¿Hasta dónde podemos llegar?


Cada uno tiene sus límites y es necesario crecer en su conocimiento. Por una razón muy sencilla; porque de lo contrario, el miedo y la imagen que tiene de sí mismo, puede estar severamente condicionada. Es decir, conocer bien los límites significa no adelantar las fronteras que tenemos, no cerrar nuestras posibilidades, no quedarnos a medio camino, experimentar plenamente nuestra realidad, en todas sus dimensiones.

Imaginad que alguno empieza a pensar que le falta una mano o que tiene una pierna rota, sin que esto sea de verdad. Pero de tanto pensarlo, termina siendo alguien que no es, que no quiere coger un pincel para pintar, un lápiz para escribir, o deja de dar caricias a los demás, de chocar la mano, de prestar apoyo; o que, porque cree que no puede caminar como los demás, se encierra en su cuarto, permanece en él moviéndose sólo de la cama a la silla del comedor o de la cocina… ¿Qué ocurriría?

Esta comparación es algo “bruta”. Pero algunas veces, no conocer los propios límites supone algo similar, nos deja a medias en la vida, nos impide y tenemos que recurrir a la heroicidad o a la valentía para llevar adelante nuestros propios dones, algo que estaba desde el inicio en nosotros pero que no sabíamos que estaba, porque lo habíamos ocultado tras palabras como “yo no puedo”, “yo no sé”, “no podré hacerlo”, “soy incapaz”, “para esto no valgo”, “esto no es lo mío”… o peores incluso, como, “no me va”, “no me atrae”, “no siento que me llene”… Ponemos límites.

De verdad, ¿cuál es tu límite?

De alguna manera, no pensar esto bien, nos supone no sólo miedo sino también esfuerzo. Creernos lo que realmente somos, reconocermos el don que Dios ha puesto en nuestro camino, escuchar nuestra vocación…. ese es el camino. Empezamos siendo “valientes”, pero Dios después nos dice: “No fue valentía, estaba ahí. No fue un esfuerzo, era que no te conocías.”

Calasanz decía que el conocimiento personal era el principio de la vida del Espíritu en nosotros. Buscar nuestra debilidad, conocer nuestro límite, reconocer, en parte, que también esto es semilla del pecado que no nos deja vivir plenamente desde la gracia.

Un saludo, amigos. ¡Conoced vuestros límites! ¿Dónde se ponen habitualmente y dónde están realmente?

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