¿Olvidas fácilmente?


Hace poco tiempo estábamos pendientes de Japón, Costa de Marfil y Libia, además de seguirle la pista a la crisis de Grecia y Portugal, y a todo el norte de África. Guerra y catástrofes, para no olvidar. Al menos eso prometimos socialmente después de la Segunda Guerra Mundial y las atrocidades nazis. Cito acontecimientos muy recientes (sesenta años no creo que sea para olvidar tampoco, pero ¡dos meses!). Todo se llenó de mensajes de apoyo, de comentarios que subieron en pocas a horas a #prayforjapan a la cima de los trendtropics. ¿Y en qué quedó todo aquello?

A este ritmo, aunque suceda algo impresionante en la propia vida, pronto se olvida. Parece que consumimos noticias simplemente, pasando de una a otra, sin preocuparnos del desenlace. Como si pudiéramos sencillamente la televisión por entretenernos pero no llegásemos nunca al final de la película que hemos comenzado.

Con la vida intuyo que sucede algo similar. Con la educación igual, con las relaciones también, con los grandes momentos de la vida… ¡con todo! Hoy es lunes por la noche y lo que sucedió el sábado nos cae lejos, porque no ha calado profundamente. No hemos dejado, de alguna manera, reposar el acontecimiento ni lo hemos sabido saborear. Con una y otra cosa, no comemos, ni masticamos, ni nos alimentamos, sino que “engullimos” realidad a ritmos brutales. Cuando a mis alumnos les hago recordar algo de la semana anterior me miran con cara de poema; y tengo que reconocer que a mí no pocas veces también me parece distante. Todo es cuestión de memoria.

Y la memoria, dicho sea de paso, es el centro de la propia identidad. Quien no tiene memoria, no tiene raíces; quien no tiene raíz está a merced del viento, como veleta. Quien no tiene memoria tampoco es capaz de forjar una identidad clara y nítida; lo hará a salto de mata, a golpe de novedades, a ritmo de emociones fuertes que le hagan sentir vivo.

Y la memoria necesita paciencia, dejar espacio al silencio para grabar a fuego, para que no se olvide, para dejarse impactar por lo sorprendente de la vida. La memoria, siendo fundamental, también vamos descubriendo y alumbrando que es muy frágil.

Hoy por hoy, la memoria de la sociedad (al menos esa, si no la propia) está en manos de los medios. ¡Qué miedo me da que sean “los intereses” los que seleccionen qué es noticia y qué no!

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