mi Padre en en un mercado y una cueva de ladrones”
    Y me da tanta pena…

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