¿En la escuela? (2)


Llegué a la escuela cuando todavía seguía estudiando. Y terminé Magisterio justo el curso en el que la ley cambió. En poco tiempo, por activa y por pasiva he recibido el mensaje inequívoco de que, prácticamente todo si no todo cuanto estudié, allí me servía más bien para poco. Por dos cuestiones principalmente: porque la distancia entre saber y saber enseñar es grande, y para la segunda apenas hemos sido adiestrados; y porque el marco legal y práctico que estudié dejó de estar, grosso modo, en vigor un curso después. ¡No podía utilizar mis apuntes ni para las memorias académicas!

 

Al poco tiempo, la realidad se impuso. Los ideales y sueños entraron en crisis. Llegó el momento de decidirse: abandonar o permanecer en ellos. Al inicio la radicalidad marca el ritmo de la carrera, y como si repitiese adolescencia fuera de ella, o era blanco o era negro, sin escala alguna posible. En otras palabras, o la escuela servía a aquello que yo llevaba dentro y para lo que había decidido dar mi vida, o por el contrario no merecía la pena y la salida más aceptada era convertirme en uno más. Es tiempo de vacilación, de inestabilidad, de re-ambientación y nueva ubicación. Era necesario encontrar resquicios en los que colarse, a través de los cuales saltar. Como en todo conflicto, la solución es clave para comprender el problema. Y no había más que dos: perder o ganar, dejarme robar o seguir aferrado a lo que no veía fuera de mí, aunque estuviera.

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