¿Visitarás algún lugar nuevo?


Sin duda todos llegaremos a lugares nuevos que no hemos pisado jamás. Os propongo tres reflexiones para hacerlo de forma diferente a lo habitual, a propósito de estos días de trabajo y encuentro fraterno con hermanos escolapios jóvenes de todo el mundo que estoy disfrutando en Roma.

  1. La preparación es clave. Puedes entrar en el mejor sitio del mundo y quedarte asombrado. El sentimiento será en cualquier caso pasajero y sobrecogedor, y es bueno. Aunque como todo en la vida, si se quiere saborear en profundidad y que cale, hay que darle tiempo. Para eso, quizá lo más conveniente sea poder contemplar algo dejándose llevar por la sabiduría de otros. Por lo tanto: selecciona, del lugar al que vas a visitar, dos cosas para poder mirar en lo hondo y así poder pasar un rato largo delante de ellos. Verás que el tiempo no pasa a la ligera, y que el trato directo con el lugar, con la obra, con la escultura convierte lo que has leído en algo digno de ser vivido de una u otra manera. Los grandes artistas también pasaron muchos sufrimientos y pesares hasta ver terminada la obra, de modo que participa un poco de la paciencia del Creador.
  2. No es lo mismo solo que en grupo. Las dos cosas traen consigo riquezas. Lo acostumbrado es quizá dejarse llevar y guiar por alguien, o ir en grupo y comentando. De aquí para allá si hay muchas cosas que ver. Personalmente invitaría a dejar tiempo y espacio a la soledad y al ritmo de cada uno. Después de un paseo esta tarde con mis hermanos por Roma durante varias horas, nace en mí la necesidad de volver “a mi ritmo” sin tener que llegar a ningún cupo de lugares para decir que he estado en Roma. Sería como una especie de peregrinación. Estoy convencido de la inmensa riqueza que también traería esta oportunidad. La soledad por dos razones: para ser capaz de ir más allá de lo que estoy viendo y no perderme en palabras “de este mundo”; y para dejarme interpelar directamente por ellas, llegando a pensar incluso que están puestas ahí y en este momento “para que yo comprenda algo”.
  3. Dotar de sentido a mis visitas. Claro que no es lo mismo quien entra en un templo como visitante a quien lo hace como persona que está abierta a continuar descubriendo. Un visitante pasa, hace tres fotos y sale. Alguien que vaya buscando verá lo mismo que el visitante, se hará más fotos y con otra cara más plena, y además se llevará algo más grande. Esto de “dar sentido” es tener claro qué estoy haciendo y dónde estoy pisando. La primera vez que entré en San Pedro del Vaticano, hace años,  lo hice rezando y “cumplí” con un mandato de Calasanz a los escolapios, muy sencillo y muy pobre en su apariencia. Pero aquello supuso que empecé a valorar (dar valor) a donde estaba en otro orden muy diferente del habitual. “Dar sentido” son pequeños gestos, no grandes hazañas. Quizá los de alrededor ni siquiera se dieron cuenta. A mí me cambió. Me quedé impactado por el tamaño, no tenía palabras para describir lo que veía, y dentro de mí había una profunda alegría. La alegría del encuentro y de saber dónde estaba, no sólo geográficamente sino dónde estaba en mi vida.
Creo que estas tres claves son igualmente aplicables para re-descubrir y re-visitar otros lugares de nuestra vida: sea nuestra propia vida y nuestra propia casa, con su familia; sea el trabajo, con su ritmo y con los compañeros; sea incluso el lugar de nuestra vocación. Hay lugares que son para quedarse, y quedarse para siempre. 
Todo lo que está en el mundo ha sido hecho para la persona. Y la persona, para Dios.
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