¿Qué habla Dios?


Somos muy diferentes. Todos en general tenemos nuestras particularidades. Cuando digo todos, me refiero a toda persona. Y hacer la experiencia de la diversidad y de la diferencia no es muy complicado. En una clase, en un grupo de amigos, incluso dentro de la propia familia. Sobradas muestras tenemos de discusiones que no nos han llevado a nada porque no nos hemos entendido, o porque no hacíamos el esfuerzo suficiente por comprender realmente a otros.

Ni la lengua ni la cultura se pueden utilizar como excusas en este sentido. Me atrevo a decir incluso que ni la religión; y me gustaría atreverme a afirmar que la religión nunca debería ser un motivo de división, ni conflicto, ni incomprensión, si es que nace de su verdadera esencia.

Estoy participando estos días de un encuentro fascinante. Somos 36 religiosos, sacerdotes jóvenes, de distintos rincones del mundo reunidos en Roma con un programa de dos semanas más que intenso e integral (palabra, está última, a la que se ha querido dar una relevancia muy destacada). La diversidad en la piel, en la lengua, en la ropa, incluso en la forma de atender y de mirar, es palpable. Y sin embargo, estamos todos en lo mismo, embarcados en idéntico viaje: buscar la voluntad de Dios al modo de Calasanz, en las Escuelas Pías. Quien no se dé cuenta de que eso que une es mayor que cualquier particularidad propia, ¿será que no está viajando realmente? Entiendo que durante mucho tiempo se haya puesto el acento en el contexto propio de cada región de este mundo, porque es sin duda necesario; pero hoy me maravillo por la intensidad de esa presencia que es común a todos, que hace que comprendamos un mismo lenguaje por encima de idiomas y que contemplemos una humanidad común más allá de los pueblos repartidos por el mundo. Hoy comprendo perfectamente que una de las imágenes más poderosas de la salvación que Dios ofrece es la de la reunión de todos los pueblos en un mismo lugar, congregados para festejar y celebrar. Y de algún modo me siento partícipe ya de la realización de esa promesa.

Dios habla el lenguaje de la humanidad. Hoy ha hablado, y seguirá haciendo. No habla en lenguas, no desconoce los idiomas de cada uno, no se aleja de la historia de los pueblos. Sin embargo, su palabra permanece frente a los cambios y modismos, porque habla “humanidad”, comunica más bien esa “humanidad” para llevarla a plenitud. Unos atenderán a la voz, otros a las palabras. Y por encima de todo, permanece el deseo de que alguien desvele a tantos niños y jóvenes que comienzan su andadura el secreto de la humanidad verdadera.

“Si escuchas su voz, no cierres tu corazón.”

Roma, 24 de julio de 2011.

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