¿Demasiados jefes?


Éste mundo es realmente complejo. Hay veces que no sabemos por dónde ir porque unos dicen una cosa, otros dicen otra, vamos de aquí para allá dando tumbos y además todos tienen permiso para hacerse una idea de lo que estás haciendo, cómo lo estás haciendo, y, lo que incluso peor, por qué lo haces.

“Demasiados jefes” es el asunto de un mensaje que acabo de recibir al correo electrónico, y me parece del todo acertado. Coincide además en mucho con la sociedad de la desinformación en la que vivimos (múltiples canales, múltiples informaciones, múltiples interpretaciones, múltiples conclusiones y juicios). En la información, que recibimos, tenemos la capacidad de seleccionar y de algún modo juzgar. Pero cuando eso se traslada a otros ámbitos, se complica todo hasta el infinito y más allá.

“Demasiados jefes” tiene de fondo una pregunta sencilla. “¿A quién tengo que obedecer?” En última instancia está la conciencia personal de cada uno, está claro. Pero si decimos que en última instancia es porque no debe ser el recurso habitual para proceder una persona. Es decir, que lo normal debería ser tener en cuenta, sin mayor problema, las indicaciones que otras personas están haciendo sobre la tarea, el trabajo, la actividad concreta. Es aparentemente una pregunta sencilla, pero que en el trabajador supone un enorme riesgo cuando los “jefes” no están de acuerdo. Y me parece que es algo más frecuente de lo que pensamos. Si se hace esto se obedece a uno, pero se desobedece a otro. Y a la inversa. No tener clara una línea concluye en: “hago lo que me parece”, y me expongo en esa medida a todo tipo de críticas; o “dejo de hacer”, paralizado por la falta de “sentido común”, es decir, aquello que es un sentido compartido de futuro.

El Evangelio lo tiene claro. También porque la situación es ciertamente evidente. “O a Dios o al dinero.” “O a Dios o al césar.” Pero no se puede tener más que un amo.

Clarifiquemos durante la cuaresma de este año a quién estamos sirviendo, a quién prestamos obediencia, qué supone para nosotros. Y ojalá Dios nos bendiga con personas y líderes que nos entusiasmen en la tarea, que desarrollen nuestro potencia, que sean capaces de crear comunión y artífices con su testimonio de la misma. Ojalá, es un deseo, que nos fiemos más de Dios en nuestro día a día dejando a un lado posibles juicios, rencores, enemistades… Ojalá. Ojalá los conflictos y tensiones que encontremos no sean escollo para abandonarnos, dificultad para caer sin levantarnos.

Y en última instancia, esta sí que es realmente última, reconozcamos que nuestras limitaciones no ayudan, que el pecado es más fuerte de lo que creemos, sobre todo para quienes no lo han descubierto, y que el último que hablará siempre será Dios para cada uno de nosotros y la historia.

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