Estar atentos al Espíritu


¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Estaré solo o con alguien? ¿Podré expresar lo que siento? ¿Me comprenderá alguien? ¿Por qué yo y no otro? ¿Para qué? ¿A dónde me llevará? ¿Seré feliz? ¿Cómo será mi vida? ¿A quién me encontraré? ¿Con quién viviré? ¿Dejaré muchas cosas? ¿Qué me llenará? ¿A quién me voy a parecer? ¿Seré importante? ¿Me conocerán? ¿Sufriré? ¿Gozaré? ¿Tendré amigos? ¿Estaré acompañado? ¿Cómo seré?

Todas y cada una de estas preguntas requieren ATENCIÓN. Son como una señal en la vida de las personas. Las lanzan al futuro. Hacen soñar a miles y miles de personas. Y hacen sufrir. Quizá algunos se lo plantean porque no saben qué sucederá. Otros se lo plantean porque comienza a intuir algo. Y requieren de una atención especial en quienes deseamos una vida cristiana, en quienes hemos conocido el Evangelio y a Jesús de Nazaret. Deseamos ser, y nos miramos en espejos que no han llegado. Pero es Espíritu susurra con una sinceridad admirable. El Espíritu hace soñar, abre caminos insospechados y pronuncia palabras admirables sobre lo que somos, sobre lo que podemos llegar a ser, sobre lo que hemos conocido y lo que desconocemos. Muchas preguntas se basan en experiencias llenas de vida o anhelantes de ella. La vida, la verdad, el bien… momentos íntimos en los que la confianza lo puede todo, circunstancias donde el tiempo se dilata tanto que desearíamos no abandonar el presente. Y nos preguntamos qué seremos, qué será de nosotros, quién -sin poder respondernos del todo- soy.

Las respuestas…. después de las preguntas. Y siempre, siempre de forma práctica, concreta, diaria y cotidiana. Las respuestas son “hago esto…”, “me atrevo a…”, “me lanzo a cumplir mi sueño”.

Para cumplir un sueño, para escuchar y estar atento al espíritu conviene estar muy despierto. Los dormidos viven en su propio mundo, dice Heráclito. Los dormidos viven en un mundo sin Espíritu, donde ellos lo llenan todo, donde son capaces de bastarse consigo mismos. En ese mundo, sin Espíritu, tampoco hay vida. En el mundo del Espíritu, donde todo se convierte en común y obliga a un diálogo permanente, la vida corre por doquier.

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