¿En la escuela? (4.Entrar)


Entrar, verbo con un origen latino original, significa pasar de fuera adentro o, mejor aún, pasar por una parte para introducirse en otra. Luego podemos concluir que entrar, por muy directo que sea, necesita sus aclaraciones pertinentes: se entra por una puerta, quien entra debe tener claro que antes estaba fuera y ha sido integrado, quien ha entrado debe, por lo mismo, reconocer que ya no está fuera aunque antes lo estuvo, y que se ha producido un cambio en su vida; no tendría tampoco sentido hablar de entrar en la nada, en la naturaleza (porque a lo natural no se entra, sino que se sale), porque se entra en una estructura social (o edificio, pero más que eso siempre) que ya existía previamente y que ahora protege, cobija y condiciona.

 

En la clase se entra bajo la atenta mirada de los alumnos. No soy una persona temerosa especialmente, y reconozco que tantos ojos y orejas, personas a la vista primeramente, atentos, de primeras causa impresión. A mí no me temblaba la voz, ni las piernas. Sí me temblaba la seguridad de estar haciendo lo que convenía y de la mejor manera posible. Se tambaleaba algo más que lo físico, lo personal. Era la fuerza de la humanidad congregada en el aula, incipiente y por despertar, lo que causaba tal impacto. Agravada la impresión por la soledad del maestro, que se puede decir “único” entre las paredes a diferencia de en otros contextos en los que sí conversa con la libertad que propone su cátedra sobre cómo hacer, sobre cómo le va. En medio de la clase no existe tal libertad. Nos ceñimos a lo dicho en nuestros adentros preparando la clase. Y así fue en mi caso igualmente.

 

¿En qué momento entré y quién me acompañó? A primera hora de la mañana, del primer día de curso. Ése día entré en clase, y no miento. Constato así que, por mucho que hubiera querido ubicarme en aquel lugar previamente, sólo con alumnos y solo con ellos es cuando se tiene la sensación de entrar en una clase. Como alumno supongo que esta misma experiencia se había repetido en múltiples ocasiones, pero ahora estaba revestido de una palabra, profesor o maestro, que imprimía un carácter especial a esa entrada.

 

Entrar, y mirar a los alumnos dejándose contemplar por ellos. Este fue el gran primer momento de mi entrada en la escuela, cuando los alumnos confieren esa identidad curiosa a una persona que antes creía que podía ser profesor sin serlo.

 

Dejarse mirar por ellos es lo mismo que en otros tiempos ocurría con el ceremonial de la investidura de un caballero, de la ordenación –que es ser colocado en un orden-. Y reconozco que, a tiempo pasado, ese momento se pierde para la mayor parte como si fuera un instante. Quizá, si tuviera la oportunidad de ver a alguien en la misma tesitura, le diría que disfrutase ese momento y cuidase al máximo sus primeras palabras, como ocurre en el Evangelio con Jesús.  

 

Pero al tiempo que se ofrece esa “investidura” y nuevo orden, también se coloca a una persona dentro de un conjunto, en un sistema en el que se espera algo, se quiere encontrar lo “conocido”, se pretende repetir lo mismo que otras múltiples ocasiones con “profesores” más experimentados. El profesor que entraba con entusiasmo, valentía, frescura y novedad es recibido como uno más en una cadena, un punto en un gran sistema de intersecciones, en un fragmento de un cuadro mayor que le supera. Entrar, por lo tanto, asemeja su contenido a “volcar expectativas y esperanzas”, difíciles por otro lado de romper, quebrar y superar.

 

Una ley, tan antigua que no se conoce su origen, dice que el profesor es valorado por sus alumnos durante las primeras dos semanas, de tal manera que a base de pruebas y comentarios diversos, pueda conocer dentro del sistema en qué punto está, qué se puede esperar y qué no se puede esperar, por dónde se tiene que enfocar y por dónde no convendría hacerlo. Y así sucesivamente. Es como una gran encuesta, de dos semanas de duración. Al final, “queda dentro” de la maraña ensimismadora de las relaciones predecibles, de los tics.

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