¿Quieres escuchar algo diferente?


Es algo inevitable encontrarse con un “sí” dicho en voz baja y temerosa. Lo diferente siempre parece ajeno, como algo de otros, de los demás, que no va cada uno de nosotros. ¿Qué ocurre cuando eso “diferente” se convierte también en aquello que llevábamos dentro, y no conocíamos o no nos atrevíamos a decir?

Escuchar de por sí es algo más que “poner la oreja”. Para escuchar, al menos acoger, recibir lo que otro tiene que decir con su voz propia, con sus historias (diferentes a las mías)… Por eso es tan difícil, porque lo habitual es ponerse delante de los demás queriendo escuchar aquello que nosotros ya pensábamos, ya creíamos, ya habíamos descubierto, y así “ese falso escuchar” es confirmar lo que nosotros sabíamos. Creo que esto le ocurre a muchos grupos de amigos, gente que más o menos igual se sienta a hablar. En el fondo, por muchas personas que haya reunidas, no existe verdadera pluralidad.

Esta situación se repite no pocas veces en el diálogo entre la iglesia y la sociedad, entre la fe y la cultura. Unos se sientan a hablar con los otros con la prepotencia y superioridad moral de quien lo sabe todo y tiene que “acompañar” al otro como si se tratase de un niño pequeño. Lo digo porque no pocas veces me sucede a mí, como cura, que por mucho que intente explicarme la otra persona ya está “cerrada” sobre sí misma y sus propias verdades. Son conversaciones en las que, si se habla con prudencia y razón, la otra persona tienen a seguir sacando temas “polémicos” como si de una cadena infinita se tratase, sin atender con paciencia a ninguno de ellos en profundidad. Y no dudo tampoco que suceda a la inversa, que sea yo mismo quien en ocasiones no esté dispuesto a escuchar lo que otros tienen que decirme. Si bien es cierto que ando “con cuidado” en este asunto, y procuro evitar el dogmatismo de quien lo sabe todo sin renunciar ni a mi razón, ni a mi fe, ni a mis principios, ni a mi historia personal.

Estar abiertos a escuchar “algo diferente” nos haría mucho bien. Mi experiencia de Iglesia es precisamente ésta, la de la pluralidad que dialoga, la de la diversidad que se diversifica en servicios, en ministerios, en red. Una Iglesia rica que acoge la grandeza de la Palabra, siempre más grande que nuestra palabra humana, y la porta en vasijas de barro.

Creo firmemente que hoy, los jóvenes y la sociedad en general, están abiertos a escuchar algo diferente. Y algo que sea posible, que sea creíble, que sea de lo más humano. Aunque les da miedo descubrir que sea esa verdad que estaban buscando, y que negaban, por muy dentro de ellos mismos que estuvieran. Los jóvenes buscan la autenticidad que ofrece la libertad y la fraternidad verdaderas, el amor que sea real y aleje la falsedad y el engaño. Preguntadles, anunciádselo. Creo en los jóvenes y en su capacidad para acoger el Evangelio.

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