¿Quiénes me felicitan?


Depende de qué hablemos. Por mi cumpleaños me han felicitado aquellos que lo sabían y que me querían. No todos los que me querían me han felicitado, porque algunos no lo sabían. Y no todos los que lo sabían me han felicitado, porque no todos me quieren. Es natural. Lo doy por supuesto. Pero sé que me han felicitado personas que me quieren y que lo han sabido.

Hablo de felicitar de corazón. Hay palabras que sobran en esto.

Pero hay personas que me felicitan por mi vida. Esas son las que valoran mi vocación y me quieren. Conocen por tanto mi vocación y la valoran. No todos los que conocen mi vocación escolapia, de cura y de profesor, la valoran. Pero quienes la valoran, creo que también me quieren. En este caso va unido.

Mi misión, de sacerdote y de maestro, no siempre es aplaudida y querida. ¡Qué curioso! Sin embargo hoy quiero agradecer a quienes me felicitan por mi vocación y por mi misión, porque me empujan hacia delante. También a quienes valoran mi misión, y desde ese cariño y aprecio por lo que hago, me corrigen con cercanía y con confianza, sabiendo que puedo hacerlo mejor y que, de hecho, sé que tengo que hacerlo mejor y que estoy aprendiendo.

Hay dos personas que hoy quiero recordar. Me felicita habitualmente una persona por la que estoy haciendo sublimes esfuerzos personales e intelectuales. Sus padres también lo saben. Y también me felicita alguien a quien prácticamente dejo hacer lo que quiera, porque confío en su responsabilidad y madurez, en su criterio y su forma de trabajar. A esas dos personas, con sus familias respectivas, hoy las recuerdo.

No es cierto que todos los alumnos odien a los maestros. Es mentira. Y tampoco que todas las familias estén en contra de la escuela. También es mentira. Lo que sé es que, sólo en los casos extraordinarios, por negativos o positivos para todos, aparece la persona a quien podemos felicitar o agradecer.

En el resto de los casos, ¿la gente cree que estamos de brazos cruzados o que no hay nada que agradecer? Algún día me gustaría que, los que critican desde lejos, se incorporen a la vida que a mí Dios me ha regalado, confiando en mí. Cuando yo no era cura ni era maestro, era también fácil hablar y pocas veces hablé desmesuradamente.

Para que seamos personas más agradecidas, porque lo cotidiano también requiere vocación y esfuerzo… R.

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