¿Para qué confesarme…


Esto es lo que hoy me ha planteado alguien, que no conozco muy bien, por Tuenti. Me ha dicho que no entiende eso de la confesión porque su problema es que no vive.

Mi respuesta ha sido sencilla. Situándome bien, creo que hoy por hoy, todos sentimos la necesidad de hablar con la gente que nos rodea. Punto primero. Y de toda esa multitud o pequeñez seleccionamos algunos a quienes abrir de verdad el corazón, contar lo que llevamos dentro, dar rienda suelta a nuestras cargas e ilusiones (que también son, no pocas veces, cargas pesadas). Luego hablar, de por sí, es de lo más humano que podemos encontrar.

Por otro lado, quizá donde muchos tengan problema no sea en el “hablar” sino en el “celebrar el sacramento”, en su acción y su misterio. Es decir, en descubrir la presencia de Dios en él. Y este es otro tema. Para mí el más importante. El que cambia todo de raíz, el que convierte algo de “dos” en una verdadera acción de “Dos” o tres.

Seguimos hablando, y me dice que su problema no es con el hablar. Que para qué sirve hablar en lugar de actuar. Y aquí volvemos a lo mismo. El hablar de por sí es valioso. Pero la confesión no es un “hablar” sin más, sino actuar, una dinámica, vida en movimiento. La vida que Dios me ofrece, desde el Perdón, en respuesta a una situación sincera y auténtica en la que me encuentro: el reconocimiento de mi debilidad, de la fuerza del mal y del pecado en mí. Y que además me exige, me compromete a vivir de otro modo.

Dicho esto. Con una cierta claridad, el problema sigue estando en las palabras que decimos, en los conceptos que tenemos. En no pocas ocasiones se convierten en refugio para no darnos cuenta de toda la verdad que llevamos entre manos. ¿El hombre es sólo pecado? Evidentemente no. ¿El pecado es lo más importante para la vida de la Iglesia? Rotundamente no. ¿Entonces por qué hablamos tanto de pecado, de mal y de injusticia, de desigualdad y de debilidades, de error y de ofuscaciones? Pues que es, por desgracia, un tema que no hemos resuelto todavía del todo.

En Adviento, una mirada dócil y comprometida con la verdad: acercarse al Sacramento de la Reconciliación no es tarea que deban plantearse los malos malísimos (los de las películas de dibujos animados) sino todo aquel que quiera seguir en camino y encontrarse con Dios dejándole hacer a él. Es exigente, lo sé. Es parte del don.

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2 pensamientos en “¿Para qué confesarme…

  1. Reconciliación. Sacramento de la Reconciliación. ¡Cómo me gusta! Me encanta este nombre, lo prefiero al de Sacramento de la Penitencia. Aunque en realidad sea lo mismo. Penitencia parece que incide en el lado oscuro, en lo tenebroso de la caída, en la pena impuesta. Sin embargo, Reconciliación tiene una connotación mucho más positiva, la visión auténtica de alegría y esperanza. ¿Quién no experimenta una profunda alegría interior cuando se reconcilia con alguien a quien quiere? Y esa alegría la sientes y te la notan. Pues en este sacramento es a Él a quien tenemos siempre dispuesto a perdonarnos, siempre con la mano tendida. Pero el caso es que unas veces nos da apuro contar a quien nos conoce ciertas cosas, y además nos agobia el “castigo” impuesto; otras podemos pensar, total a un desconocido qué le importa mi vida. En realidad es a Cristo a quien tenemos perdonándonos.
    Hay una historia muy bonita sobre San Jerónimo y la confesión. Este es un santo de los siglos IV y V, Padre de la Iglesia, políglota, tradujo al latín para el pueblo la Biblia (la Vulgata) y con todo esto era un tipo con un genio tremendo, un humor de perros y no se cortaba un pelo a la hora de poner firme a la gente. Y ahí está, con su mal carácter en los altares, porque el cielo está lleno de santos que tuvieron nuestros propios defectos y pecados (creo que en esto la humanidad es muy poco original). Bueno, la historia es que una noche de Navidad, después de que los fieles se fueron de la gruta de Belén, el santo se quedó allí solo rezando y le pareció que el Niño Jesús le decía: “Jerónimo ¿qué me vas a regalar en mi cumpleaños?”. Él respondió: “Señor te regalo mi salud, mi fama, mi honor, para que dispongas de todo como mejor te parezca”. El Niño Jesús añadió: “¿Y ya no me regalas nada más?”. Oh mi amado Salvador, exclamó el anciano, por Ti repartí ya mis bienes entre los pobres. Por Ti he dedicado mi tiempo a estudiar las Sagradas Escrituras… ¿qué más te puedo regalar? Si quisieras, te daría mi cuerpo para que lo quemaras en una hoguera y así poder desgastarme todo por Ti”. El Niño le dijo: “Jerónimo: regálame tus pecados para perdonártelos”.
    Pues personalmente creo que eso es lo que hacemos al confesarnos. Nos acercamos a Él con actitud consciente de dejarle actuar. Le “dejamos” que nos perdone. Y esa alegría de la Reconciliación con el Amigo, que sientes y que te notan, nos anima –a mi al menos- a seguir a su encuentro, y ahora que estamos en Adviento, tanto a recibirle en la Eucaristía como a esperarle con el corazón abierto en Navidad.

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