¿Quién lo dice con sus propias palabras?


Es una de mis típicas preguntas en clase. Creo que mis alumnos se comienzan a “cansar”, porque es más cómodo repetir las palabras del libro, citar textualmente con o sin comillas. Hablar con las palabras “de cada uno” (esto no es posible, es verdad) supone no convertirse en papagallo, integrar conocimientos, relacionar de otras maneras, abrir campos y animarse a expresar lo que cada uno lleva dentro para poder pensar. No es cierto que se “cansen”, aunque sí incomoda un poco porque no permite dormirse.

Disfruto tanto dentro del aula que los diálogos sobre algunos temas (con algunas personas, por muy pequeños e inexpertos que sean mis alumnos) podrían durar largos ratos interesantes. Aprendo tanto de sus palabras como de las mías, y sus ejemplos y aportaciones son muy luminosos. Pensar con ellos es la oportunidad que tengo de repensar mis temas, de no ceñirme a la verdad absoluta de nada ni de nadie, reconocer con humildad que me queda trecho por aprender. No digo con esto que sea en clase, y con los jóvenes, el único lugar donde puedo respirar diálogos intensos, o estudiar y repasar opiniones personales. Gracias a Dios no me ciño al aula, pero sí reconozco el valor incuestionable que me reporta, la claridad que exige para poder explicar, la sencillez a la que se ven reducidas las cuestiones más complejas, la intensidad adolescente con la que se cuestionan o aceptan principios.

Me siento afortunado por “pensar” no sólo con mis palabras, sino  a la Luz de la Palabra, de la que van saliendo cada día nuevos temas, abre mundos, ofrece posibilidades a la libertad desde la Verdad que libera. La Palabra, lejos de mis palabras, me cuestiona pero exige también que se “encarne”. No es una Palabra caprichosa que desea permanecer en la lejanía sino fundirse y confundirse con lo que llevo dentro. De hecho, pienso que muchas veces confluye con el susurro del Espíritu interior al que hay que estar atento,y otras, no menos, aporta la radical novedad de lo que ningún hombre podría ni quisiera llegar a plantearse nunca, que saca de uno mismo, que no es fácilmente asequible, que permanece espectante, mirando y tensando la vida con fuerza. Es un juego, o un baile lo que se produce estando cerca.

Hoy me asiento en la escucha, con mis preguntas, en torno a la cuestión del prólogo del Evangelio de Juan. Lo digo a mi manera, sin traicionar ni acaparar nada:  ¿Vino al mundo y el mundo “no la dijo con sus propias palabras”?

Gracias a mis educadores, que me enseñaron a pensar. Gracias al Maestro que me da nueva vida, Jesucristo.

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Un pensamiento en “¿Quién lo dice con sus propias palabras?

  1. Pero qué suerte tienen tus alumnos con que alguien les enseñe a pensar, a descubrirse a ellos mismos y asombrarse con ellos mismos a la Luz de la Palabra. Aprender a construir la vida bajo una misma Luz.
    Agradecerán la Palabra; agradecerán el día de mañana que hubo alguien que les enseñara a pensar y a dejarse mecer por el aire del Espíritu

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