¿Los jóvenes más pesimistas?


Hoy en clase me ha sorprendido una declaración “indolente y resignada” de una alumna, que ha utilizado su derecho a expresarse para zanjar un tema de debate con un solemne “las cosas son así y qué le vamos a hacer”. Me ha parecido tan sorprendente que me mostrado, junto a mi sorpresa, también mi entusiasmo. Hoy, me repito y lo sé, mientras descansaba en casa leyendo los periódicos e “informándome” sobre la situación de la pre-guerra entre Corea-s, he topado con un artículo de periódico que adjuntaba la estadística sobre el pesimismo de la juventud actual.

Y es así. Es el realismo fomentado por la sociedad de consumo y materialista. Son los coletazos de quienes admitían que todo era posible, que se podía cambiar a golpe de “ilusiones” desgarrándose a sí mismos y traicionando su más profunda humanidad. Los mismos que se veían a sí mismos como la “generación del cambio” tienen ahora hijos y jóvenes a los que re-educan en el más estricto conformismo. La generación de los ideales sociales y de las absurdas liberaciones, ha arrastrado tras de sí a la falta de compromiso por cambiar el mundo, se ha topado con las grandes dificultades de la vida y del sistema sin asideros convincentes para seguir trabajando, para darlo todo, para arriesgar al máximo en la palanca que derrocaría todo totalitarismo. Los que se movían, se han hecho un sitio en el sillón de su casa; quienes se preocupaban de los otros, se dedican ahora a otros menesteres más empresariales con criterios impuestos.

A la Iglesia, en la que estoy y de la que formo parte como un cristiano más, desde mi pobreza de fe y desde mi ministerio, le pido entusiasmo, le pido fe en lo que estamos haciendo, le pido que muestre la ilusión y alegría por el Evangelio que hemos recibido, del que somos portadores y trasmisores. Los jóvenes, ¡Iglesia mía! están pidiendo a gritos un fundamento real para su vida, están descubriendo que sin “asideros fuertes” no pueden seguir adelante, están siendo enfrentados una y otra vez contra la mediocridad de un mundo que no propone nada más que algo de “aquí y ahora”. Y me parece que, desde la tristeza, esta insatisfacción es una vez más un grito que pide esperanza, que pide recibir, que pide escuchar.

Los jóvenes desean encontrarse con Jesucristo, con aquel que dio la vida sin remilgos, con el Hijo de Dios que abandonó todo para ser hombre, porque la humanidad es un regalo inmenso de Dios que muchos quieren, aunque no pueden por sí mismos, descubrir. Los jóvenes anhelan encontrarse con la Palabra, que la Palabra llegue a ellos.

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