¿Tienes algo que decir?


Estoy estudiando, ahora mismo, el tema de derechos civiles y “el resto de derechos”. Porque según viene en mi libro todo esto de los derechos nace de la necesidad de protegernos de las injerencias del estado, y de la sociedad en la que vivimos, en nuestra propia vida. ¡Vaya forma de contar las cosas más simple! Aunque bien pensado tiene su parte, grande, de razón. Pero resulta curioso que, de vuelta, los derechos se convierten en exigencias que la sociedad, de la que al mismo tiempo nos protegemos, tiene que garantizar.

Cuando en mi clase pregunto si alguien tiene algo que decir (y reconozco que me gusta el debate en clase, que los alumnos piensen y se expresen, aunque tenga que corregir el modo o ajustar el alcance de sus palabras, meter conceptos y clarificar términos… porque esa es mi tarea…) no deja de sorprenderme el tremendo silencio que se produce. Un lugar como la escuela, donde se podría hablar y debatir, y los alumnos llegan tan domesticados que parece que no pueden pensar realmente por sí mismos fuera de los tópicos (no muchos, ciertamente) que se manejan en otros contextos. Un lugar como la escuela en el que sería obligatorio el debate, la construcción de la sociedad del futuro, y lo que normalmente sucede es el silencio. No deja de sorprenderme.

Me planteo muchas cosas al respecto, la verdad. Una de ellas, de enorme trascendencia, es que no se piensan las cosas de forma sistemática y vistas en su conjunto. Las reglas que valen para el cuidado de la naturaleza y la sensibilidad ecologista, no veo que se prolonguen de igual modo para otros asuntos donde la “naturaleza humana” también tiene algo que decir. La defensa de las propias libertades, volviendo al tema que estoy trabajando, no se corresponde de igual modo con la defensa de las libertades del otro; más bien reina por doquier el pasotismo e indiferencia más grande. ¿Tan difícil es esta tarea del pensamiento conjunto?

Vuelvo a mi tema y descubro que en el origen de todo está la palabra y la realidad de la democracia. Y como de alguna manera soy un poco friki del mundo clásico griego (simple amateur, me reconozco más bien autodidacta tras el empuje de algún gran profesor) me planteo si no tendrá razón este sistema democrático en sus orígenes donde lo que primaban no eran los derechos, sino los deberes, en el que si alguien no participaba activamente en los asuntos que afectaban a todos era expulsado, no del grupo sin más, sino de la sociedad. En definitiva, que me cuestiono sobre si los deberes sociales no son también algo que fundamente realmente la democracia, y por lo tanto algo en lo que podamos exigir un mínimo de decencia política (no en el sentido del politiqueo actual, sino de política clásica) y de implicación afectiva y efectiva de todos. ¿No es en parte esto lo que se “exige” a la escuela y la educación más allá del terrible pragmatismo americano, del que los propios americanos están en parte de vuelta?

Esto lo digo además con un gran sentido religioso. No sólo en el sentido moral, sino en el más puro sentido vocacional. Es tarea del propio ser humano la construcción de sí mismo en sociedad, es vocación indiscutible que tiene que realizar y fuera de la cual el pensamiento sobre la felicidad y los propios sentimientos no queda más que en un simple vacío emocional y real. La vocación política, de lo que nos afecta a todos y lo hace como si fuéramos hermanos, es también una cuestión religiosa.

Un saludo afectuoso, en esta noche de estudio.

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